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Colonia Cerro de la Cruz

Cerro de la Cruz: un barrio de Torreón que aprendió a resistir

La colonia fue posición estratégica durante la Revolución Mexican, y en tiempos recientes atravesó por contetxos duros de violencia

El acceso más emblemático del Cerro de la Cruz de Torreón asciende desde la Avenida Morelos- (FOTO: DANIELA CERVANTES)

El acceso más emblemático del Cerro de la Cruz de Torreón asciende desde la Avenida Morelos- (FOTO: DANIELA CERVANTES)

DANIELA CERVANTES

A la colonia Cerro de la Cruz de Torreón se puede entrar por varios flancos, pero su acceso más emblemático asciende desde la Avenida Morelos. Basta seguir esa pendiente y subir uno a uno los escalones que trepan la ladera para adentrarse a un barrio que ha hecho de la resistencia parte de su identidad.

Hace más de un siglo el cerro fue una posición estratégica durante la Revolución Mexicana; hoy, sus habitantes libran una batalla distinta: permanecer, cuidar su comunidad y conservar la memoria de un lugar que ha sido fiel testigo de la historia de Torreón desde las alturas.

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El monumento fue pensado no solo como un diseño estático

Una historia de resistencia 

Al llegar a la cima, Torreón se despliega en una panorámica que permite comprender la importancia estratégica de este cerro. Desde aquí no sólo se observa gran parte de la ciudad; también se entiende por qué este punto fue escenario de algunos de los combates más relevantes durante la Revolución Mexicana (1910).

Así lo documenta el libro Panorama desde el Cerro de las Noas: Siete ensayos de aproximación a la historia torreonense, que refiere que desde la colonia Cerro de la Cruz se realizaron los primeros cañonazos para intentar contener el avance de las tropas revolucionarias.

El enfrentamiento, se lee en el compendio, se extendió por los alrededores de la estación del ferrocarril y, en los días siguientes, los insurgentes buscaron ingresar a Torreón por el Cañón del Huarache para apoderarse del Cerro de la Cruz y del Cuartel de La Alianza, donde se resguardaba buena parte del armamento de la División del Nazas.

Hace más de un siglo el cerro fue una posición estratégica durante la Revolución Mexicana (FOTO: DANIELA CERVANTES)
Hace más de un siglo el cerro fue una posición estratégica durante la Revolución Mexicana (FOTO: DANIELA CERVANTES)

Un siglo después, en el año 2010, el cerro volvió a resistir actos violentos. En esa época células del narcotráfico usaron sus callejones empinados como trinchera, desatando inseguridad producto del conflicto entre dos grupos delictivos.

Lo que ahí ocurrió fue una guerra que provocó el desplazamiento forzado de muchos habitantes del sector. Sin embargo, el éxodo no fue definitivo. Con el paso del tiempo, muchos de quienes se marcharon regresaron para recuperar sus casas, reconstruir sus vidas y demostrar que el miedo no tendría la última palabra.

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En 1995 el lugar llegó a albergar 185 locales activos, hoy apenas 15 comerciantes levantan las cortinas de sus negocios

Como 100 años antes, el Cerro de la Cruz volvió a resistir, aunque esta vez el enemigo no fuera un ejército revolucionario, sino la violencia provocada por el narco que intentó, de alguna manera, desdibujarlo.

Hoy, pese al abandono institucional que sus habitantes señalan y al estigma que la colonia sigue cargando, el arraigo permanece intacto. Basta conversar con quienes ahí habitan para descubrir que, más allá de las cicatrices, en el barrio sobresale un profundo orgullo de pertenencia.

Actualmente, según datos del Instituto Municipal de Planeación y Competitividad de Torreón, es habitado por dos mil 70 personas distribuidas en 784 viviendas.

Hoy, pese al abandono institucional que sus habitantes señalan y al estigma que la colonia sigue cargando, el arraigo permanece intacto. (FOTO: DANIELA CERVANTES)
Hoy, pese al abandono institucional que sus habitantes señalan y al estigma que la colonia sigue cargando, el arraigo permanece intacto. (FOTO: DANIELA CERVANTES)

Se trata de vecinos que ven al Cerro de la Cruz no sólo como el lugar en el que viven, sino cómo un territorio que sus familias se negaron a abandonar generación tras generación, cuya historia, lejos de reducirse a la violencia, está marcada por una constante capacidad de resistencia.

