Coincidencias
Hay quienes le llaman “diosidencias”. Y, aunque no profeso religión alguna, puedo coincidir, porque al margen del nombre que le demos, hay ocasiones en que la interconexión parece (¿es?) casi divina.
Seguro les ha pasado alguna vez o saben de alguien que, tras una coincidencia, cambió su vida. Para bien o para mal. De hecho, bien pensado, muchos sucesos trascendentales en nuestra existencia son producto de coincidencias que, acaso, en su momento no notamos.
En mi historia si yo no hubiera acudido ese día, a esa hora, a ese lugar preciso, muy probablemente no hubiera conocido a quien me ha acompañado los últimos 43 años de mi vida. O a lo mejor sí, en otra oportuna coincidencia.
Entonces, seguro las hay todo el tiempo, sólo que no nos damos cuenta.
Hace poco fui parte de una de esas coincidencias, pero esta vez “la magia” sucedió ante mis ojos.
Resulta que, en un viaje de trabajo, nueve compañeras a las que vería querían comprar mi libro Claves para atravesar la tormenta. Mis aprendizajes para vivir el duelo. Y yo, que no me llevo bien con los números impares, empaqué 10.
Al término de nuestra labor decidí regalarle el ejemplar sobrante a mi anfitriona, quien gentilmente lo rechazó más o menos con estas palabras: “Ya tengo el mío, ya lo leí; mejor dáselo a alguien que lo necesite”.
Esa noche soñé con mi hijo. Era un niño como de ocho o diez años, y estaba de visita. Me daba un enorme gusto verlo, así que salíamos a pasear. Y al pasar por unas albercas, sin pensarlo, se metía dentro de una de ellas con todo y ropa (ciertamente a él le encantaba nadar), y lo secundábamos su papá y yo. Gozamos ese momento. Al salir me tomó de la mano y me dijo: “Soy feliz”.
Yo me desperté con el corazón alegre y, cuando recordé mi sueño, las lágrimas llegaron sin haberlas convocado, como sucede en cualquier duelo. Pero de inmediato recuperé su frase “soy feliz”, y con ella en mente empaqué el libro y me preparé para ir al aeropuerto a tomar el avión que me regresaría a casa.
De camino, el chofer del Uber y yo platicamos de los temas obligados: el Mundial de Futbol, el clima, el tráfico de la Ciudad de México, hasta que dejó caer, como por descuido, que estaba en duelo.
A partir de ese instante, el resto del trayecto, que duró unos 20 minutos más, me contó que su esposa, “que era mi todo”, murió de manera inesperada por un cáncer que no dio síntomas y cuando se anunció fue como el relámpago que anuncia al trueno.
“No me pude despedir”, me contó, porque cuando entró a terapia intensiva nunca imaginé que no saldría viva.
“¿Hace cuánto tiempo murió su esposa?”, pregunté. “Un año”, respondió, “y desde entonces mi vida cambió para siempre”. Y entendí que eso significaba algo así como “cambió en cada célula”. En ese preciso instante fue como si alguien me dijera: “El libro es para él”.
Al llegar al aeropuerto, saqué de mi maleta el ejemplar, le conté brevemente que mi hijo había muerto de cáncer y que, con mi dolorosa experiencia, había escrito ese libro. Cuando se lo entregué, me miró con incredulidad y, a continuación, nos abrazamos como si nos conociéramos de toda la vida.
Entré al aeropuerto pensando que nada fue casualidad, sino una “increíble” coincidencia. Y me quedó más claro por qué le llaman “diosidencia”.