A unos días de cumplirse el 250 aniversario de la independencia de los Estados Unidos, el próximo 4 de julio, resulta emblemático de los tiempos que corren comentar tres sucesos de diferentes calados. Cada uno a su manera revela el estado de cosas en el país. Dos de ellos resultan anecdóticos y sin aparente importancia, pero nos llevan al fondo de la política que ahora se impone en la Casa Blanca.
Más unos que otros, los gobernantes tienden al aplauso y la alabanza. No les gusta que nadie les lleve la contraria. Incluso desde esa lógica del poder, el empleado que calla fiel y no cuestiona, es por mucho el mejor. No importan los problemas que vengan después. El inquilino de Despacho Oval gusta de sí mismo como nadie. Desde el culto a la personalidad se reproducen imágenes oficiales bien enmarcadas en las oficinas gubernamentales. No obstante la restricción legal para que un presidente en funciones imprima su rostro en un billete, el magnate actúa de otra manera. La ley no está hecha para él, por lo mismo, ya hay una propuesta para imprimir un billete conmemorativo de la independencia con su rostro. Si ayer se renombró el golfo de México como de América, quizás mañana se renombre Trump D.C.
Zalameros a más no poder, la nueva junta directiva del Kennedy Center en Washington D.C. (la anterior la corrió el magnate), votó por añadir el apellido del presidente a la institución en diciembre de 2025. "Lo que usted diga señor presidente". Al día siguiente hicieron los preparativos. En pleno acto de megalomanía, taladraron los muros del recinto para colocar encima de las letras que honran al presidente John F. Kennedy, el nombre de Donald J. Trump. Tras la polémica, un juez dio la orden de retirar el nombre y como allá todo es un espectáculo, entre el viernes y el sábado 13 de junio se reunió una multitud a ver cómo quitaron el nombre. Entre vítores, burlas y repudio al mandatario, los ciudadanos tuvieron un pequeño triunfo simbólico. ¡Peor es nada! Para tratar de aminorar la derrota, colocaron una lona con el fin de impedir la visibilidad y la transmisión en vivo de críticos y curiosos.
Fuente inagotable de ocurrencias, el magnate se propuso "mejorar" el largo espejo de agua
entre los monumentos de Lincoln y Washington. Según expresó que devolvería su tono "azul bandera". El proyecto inicial empezó en 2 millones de dólares y acabó en 14.2 millones. Sin embargo, el pasado 18 de junio el estanque terminó peor de como estaba. Verde y lleno de algas. Y como la culpa siempre es de los otros, el presidente denunció vandalismo y sabotaje. ¡No es un chiste! Lo interesante del suceso es que generó un problema donde antes no lo había. En los dos primeros casos, el daño no pasa del dispendio económico y hasta el ridículo. ¿Pero qué sucede cuando un mandatario afecta a los ciudadanos con sus acciones? ¿Dónde quedan los contrapesos para frenar un daño mayor? ¿Acaso tendrán que esperar años hasta que llegue la siguiente elección, ya cuando el daño está hecho?
¿Qué sucede si quien gobierna deja en riesgo con sus acciones la vida de los ciudadanos?
El viejo dilema de Platón sigue vigente: ¿Quién vigila al vigilante?
Pese a todo, los dos primeros ejemplos, las letras y el espejo de agua, no pasan de mal gusto y desperdicio de recursos públicos. El daño es material y queda expuesto el ego del político. Pero la derrota ante Irán muestra la decadencia del imperio. El magnate generó un problema donde no lo había. Miles de personas, incluidos niños han perdido la vida en Irán. Por otro lado, el impacto en la economía mundial tras el cierre del estrecho de Ormuz, solo comprueba día a día la errática política de Occidente. Y no sólo va la responsabilidad de Estados Unidos, sino la complicidad de Europa, que hace tiempo dejó de ser un referente de cómo hacer las cosas. Para muestra es insostenible tener un primer ministro de Gran Bretaña después del Brexit. Aunque Keir Starmer sí duró más que una lechuga. Con su caída ya van seis ministros desde 2015. Que Dios y el rey los agarren confesados. Posdata. Mejor no burlarse del Perú.