“Aquí sigo firme hasta el día que me llevan al panteón”

Detrás de la cruz monumental clavada en el corazón del cerro se ubica la miscelánea La Cruz, un negocio familiar con más de 80 años de historia. María de la Luz Holguín González, es quien despacha detrás de la barra.

Amable y cálida desteje la charla: “Aquí tengo viviendo los 66 años que tengo de vida”, manifiesta con una sonrisa. Relata que su familia es proveniente de un rancho del estado de Durango.

María de la Luz Holguín González lleva toda su vida habitando la colonia (FOTO: DANIELA CERVANTES)
María de la Luz Holguín González lleva toda su vida habitando la colonia (FOTO: DANIELA CERVANTES)

“Mi papá vino a dar a lo que fue el barrio de la zona de tolerancia. Ahí empezó a trabajar, era albañil. Ya después se trajo a mi mamá y a mis hermanos que había dejado allá en el pueblo”.

Luego de habitar una vecindad en la colonia La Moderna, decidieron desplazarse al cerro.

“Aquí todavía no había ni agua, ni luz siquiera, mucho menos pavimento ni nada de eso”, comparte María de Luz. Y tiene razón.

Como lo documenta el investigador Javier Ramos Salas en su libro Entre el esplendor y el ocaso lagunero, la colonia Cerro de la Cruz y sus barrios aledaños se poblaron originalmente de manera irregular en terrenos que pertenecían a la familia del coronel Carlos González Montes de Oca, donde las familias de escasos recursos debían pagar una "renta de piso" por levantar sus humildes moradas de adobe, carrizo o madera.

Durante décadas, este sector careció por completo de servicios básicos debido a que el ayuntamiento no intervenía en predios privados que no estuvieran formalmente fraccionados.

Para 1920 había alrededor de 70 casas de adobe y ladrillo construidas en las faldas de cerro, por el lado de las vías del ferrocarril y también por donde inician las avenidas Juárez, Morelos y Matamoros, comparte el dato para este reportaje el también investigador e historiador Carlos Castañón. 

Para 1920 había alrededor de 70 casas de adobe y ladrillo construidas en las faldas de cerro (CORTESÍA CARLOS CASTAÑÓN)
Para 1920 había alrededor de 70 casas de adobe y ladrillo construidas en las faldas de cerro (CORTESÍA CARLOS CASTAÑÓN)

Fue hasta la década de 1940, continúa el compendio citado, cuando el gobierno de Coahuila impulsó decretos de expropiación y convenios para regularizar la tenencia de la tierra, permitiendo que la Junta de Mejoras Materiales y la empresa Abastecedora de Aguas introdujeran las primeras redes de agua, drenaje y pavimento, transformando paulatinamente las condiciones de vida de las familias que, como la de María de la Luz, se abrieron brecha en la ladera del cerro.

Sus padres sembraron la semilla, y ellos crecieron. Ahora ella y sus hijos están enraizados en la tierra del cerro. Narra que a pesar de que, entre el 2010 y 2012, los azotó la violencia y su familia se alejó de su terruño regresaron al poco tiempo. 

A donde llegaron sintieron desarraigo. Por eso volvieron. Y es que en su cerro hay tradiciones que se encarnan. La habitante, por ejemplo, dice que no cambia por nada la festividad del tres de mayo, Día de la Santa Cruz.

En México es una fecha ligada al Día del Albañil, un oficio que, testifica María de la Luz, también forma parte de la identidad del Cerro de la Cruz, al ser el trabajo de la mayoría de los habitantes del barrio, quienes con sus propias manos levantaron las casas que comenzaron a tupir el cerro.

Otra de las festividades que nombra es la de San Juan Bautista que se conmemora cada 24 de junio.

“También nuestra pastorela, el 24 de diciembre, era muy famosa. Ya no se hace, ya se fueron (fallecieron) los principales y ahora ya no se hace”.

Lamenta que muchas de esas tradiciones se hayan perdido, pero insiste en que el espíritu del Cerro de la Cruz permanece intacto. 

