Apartir de las 11 de la mañana del 30 de julio, durante la fiesta del Día del Trono, cientos de personas comenzaron a cruzar a nado la frontera que separa Marruecos de Ceuta, la ciudad autónoma que España controla desde que quedó bajo su soberanía en 1640. Para las diez de la noche, cerca de 70 mil migrantes habían conseguido cruzar, casi duplicando de tajo la población que asciende a 83 mil personas. Desde la noche de ese mismo día, la mayor parte de ellos optó por regresar voluntariamente a su país, dejando en el camino 82 muertos, según los informes oficiales. Varios miles decidieron permanecer en playas y centros de acogida, entre ellos numerosas mujeres y niños.
Conforme a las versiones de ambos lados, el disparador de este insólito cruce fueron las noticias falsas, difundidas en numerosas cuentas, que retorcían una sentencia del Tribunal Supremo que, conforme a esta engañosa versión, permitía acoger a los migrantes que llegaran a nado a aguas territoriales españolas.
Desde el inicio se sospechó que Marruecos había alentado o al menos permitido esta repentina marcha, pero tanto el gobierno marroquí como el español han insistido en negarlo. Ceuta no es solo la frontera sur de España, sino de la Unión Europea: un foco donde se concentran todas las tensiones políticas de la región. La ultraderecha de Vox, primero, y sus contrapartes en Italia, Francia y otras partes, después, apenas tardaron en utilizar el incidente para esparcir su agenda en contra de los migrantes y la Italia de Meloni llegó a plantear la suspensión temporal de la libre circulación de Schengen -que permite el libre tránsito de personas- con España.
La reacción del gobierno de Pedro Sánchez ha sido tardía y errática. No solo no suspendió sus vacaciones -pese a declarar que se había vulnerado el territorio español-, sino que insistió más en desmentir el involucramiento de Marruecos que en escuchar las exigencias de los ceutíes o atender el problema humanitario. El Partido Popular, por su parte, se ha valido de ello para acercar sus posiciones a la ultraderecha, exigiendo la expulsión de todos los migrantes que quedaban en Ceuta, aun si la legislación española e internacional lo prohíben cuando se trata de menores de edad.
En este polvorín, donde se juegan no solo las elecciones españolas del año próximo, sino la posición de la UE frente al tema migratorio, ha resultado particularmente efectivo el discurso extremista, que ha conquistado incluso a una parte de los votantes progresistas. Luego de que Vox se refiriera a lo ocurrido como una “invasión”, numerosos actores políticos y ciudadanos no han dejado de usar la palabra. Detrás queda, por supuesto, el discurso nacionalpopulista, con sus referencias históricas a la Reconquista.
Llamar “invasión” a lo ocurrido convierte a decenas de miles de civiles desarmados en un ejército enemigo, cuando se trata de personas abandonadas a su suerte que, impulsadas por un rumor -o, más bien, manipuladas por sectores interesados en desestabilizar a uno de los pocos gobiernos de izquierda que quedan en Europa, ante la posible complicidad o indiferencia de Marruecos-, se lanzaron al mar, arriesgando sus vidas, persiguiendo el efímero sueño de una vida mejor. Mientras los políticos españoles se desgañitan acusándose unos a otros, ante las sonrisas de los dirigentes de Vox -que en algunas encuestas ya figuran como el partido mejor valorado para resolver el “problema” migratorio-, nadie recuerda a esos 82 muertos: una cifra que, si fuera de ciudadanos de los países desarrollados, habría generado una indignación sin precedentes.
Acostumbrado a gestionar incontables crisis, en esta ocasión Sánchez -desgastado por los escándalos de corrupción de sus colaboradores y los procesos judiciales contra su familia- exhibió la falta de coordinación y preparación de su gobierno frente a amenazas como esta; por su parte, la decisión de desclasificar los documentos de inteligencia tampoco ha ayudado a revertir la desconfianza. Si algo nos enseña Ceuta es que, en este tiempo marcado por las redes sociales y el desdén hacia la verdad, los migrantes siguen siendo dibujados como nohumanos, en tanto los verdaderos responsables de manipularlos y lanzarlos a la muerte siguen allí, impunes, escondidos detrás de sus identidades digitales.