Hace unos días, Pedro Sánchez, el presidente del Gobierno español, anunció una ley que prohibirá el uso de redes sociales a los menores de dieciséis años; con ello, se suma a países como Australia, Francia o Dinamarca. Otros tantos, sobre todo en la Unión Europea -aunque también en Malasia- estudian ya propuestas similares. La medida se funda en incontables estudios que demuestran los efectos perniciosos, sobre todo en temas de cognición y salud mental, que provocan entre los más jóvenes. Tras el anuncio, Elon Musk -el más furibundo defensor de la libertad absoluta en el entorno digital- no tardó en acusar a Sánchez de dictador.
No hay duda de que el mundo digital ha trastocado por completo la vida humana. Los efectos negativos de las redes están a la vista: no solo provocan déficits en áreas que pensábamos intrínsecamente ligadas a nuestro desarrollo como especie, sino que, a causa de su carácter deliberadamente adictivo, resulta casi imposible escapar a ellas, como si fuesen sucedáneos de una droga. Para colmo, en los últimos años hemos constatado sus malignos efectos sociales: aíslan a los individuos -y a comunidades cerradas-, los adoctrinan sin proporcionarles antídotos críticos -en buena medida a través de fake news y teorías de la conspiración- y acentúan nuestras emociones más elementales: la ira, la desconfianza y el miedo.
En resumen, las redes se han convertido en la más eficaz forma de educación y socialización en nuestra época. Frente a una alicaída educación pública, cada vez peor financiada por la derecha y la izquierda -piénsese en el ejemplo mexicano-, ese entorno digital, al cual están conectados horas y horas nuestros jóvenes, se ha transformado en su propia escuela. Es allí donde ponen a prueba sus habilidades sociales -que no son, por supuesto, las que se esperan de ellos afuera-, donde aprenden a cooperar o a traicionar a sus pares -en buena parte de los casos, cobijados en el anonimato-, donde reciben la mayor parte de la información sobre el planeta y donde forjan, penosamente, sus identidades.
Y todo ello ocurre en entornos privados, cuyo diseño ha sido decidido por un puñado de oligarcas tecnológicos que solo piensan en su propio beneficio. Para ellos, hasta los niños y jóvenes son clientes: sujetos de los que extraen datos y a quienes roban la atención, los recursos más valiosos de nuestro tiempo. Si en el proceso se vuelven más solitarios, más violentos, más frustrados o más arteros, les tiene sin cuidado. Sabiendo esto, uno puede entender por qué ciertos políticos apuestan por prohibir que niños y adolescentes se sumerjan en este pantano. El tratamiento que reciben las redes se equipara entonces al que reciben el alcohol o el tabaco.
Sin embargo, todos sabemos que los adolescentes fuman y beben. Y que, a sabiendas o no de sus padres y maestros, se internarán en el universo digital -porque ese es su universo-. La mera prohibición no funcionará, porque no se puede clausurar de tajo una educación integral, como la que ofrecen las redes y los recursos digitales, con la nada. Si en verdad queremos proteger a nuestros niños y jóvenes, tendríamos que cambiar la manera como queremos educarlos en nuestras viejas aulas decimonónicas.
Así como he propuesto que desde la primaria debería existir una clase de Ficción -en la que no solo se enseñe literatura, sino también películas, series y videojuegos-, también desde el primer año de primaria y hasta la educación media superior tendríamos que introducir materias en las que profesores especializados -a los que hay que ir formando ya- los introduzcan poco a poco en el universo digital: del uso de la Wikipedia -una de las mejores herramientas digitales- al de la IA, de las ventajas y desventajas de cada red a la creación y evaluación de videos de TikTok y YouTube, y de la manera de reconocer fake news a los peligros del anonimato, el acoso, la violencia y la discriminación en el entorno digital.
Un ejercicio así requiere de una inversión multimillonaria en la educación pública, pero, si en verdad queremos formar ciudadanos críticos y no zombis digitales, este es el único camino que nos queda.