"Aquí somos gente trabajadora", dice mientras señala las jardineras que ella misma construyó, sembró y riega todos los días afuera de su miscelánea que al igual que su casa, le fue heredada por parte de su familia.

"Todo lo que hay aquí lo hemos hecho los mismos colonos". Por eso, cuando habla de marcharse, su respuesta es contundente: "Yo sigo firme, hasta el día que me lleven al panteón".

Más que una declaración de permanencia, sus palabras condensan el sentimiento de generaciones enteras que han hecho del Cerro de la Cruz no sólo su hogar, sino una forma de resistir y de pertenecer.

Un recorrido desde adentro 

Rocío Azucena Lozano Holguín, hija de María de la Luz se ofrece a fungir de guía. De su mano lleva a este diario a recorrer parte del cerro en el que dice ha vivido desde que nació. 

Tiene 39 años. “Todo lo que tengo está aquí, mi madre, mis amigos, mis vecinos, los recuerdos de mi infancia, mi escuela, mis hijos aquí nacieron, y hasta que Dios nos de licencia de continuar, aquí seguiremos”.

La mujer de estatura media, morena y risueña, narra que su colonia quedó marcada por la violencia. Al ritmo de sus pasos muestra cómo algunas fachadas lucen desgastadas y abandonadas. Aunque esos tiempos ocurrieron hace más de una década, manifiesta, aún no se recuperan.

Rocío Azucena Lozano Holguín, hija de María de la Luz siente gran cariño por la zona que la vio nacer (FOTO: DANIELA CERVANTES)
Rocío Azucena Lozano Holguín, hija de María de la Luz siente gran cariño por la zona que la vio nacer (FOTO: DANIELA CERVANTES)

“Todavía hasta la fecha nos afecta la mala fama que tiene nuestra colonia en cuestión de inseguridad. La gente tiene miedo de venir a conocer, de subir. Muchas casas quedaron solas, muchos terrenos baldíos y muchas calles están marcadas por todo lo que pasó en aquellas épocas”.

En su caso, ella se fue y regresó. Incluso compró una casa fuera del sector, en la que, dice, “nunca me hallé”. Por eso volvió. Y ahora está aquí, recorriendo, seguida por una cámara de celular, su sector en el que se percibe mucha comunidad. Ahí todos se conocen, se saludan y se ayudan.

El reloj marca pasadas las 12 del medio día, y aunque los rayos de sol se intensifican desde la cima, se observan a niños jugando en las esquinas, vecinas vendiendo gorditas y hombres con mochila al hombro dirigiéndose al trabajo.

Rocío saluda a todos a su paso mientras continúa narrando: “Aquí tenemos todo, por ejemplo tenemos una primaria, acá de este lado está lo que es el kinder, que también la infraestructura no es la adecuada. Estamos muy olvidados por las autoridades escolares”.

La Escuela Primaria Doctor Jonas E. Salk lleva ese nombre en honor del científico estadounidense creador de la vacuna contra la polio. El historiador Carlos Castañón compartió que fue en 1960 cuando el gobierno municipal al mando del alcalde Braulio Fernández Aguirre y el gobernador de Coahuila, el General Raúl Madero, junto a un grupo de empresarios, que impulsaron la construcción de esa institución en las alturas del cerro.

“La escuela fue inaugurada el 10 de septiembre y generó un gran impacto en la comunidad. Para iniciar ya tenía 570 alumnos inscritos”, reiteró Castañón. 

La misma Rocío Azucena ahí estudió. También sus hijos, incluso dice, hasta su mamá María de la Luz. Por eso le siente tanto aprecio. Aquí aprovecha para hacer un llamado a las autoridades para que no se olviden de apoyar a esta escuela que educativamente ha sostenido a todo un barrio.

En otro punto del recorrido habla del centro comunitario (también inaugurado en 1960), ubicado, según sus recuerdos de niña, donde alguna vez fueron los lavaderos.

Ahí, hace años el departamento de Prevención Social del Delito habilitó un espacio para que la gente del cerro tomara clases de repostería, corte y confección, corte de cabello, computación, karate, aerobics, entre otras actividades.

