La guerra en Medio Oriente ha puesto de manifiesto una cruda realidad: la dependencia de los combustibles fósiles arrebata a los países su soberanía y seguridad, dejando los precios de los alimentos, presupuestos familiares, rentabilidad de las empresas y economías enteras a merced de las crisis geopolíticas. En un mundo donde impera "la ley del más fuerte", y que se vuelve más volátil cada mes, el precio de la dependencia de los combustibles fósiles se está disparando sin control.
El último conflicto ha desencadenado lo que la Agencia Internacional de la Energía ha calificado como "la mayor amenaza para la seguridad energética mundial de la historia", restringiendo el suministro de petróleo y gas, y disparando los precios. La inflación es inevitable, con facturas más elevadas para las familias y para las empresas de todos los tamaños.
Sin embargo, por increíble que parezca, hay quien sostiene que la respuesta correcta a la crisis actual es ralentizar la transición hacia las energías renovables y, en su lugar, apostar aún más fuerte por la causa de la agitación: los combustibles fósiles. Esto desafía la lógica económica y el sentido común básico. Con la geopolítica en desorden, el caos de los precios de la energía seguirá repitiéndose. La dependencia continuada de los combustibles fósiles dejaría a los países tambaleándose para siempre de crisis en crisis.
También significaría que nuestro planeta seguiría calentándose, agravando los desastres climáticos como megatormentas, sequías, incendios e inundaciones.
La buena noticia es que hay una solución clara tanto para la crisis climática como para la crisis de los costos de combustibles fósiles: acelerar la transición hacia sistemas de energía limpia, en los que las energías renovables suministren la electricidad, respaldadas por redes y sistemas de almacenamiento modernos, y las tecnologías limpias, como los vehículos eléctricos, sustituyan a las alternativas contaminantes. La luz solar y el viento no dependen de pasos marítimos estrechos y vulnerables. Las energías limpias, como solar y eólica, permiten a los países recuperar el control de su economía y su seguridad. La energía renovable es la más barata que hay; en China se prevé que los vehículos eléctricos eviten más de 28 mil millones de dólares al año en costes de importación de petróleo. Muchos países ya están aprovechando estos beneficios y protegiéndose de los desastres climáticos. Pero otros necesitan apoyo. El año pasado se invirtieron más de 2 billones de dólares en energía limpia -el doble que en combustibles fósiles-, pero muy poco se destinó a las economías en desarrollo más vulnerables y que más lo necesitan.
Esto debe cambiar urgentemente. Los países más ricos -y las instituciones financieras internacionales que controlan- tienen todos los incentivos para garantizar que la financiación asequible llegue a las naciones en desarrollo para la acción climática. Porque un cambio verdaderamente global nos beneficia a todos. A través de la cooperación climática internacional, los países están creando una alternativa a la política de mano dura que domina los asuntos internacionales.
El año pasado, en la COP30 en Brasil, se comprometió una inversión de un billón de dólares en redes eléctricas y sistemas de almacenamiento, con el fin de invertir en sistemas energéticos modernos y limpios. La COP31 de este año, a celebrarse en Türkiye -antes Turquía-, impulsará nuevos avances en todos los sectores y regiones. La cooperación climática es el remedio para el caos del momento. La energía limpia y la resiliencia climática son esenciales, no a pesar de la inestabilidad global, sino precisamente por ella.