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CONTRALUZ

PERO ¿POR QUÉ NO?...

"Lee y conducirás, no leas y serás conducido." Palabras de Santa Teresa de Jesús con las que deseo iniciar esta colaboración, nada más porque sí.

Hace un par de semanas regresé de un viaje que yo calificaría de inolvidable. Aunque, pensándolo bien, todos los viajes que he tenido oportunidad de hacer a lo largo de los años han caído en esta categoría. Me han dejado enseñanzas para la vida, que de otra manera no habría tenido oportunidad de abrevar.

En esta ocasión viajé al estado norteamericano de Maryland, en donde radica mi primogénita. Por una u otra razón no había podido concretar esta visita, y ahora que lo hice, puedo decir que encuentro un gran acierto de mi hija haberse asentado en esas tierras de la costa este de la Unión Americana, que tienen tanto que ofrecer.

La Bahía de Chesapeake, correspondiente al Océano Atlántico, tiene características únicas: Se despliega al norte desde el estado de Nueva York, hacia varios estados más: Pennsylvania, Delaware, Maryland y Virginia. Considerada como el mayor estuario de los Estados Unidos, ofrece al visitante una panorámica por demás interesante, donde alternan bosques mixtos con ríos como el Susquehanna y el Océano Atlántico, generando una fauna variada, que atrapa los sentidos del visitante.

Fue un gusto conocer las bellezas naturales de la región, su modo de vida y su gastronomía. Iniciando por la industriosa Baltimore, hasta poblaciones con una marcada influencia europea que llevan a imaginar historias de otros tiempos: Easton y Annapolis, entre otras. Aun así, lo que más me cautivó fue su tejido social. No recuerdo haber conocido otras poblaciones más participativas de unos para con otros, en donde ?se aprecia claramente?, servir a los demás produzca tanta satisfacción como recibir esos servicios. Pude constatarlo de muchas maneras, pero muy en especial en lo relativo a la cuestión cultural: Hay infinidad de ofertas de lectura, cuentacuentos, intercambios culturales, apoyos a grupos vulnerables. Organización de eventos públicos y difusión de las artes. Tuve oportunidad de charlar con la encargada de la biblioteca pública de una hermosa población llamada "Saint Michael", quien me ilustró respecto a las iniciativas que promueven desde su centro de trabajo para toda la región. De igual manera las universidades asentadas en esa parte de la Bahía hacen lo propio. Los beneficios de dicho enriquecimiento cultural son muy evidentes en el trato que ofrecen los locales, entre ellos mismos como hacia quienes los visitan.

Con todas esas percepciones en mente volteo a ver lo nuestro y me pregunto qué nos está faltando en México para ser así de generosos. Yo sé que hay iniciativas culturales muy valiosas, pero podría haber más, muchas más. Proponernos compartir con otros eso que hacemos bien, sin un interés pecuniario de por medio, simplemente por el deseo de favorecer al desarrollo de la población en la que habitamos.

Hay actitudes que emprendemos y que reflejan aquello que llevamos debajo de la piel los mexicanos. Vuelca un tráiler con mercancía, y lo más común es ver la forma como los vecinos al sitio del siniestro se aproximan a saquear aquella mercancía para su propio beneficio. Suele actuarse a partir de la idea de que, si no soy yo, va a ser otro el que se la apropie. Se nos olvida en esos momentos que la mercancía no es mía ni del otro, y que la rapiña, no por colectiva, nos exime del daño social, tanto para el chofer del tráiler como para el dueño de la carga. Algo parecido sucede en otros rubros, en donde ponemos de manifiesto que prevalece la ley de la selva, y que hay que aprovecharse cuando haya ocasión de hacerlo.

Cierto, afortunadamente no siempre suceden así las cosas, pero yo me pregunto: ¿Qué podemos hacer entre todos para cancelarlas? ¿Para que no formemos a los hijos en estas formas de ventajismo primitivo, sino todo lo contrario, con principios honorables de respeto y lealtad?

En mi visita a Maryland aprendí a comer cangrejo azul como hacen los locales; a apreciar la naturaleza en sus más diversas formas, a seguir las andanzas del oriol, ave típica de la región, a presenciar el vuelo confiado de patos y gansos sobre la mancha urbana, o a descubrir el respeto que hay hacia otras especies silvestres, que corren en total libertad por parques y jardines de casas particulares. Aprendí que lo propio puede expresarse y darse a conocer de muy diversas formas, y que el intercambio cultural es una manera de enriquecer lo propio. Que es posible respetar lo distinto una vez que se conoce, porque gran parte del rechazo por otros surge del desconocimiento. Regresé de esos hermosos lugares plena de experiencias y de propósitos, con una sola pregunta en mente: Pero ¿por qué no se va a poder hacer algo similar en nuestro México?

https://contraluzcoah.blogspot.com/.

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