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La convocatoria al diálogo pudiera ser obvia, sin embargo, para que exista esa posibilidad debe haber voluntad de hacer a un lado los sesgos personales, de escuchar sin juicio al otro.

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MARCELA PÁMANES

Las últimas semanas me ha tocado vivir situaciones muy incómodas, cuyo común denominador es el deseo, casi obsesivo, de provocar dudas y el desprestigio de personas consideradas “enemigas” simplemente por intereses egoístas. 

Sé que no es novedad, que siempre ha ocurrido, que se cuentan medias verdades o mentiras completas con tal de hacer aparecer al otro como malo. Es increíble lo que son capaces de invertir algunos individuos para hacer daño. Me los imagino como esos tornados que levantan todo a su paso dejando una huella de destrucción.

De sus bocas salen las peores descalificaciones, acentuadas con groserías y actitudes soeces. Convencen a los ingenuos con sus argumentos, les hacen creer que ellos son los buenos y que no tienen ningún interés oscuro en el cometido de sus propósitos, que casi siempre están vinculados al juego de las sillas, donde se corre atropellando y empujando para ganar un lugar.

Hemos dejado de ser educados y considerados. Es real que nadie tiene la verdad absoluta en sus manos, que cada quien ve la vida desde el lugar donde le toca estar, que portamos un bagaje de experiencias acordes a las personas de las que nos hemos rodeado, las ideologías asumidas y los credos profesados.

Quienes ven la paja en el ojo ajeno, van y vienen por todos lados recopilando argumentos para hacerles ver a los otros que ellos están bien y que los demás están mal por no unirse a sus grupos. Hablan de “todos” cuando generalizar de esa manera siempre genera divisiones. Van y cuentan sus historias para que sean replicadas y se amparan en que nadie constatará las otras versiones.

¿Vale más la ambición personal que la dignidad ajena? En la práctica, este dilema aparece en política, en empresas, en comunidades y hasta en círculos familiares. La pregunta central es si el fin justifica los medios, y qué consecuencias tiene esto para la confianza colectiva y la integridad personal.

Tal vez sería importante reconocer que, aunque alguien pudiera obtener el resultado que busca con base en la descalificación, ese resultado se hace humo porque las secuelas que quedan están vinculadas al resentimiento, a la división, a la propia reputación y credibilidad del emisor de los mensajes negativos.

En el mejor de los casos, la convocatoria al diálogo pudiera ser obvia, sin embargo, para que exista esa posibilidad debe haber voluntad de hacer a un lado los sesgos personales, de escuchar sin juicio al otro, de reconocer que en las diferencias podemos encontrar puntos de acuerdo.

Tan fácil que sería seguir el axioma universal de tratar al otro como me gustaría que me trataran a mí. Sé que hay acciones que ofenden más allá de lo tolerable, otras que pueden ser señaladas como traición y también están las que hacemos más grandes de lo que son, pero por eso es que hay que tener la cabeza fría, el corazón dispuesto y la mano extendida para entrar a un terreno neutral donde se diriman las diferencias y surjan las coincidencias.

El odio o la aversión, junto con la ignorancia y el apego, son los venenos que más dañan y nos alejan de la paz, generando un ciclo de insatisfacción. Para los budistas, el solo pensamiento hostil deja una huella que condiciona las experiencias futuras.

Cuando caemos en este ciclo, las consecuencias nunca son buenas. Se daña el tejido social y rehacerlo implica mucho esfuerzo. Surge un ambiente de tensión innecesario; se pierden en el camino valores como la unidad, la solidaridad, la cooperación; se da paso al estrés y a la generación de bandos que conducen a confrontraciones; se frenan los proyectos para mejorar y la hostilidad puede normalizarse.

Por salud mental y emocional, a veces es necesario convertirse en un espectador a distancia, observar y darnos cuenta de que, aunque queramos, no podemos cambiar la manera de pensar y actuar de los demás, pero sí la manera en que reaccionamos a ello. Decido mejor, me confronto a mí misma sin abandonar lo que creo y lo que siento.

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Escrito en: Marcela pámanes nuestro mundo periodismo

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