Nunca me lo hubiera imaginado. Durante las últimas semanas me he encontrado con varios corresponsales extranjeros de España, Francia y México que vinieron a Estados Unidos a escribir las crónicas del fin del imperio. Un poco sorprendido, les pregunté cómo veían a Estados Unidos desde fuera e inequívocamente me contaron que parece ser un país que se autodestruye.
¿Estados Unidos ya es una dictadura? Esa es la pregunta que se hacen. Con la segunda llegada de Donald Trump a la presidencia, ellos creen que la democracia estadounidense se ha ido ahogando y que han surgido preocupantes señales de autoritarismo. Y son estas:
1. Trump acumula cada vez más poder, desde el control del congreso, el ejército y la mayoría en la Corte Suprema hasta la obediencia de empresarios, grandes corporaciones y antiguos opositores políticos.
2. El miedo - y a veces el terror - se ha apoderado del país. Ya no se puede confiar en las leyes ni en las cortes. Trump parece hacer lo que se le pega la gana sin tener ninguna consecuencia.
3. Ha surgido una especie de policía secreta, que actúa con total impunidad, sin identificarse, enmascarada y con armas de guerra. Los agentes migratorios ya mataron a dos ciudadanos de Estados Unidos, Renée Good y Alex Pretti. Están arrestando a cientos de miles de inmigrantes sin récord criminal y separando a padres de sus hijos. Nadie se salva; un niño de 5 años - Liam Conejo Ramos - fue detenido por la migra y un bebé de 2 meses con pulmonía - Juan Nicolás - fue deportado a México.
4. Crecen los ataques a la prensa, a profesores, jueces y a políticos de oposición. Y críticos al presidente - como el periodista Don Lemon - o que se burlan de él - como los comediantes Stephen Colbert y Jimmy Kimmel - han sido demandados o suspendidos. Muchos seguidores de Trump se han dedicado a publicar mentiras o conspiraciones, como la de que Trump ganó las elecciones del 2020. Y el lenguaje presidencial es cada vez más burdo, como llamarle "basura" a la gente de Somalia, o presentar en su cuenta de redes sociales a Barack y Michelle Obama como animales.
5. Y hacia fuera, Trump, como el comandante en jefe del poderío nuclear estadounidense, pretende apropiarse de otros países (como Groenlandia), interviene en otros (como Venezuela) y amenaza con operaciones militares en México, Colombia, Panamá y Cuba. Se acabaron las alianzas. Su política de aranceles a nivel mundial le ha ganado a Estados Unidos la enemistad del planeta entero. El ogro se está quedando solo.
Para que Estados Unidos se convirtiera en una dictadura tendría que romperse el sistema de elecciones - que ahora Trump quiere nacionalizar - y el ejército volcarse contra la población. Eso no ha ocurrido. Pero las democracias caen de muchas maneras y no hay una sola secuencia. Por eso es tan peligroso lo que ocurre en la nación. De esto se ha escrito mucho. Escojo solo dos citas.
"Podríamos caer en la tentación de creer que nuestra herencia democrática automáticamente nos protege de las amenazas", escribió Timothy Snyder en "On Tyranny", su excelente y corto libro. "Pero este es un reflejo equivocado". No deja de sorprender que un país como Estados Unidos, que el próximo 4 de julio cumplirá 250 años como democracia, corra el peligro del convertirse en un régimen autoritario. La razón está en que Estados Unidos tiene muchas contradicciones internas.
"Estados Unidos es una nación muy heterogénea que aparentemente tiene considerables fuentes de animosidad racial", dijo Karen Stenner en su libro "The Authoritarian Dynamic". Stenner sugiere que Estados Unidos no ha sabido manejar la "tolerancia y respeto por las diferencias" en una nación tan diversa, multiétnica y multicultural. Y por eso se está rompiendo por dentro.
A mis amigos en el extranjero les digo que sí veo aquí graves señales de autoritarismo, pero que yo no creo, todavía, que Estados Unidos sea una dictadura. Nadie me meterá a la cárcel por escribir esta columna, y veo señales de resistencia en todos lados, desde las protestas ciudadanas en Mineápolis y Los Ángeles, que me tocó presenciar, hasta el extraordinario y diverso espectáculo de Bad Bunny en el medio tiempo del Super Bowl. A cada bravuconada de Trump hay una respuesta y eso mantiene viva la democracia.
Cuando decidí venirme a vivir a Estados Unidos en 1983, México todavía no era una democracia. Y recuerdo que al llegar a Los Ángeles vi cómo los periodistas cuestionaban y criticaban al presidente Ronald Reagan, y no pasaba nada. "Yo quiero vivir en este país", pensé. Y me quedé. Pero no estoy dispuesto, nunca más, a vivir en un régimen autoritario como en el que viví durante mi adolescencia en México.
La forma de hacerlo es no quedarse callado. La periodista Maria Ressa, ganadora del Premio Nobel de la Paz en 2021, lo dijo mejor que nadie en su libro "How to Stand Up to a Dictator": "Nunca, nunca, nunca aceptes que nadie te intimide, no importa quien sea".