HACIA DÓNDE VAMOS
Conforme más avanza en tiempo este tercer milenio, más necesaria se vuelve la lectura de determinados clásicos de la literatura universal. En esta ocasión me refiero a tres novelas distópicas, todas ellas escritas hace menos de cien años, pero que por su contundencia entran ya en la categoría de "Clásicos".
Hay noticias que señalan que grandes corporativos de primer mundo están adquiriendo ejemplares cuyos derechos de propiedad intelectual han caducado, para integrarlos como parte de la IA. Me imagino esta como un monstruo con las fauces abiertas devorando exorbitantes cantidades de palabras en cada milisegundo. El interés oculto detrás de estos corporativos es extinguir la obra original para transformarla en bases de datos de acceso controlado. De aquí, no es difícil imaginar, que vengan rediseños a modo de obras literarias cuyo surgimiento representó grandes avances para la humanidad.
Hay tres libros que se entrelazan en este nodo temporal: El más representativo, me parece, es Fahrenheit 451 de Ray Bradburry. Fue publicado en 1953, cuando la tecnología digital tal vez ni siquiera existía en germen en la mente de los ingenieros más adelantados. Sin embargo, el escritor de formación autodidacta pudo concebir lo que podría pasar en una sociedad en la que el acceso a los libros fuera prohibido, y cuál sería la forma en que unos cuantos trabajaran por impedir esa desmemoria. Lo habré leído por primera vez a los trece o catorce años, y aquello de un mundo en el que las autoridades trabajaran por eliminar los libros me parecía hasta ridículo. ¡Pero cuánta razón tenía Bradburry! A más de cincuenta años de mi abordaje adolescente a la obra me topo con la distorsión de la información en los medios formales y la incitación a privilegiar las plataformas digitales instantáneas sobre la solidez de la palabra escrita. Estos fenómenos vienen confirmando la hipótesis de Bradburry.
Una segunda obra, es "Un mundo feliz", publicada por Aldous Huxley en 1932. Su título nos atrapa desde el primer momento: La historia sucede en una sociedad organizada en categorías bajo la omnisciente mirada de un régimen gobernante que se encarga de mantener todo en el mismo orden. Los nacidos bajo el sistema han perdido la capacidad de reflexionar o cuestionarse el porqué de las cosas. Todo es como es y nada más. La pasan bien, con niveles constantes de una sustancia denominada "soma", que se me antoja comparar con la dopamina de nuestros tiempos, que los lleva a un estado virtual de hibernación, en el que pasan la vida. Los líderes no tienen problema para modificar las grandes obras literarias como las escritas por Shakespeare, ante la pasividad de la población. Hasta que surge un conflicto encabezado por John, personaje que aún pudo nacer en forma natural en una reserva de pobladores originales y las cosas, venturosamente, apuntan hacia un cambio.
Finalmente está "1984" de George Orwell, publicada en 1949. Nos retrata una dictadura a partir del sometimiento y la censura. En oposición al mundo de Huxley, aquí surge la figura del Gran Hermano, después tan popularizada de mil maneras en la televisión. Este personaje vigila, señala y sanciona a quienes desobedezcan las leyes impuestas por la cúpula gobernante. Por cierto, en este sistema vertical, la verdad se oculta de manera sistemática.
Lo que se busca imponer en el tercer milenio, mediante la extinción de obras literarias originales, sugiere una secuela de los tres libros citados, imaginando las consecuencias de contenidos devorados por un sistema cibernético que los va a digerir, desnaturalizar o sintetizar de otra manera, privando así a las futuras generaciones de los elementos críticos que dibujan las condiciones que nos han traído hasta este punto donde ahora estamos. No se trata simplemente de economía ambiental o reciclaje. Detrás de ello se avizoran sombras que se adivinan perversas, cuyas intenciones son mutilar o reescribir la historia de la humanidad.
Cierto, en cuestión de verdades históricas nadie tiene la última palabra. Digamos que cuatro personas observan un pleito callejero, cada una desde uno de los cuatro puntos cardinales. La versión del ubicado en el norte será muy distinta a quien observa desde el punto sur. Algo similar sucede con los observadores hacia este y oeste. Las cuatro versiones van a ser muy distintas y ninguno puede hablar de poseer la verdad última del pleito y su desenlace. En ello radica la riqueza de la literatura, cada uno de los testigos presentará su relato, y corresponde únicamente al lector decantarse por la versión o la combinación de versiones que más le parezca. Para conseguirlo necesita contar con la libertad de leer y cotejar.
No exenta de temor me pregunto hacia dónde vamos. Y usted, fino lector, ¿qué opina?
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