Siglo Nuevo Reportaje Arte Nuestro Mundo

Nuestro Mundo

De esas cosas que les dicen 'el llamado'

Aquella gente me parecía maravillosa. Muchos eran actores, directores, escenógrafos, vestuaristas; gente que por vocación amateur estaba integrada al teatro lagunero.

De esas cosas que les dicen 'el llamado'

De esas cosas que les dicen 'el llamado'

RAÚL ADALID

Había allá en mi lejana Torreón un maestro de literatura —gran escritor, por cierto— llamado Francisco Amparán. Una noche nos invitó al teatro a tres de mis amigos y a mí. Yo, en mi ignorancia ignorada, ni siquiera reflexionaba que iba a ser la primera vez que acudiera a un recinto de esos.

Entramos a la sala de un pequeño espacio que iba a ser inolvidable para mí: el Teatro Mayrán. Mientras platicábamos, de repente se escuchaba: “Primera llamada”. Un rato después: “Segunda llamada, segunda”. “¿Qué será eso?”, me preguntaba. En verdad estaba muy serrano; rupestre, diría yo. Y luego la gran sorpresa, lo insólito estaba por comenzar: “Tercera llamada, tercera, comenzamos”.

Las luces de la sala se apagaron. El viejo telón verde empezó a correrse lentamente. Del escenario brotaba una luz tenue. Aparentaba ser de noche. Ahí apareció una mujer hermosa que era la protagonista: la señora Manningham.

Recuerdo a la criada Nancy y a un viejito de bastón con cabellera blanca. Interpretaba a un detective. Un crimen se había cometido. La obra era Luz de gas, de Patrick Hamilton. Del escenario se despedía un misterio inexplicable para mí. Era como ver cine, pero era distinto porque aquello era en vivo. Sin embargo, los actores parecían de fantasía, de otra galaxia.

¿Qué era aquello que sucedía en el escenario? Más que el tema en sí, recuerdo que lo que más llamaba mi atención eran los actores, la luz tenue que bañaba la sala repleta de espectadores y el silencio del público. Aquel silencio expectante era la magia hecha vida. En ese mo mento no lo pensé así, pero lo sentía vivamente.

La obra terminó. Hubo un cóctel en el vestíbulo del teatro. “Vamos a esperar a Rogelio”, dijo nuestro maestro Francisco. Mientras esperábamos, noté las fachas de algunos jóvenes estrafalarios. Recuerdo a uno en especial; llevaba un bombín que cubría su larga melena. Saludó a Francisco y nos dijo: “¿Ustedes saben quién fue Lao Tse?”. Recuerdo que nada más nos reímos ante la surrealista pregunta. Éramos tan ignorantes que la risa hablaba de nuestro profundo desconocimiento.

Luego apareció la señora guapa del escenario, aún en fundada en su vestuario. “¿Qué les pareció la obra, mucha chos?”, nos preguntó. La vimos asombrados. El escote ligeramente abierto de su vestido era un delirio para nosotros. “Muy buena, señora, estupenda”.

La noche era diferente. Para el segundo Presidente con Coca-Cola que nos bebimos fue que apareció un hombre de negro. Era el viejito del escenario rejuvenecido, el actor que representaba al detective y también el director de la obra. Era por quien esperábamos, el gran Rogelio Luévano. Saludó a nuestro maestro Francisco, se abrazaron y nos lo presentaron. Viéndonos a cada uno por encima de las gafas, nos preguntó: “¿Y ustedes qué onda?”. Nunca había visto a alguien así, un ser de otro mundo para aquellas latitudes bárbaras de la Laguna de finales de los setenta.

La noche avanzó. Se escuchaban risas y conversaciones diferentes para mí. Fui al baño y en el mingitorio me dije a mí mismo: “¡Qué libertad tan chingona se siente aquí!”. Aquella gente me parecía maravillosa. Muchos eran actores, directores, escenógrafos, vestuaristas; gente que por vocación amateur estaba integrada al teatro lagunero.

No sé a qué hora nos fuimos, sólo sé que conocí a la que iba a ser mi gente, entes diferentes, libres, auténticos. Esa noche, teniendo 17 años, descubrí, así sin querer, sin saber, lo que iba a ser mi mundo: el teatro, la bendita actuación

Este es un homenaje a aquella maravillosa gente que conocí esa noche en el Teatro Mayrán de Torreón. La señora Manningham mencionada en este relato era la entrañable Sonia Salum. Aquel que nos preguntaba por Lao era el buen Mike Valenzuela (QEPD). A todos ellos, gracias. En mí despertaron una auténtica luz fundamental de vocación y amor por el teatro. Gracias a Francisco Amparán (QEPD), mi maestro de literatura. Sin su invitación, esto jamás hubiera sucedido. Mis amigos, mis hermanos, que aún lo son, eran Óscar Sánchez, Jorge Hernández (QEPD) y Cuauhtémoc Sada.

Leer más de Siglo Nuevo

Escrito en: teatro lagunero Teatro Rogelio Luévano

Comentar esta noticia -

Noticias relacionadas

Siglo Plus

+ Más leídas de Siglo Nuevo

LECTURAS ANTERIORES

Fotografías más vistas

Videos más vistos semana

De esas cosas que les dicen 'el llamado'

Clasificados

ID: 2495884

elsiglo.mx