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Entre el desierto y la tradición agrícola de la región

“Pero lo cerraron por parte del municipio, desconozco exactamente cuál fue el motivo, simplemente un día ya no abrieron las puertas. Si nos gustaría que el gobierno volteara a verlo, en realidad si nos hace mucha falta”.

Sobre el camino, Rocío ya casi por llegar a la miscelánea, habla de que allá arriba sobrevive gente muy longeva. “Por ejemplo, la abuelita de mi esposo tiene 97 años, ella ya sólo baja en vehículo”.

Allá una tradición está latente. Y la gente, aunque arriba de un cerro, está estrechamente arraigada a su tierra.

“Lo aguantamos todo”

Manuela Aguirre, es otra habitante que llegó al sector desde que era una niña. Tenía seis años de edad y recuerda: "Cuando nosotros vinimos a dar aquí no había ni luz, ni agua, ni drenaje. Nos íbamos a lavar al río porque aquí no había agua. Después pusieron las tuberías, pero tampoco salía agua y de todos modos teníamos que acarrearla", suelta una carcajada.

Durante décadas, este sector careció por completo de servicios básicos (CORTESÍA: CARLOS CASTAÑÓN)
Durante décadas, este sector careció por completo de servicios básicos (CORTESÍA: CARLOS CASTAÑÓN)

Sentada en una de las jardineras que construyó María de la Luz, relata que con el tiempo el cerro se pobló. Entre esas gentes que llegaron, Manuela encontró el amor. Se casó con un vecino hace 48 años y formó su familia. Tiene dos hijas, las que dice, tampoco se han querido desvincular de la colonia.

A ella, al igual que las otras dos habitantes entrevistadas, también la trastocó la violencia. Y aunque tuvo la oportunidad de mudarse a una vivienda que le prestaban rumbo al ejido Ana, decidió quedarse.

"No me quise ir porque aquí tenía a mi mamá, a mi familia, a todos. Los que no pudimos irnos nos quedamos a aguantar todo y, gracias a Dios, lo aguantamos. Salimos de eso y ahorita prácticamente vivimos en paz, sin violencia, sin nada".

Manuela Aguirre, es otra habitante que llegó al sector desde que era una niña (FOTO: DANIELA CERVANTES)
Manuela Aguirre, es otra habitante que llegó al sector desde que era una niña (FOTO: DANIELA CERVANTES)

Al preguntarle qué significa para ella el Cerro de la Cruz, responde sin titubeos: "Yo quiero mucho a mi cerro".

Un sentimiento parecido expresa José Espino Cruz, un hombre mayor que aunque fue poco expresivo, narró para este reportaje que llegó ahí siendo apenas un niño. Arribó junto con su familia, al igual que la mayoría, proveniente de un rancho. En aquellos días, recuerda, el cerro estaba prácticamente despoblado.

José Espino Cruz dice que nunca se irá del cerro (FOTO: DANIELA CERVANTES)
José Espino Cruz dice que nunca se irá del cerro (FOTO: DANIELA CERVANTES)

"Nosotros venimos de un rancho; aquí estaba solo, no había nada", relata. Para ayudar en la economía familiar él pequeño José vendía periódicos y chicles en los alrededores de La Alianza, esto mientras el barrio comenzaba a poblarse poco a poco.

Con el tiempo se casó, tuvo hijos y construyó su vida en el mismo lugar donde creció. A diferencia de quienes buscaron comenzar de nuevo en otro sitio, él nunca ha considerado marcharse.

"No me iría a otra parte. Siempre he estado aquí, en el cerro".

Desde la cima del Cerro de la Cruz, Torreón luce inmenso. Abajo la ciudad sigue su ritmo cotidiano; arriba, el barrio conserva otro tiempo. Los habitantes saben que su historia no terminó con la Revolución ni en los años más violentos. Cada familia que decidió quedarse o regresar sigue escribiendo otro capítulo a base de resistencia.

Actualmente la colonia es habitada por dos mil 70 personas distribuidas en 784 viviendas. (CORTESÍA IMPLAN)
Actualmente la colonia es habitada por dos mil 70 personas distribuidas en 784 viviendas. (CORTESÍA IMPLAN)

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