Portada. Imagen Unsplash Perfecto Capucine.
Érase una vez un tiempo en el que tener un libro en casa era un lujo. No hablamos de comprar una edición de pasta dura, una ilustrada con impresión a color, una colección especial o ese bello ejemplar que juramos que algún día vamos a leer y lleva tres años acumulando polvo en el librero o en nuestro buró. Hablamos de una época en la que poseer un libro podía representar una pequeña fortuna.
Antes de la imprenta, reproducir un texto era un proceso lento, costoso y artesanal. Los manuscritos tenían que copiarse a mano y esto podía requerir meses de trabajo. Monasterios, universidades, instituciones religiosas, gobernantes y personas con suficientes recursos concentraban buena parte del acceso a los escritos. El libro era escaso y, en consecuencia, el conocimiento también estaba limitado.

LA ACCESIBILIDAD
Entonces apareció una máquina que cambiaría nuestra relación con las palabras: la prensa de impresión; Johannes Gutenberg y una revolución hecha de tinta. Aquí es importante señalar que Gutenberg no fue el primero en tener esta idea, ya que en Asia existían antecedentes importantes siglos antes. Sin embargo, alrededor de 1450 desarrolló en Europa un sistema de impresión con tipos móviles metálicos que permitió producir libros de una manera mucho más eficiente.
La llamada Biblia de Gutenberg se convirtió en el símbolo de aquella revolución. La transformación pare ce sencilla: si antes había que copiar un libro completo a mano, ahora las letras podían acomodarse, entintarse, imprimirse y reutilizarse. Pero detrás de aquella innovación ocurrió algo mucho más profundo: los libros comenzaron a multiplicarse, y también lo hicieron las ideas, algo riesgoso para algunos líderes del momento.
De ahí que en varios puntos de la historia y en distintas geografías se censurara la producción de libros. Por ejemplo, la Iglesia católica creó en 1559 el Index Librorum Prohibitorum, una lista de títulos cuya im presión y distribución estaba prohibida. El propósito era controlar la difusión del cristianismo protestante y las ideas científicas contrarias al dogma religioso.
Esa censura alcanzó a las colonias del continente americano, incluyendo la Nueva España. Todo texto era revisado tanto por autoridades eclesiásticas como de la Corona española antes de pasar a la prensa. Si no cumplía con ciertos requisitos, simplemente no llegaba a imprimirse nunca.
A pesar de ello, las imprentas se extendieron por el mundo en las décadas siguientes. Los textos podían circular con una velocidad desconocida hasta entonces: filosofía, ciencia, religión, literatura y pensamiento po lítico encontraron un nuevo vehículo. Leer dejó de ser un lujo, aunque el proceso no ocurrió de la noche a la mañana. Los libros continuaron siendo costosos duran te mucho tiempo y la alfabetización tampoco estaba al alcance de toda la población, pero la transformación ya estaba en marcha.
Con el paso de los siglos llegaron mejores prensas, nuevos sistemas de producción, papel más económico, industrialización, editoriales y grandes tirajes. El libro comenzó lentamente a salir de los espacios privilegiados para llegar a escuelas, bibliotecas y hogares.
No obstante, surgieron algunos problemas. Si ahora una obra podía reproducirse cientos o miles de veces, ¿a quién pertenecían esas palabras? La imprenta democratizó la reproducción de textos, pero precisamente esa capacidad abrió otro conflicto: el de los derechos sobre una creación.
Autores, impresores y editores reaccionaron a esta realidad con el desarrollo de las leyes de propiedad intelectual, y con ello surgió el concepto moderno de derecho de autor. Ya no se trataba solamente del objeto físico llamado libro, sino de reconocer que de trás de esas páginas existía una creación intelectual.

EL LIBRO CLONADO
El auge de la saga de Harry Potter dio paso a un fenómeno de internet: quienes obtuvieron primero las versiones en inglés, se dieron a la tarea de escanear los tomos completos —tarea que era mucho más difícil que ahora— para después repartir las páginas entre cientos de usuarios de foros en línea que las tradujeran, mismas que alguien recopilaba para subir la versión traducida no oficial en dichos foros. Pero no se detiene allí, hay quienes aprovechaban estos espacios para descargar esa versión y después venderla.
Hoy copiar un libro ya no requiere tener una imprenta. Basta una computadora, un escáner, una cámara o incluso un teléfono celular. La piratería editorial adoptó nuevas formas. Existen ejemplares físicos reproducidos ilegalmente que intentan imitar las portadas, tipografías y características de las ediciones originales. También circulan archivos digitales obtenidos sin autorización que pueden viajar de un país a otro en cuestión de segundos.
Tenemos entonces una contradicción interesante. Por un lado nunca había sido tan fácil acceder a la lectura, pero tampoco había sido tan fácil reproducir ilegalmente el trabajo de otra persona.
Un libro pirata barato puede parecer una oportunidad para quien no tiene recursos suficientes para adquirir el original. Pero detrás del precio de ese original existe una cadena que incluye autores, traductores, correctores, diseñadores, ilustradores, editores, impresores y libreros.
La discusión, por lo tanto, no es sencilla. ¿Hasta dónde llega nuestro derecho a acceder al conocimiento y dónde comienza el derecho de quien vive de producirlo?

DEL PAPEL A LA PANTALLA
La siguiente revolución no fue con tinta; llegó en forma de unos y ceros. Los libros electrónicos (o e-books) transformaron nuevamente nuestra relación con la lectura. Una biblioteca completa puede viajar dentro de una tableta, un lector electrónico o un teléfono.
Ya no necesitamos esperar a que un ejemplar cruce fronteras. Cualquier título puede comprarse y comen zar a leerse prácticamente al instante. El costo de distribución también cambia al no haber papel, cajas, bodegas ni transporte físico para cada copia digital. Pero esta revolución trajo sus propias preguntas: ¿Qué significa realmente “comprar” un e-book? ¿Somos propietarios de ese archivo de la misma manera en que lo somos de los volúmenes que tenemos en nuestro librero? ¿Podemos prestarlo, regalarlo o heredarlo con la misma libertad?
Kindle, el lector de e-books más popular en el mundo, ejemplifica la relevancia de estas cuestiones. Una de las características más aclamadas de este dispositivo es que se pueden comprar obras literarias directamente de Amazon, sin embargo, en los últimos años esta alianza ha derivado en limitaciones para los usuarios. En 2023, Kindle anunció que ya no permitiría los formatos azw, prc y mobi, lo que imposibilitó la lectura de muchos títulos com prados en otras tiendas en línea fuera de Amazon. Además, en 2025 eliminó la función de “Descargar y transferir a través de USB”, impidiendo así que los usuarios pudieran generar una copia de respaldo para acceder a ella desde otro dispositivo.
El objeto llamado libro se ha separado de aquello que por siglos lo había definido: el papel. Y de pronto, cuando esto ocurrió, ya no fue necesario que una editorial diera el “sí” para que alguien publicara sus textos.
Durante décadas, publicar un libro dependió en gran medida de convencer a alguien más de que valía la pena hacerlo. Una editorial tenía que aceptar el manuscrito, invertir en él, corregirlo, diseñarlo, imprimirlo, distribuirlo y colocarlo en los estantes para su venta.

Hoy un escritor puede terminar una novela por la mañana y comenzar el proceso para publicarla digitalmente esa misma tarde. Las plataformas de autopublicación han reducido considerablemente las barreras de entrada. Un autor decide si se en carga directamente de la corrección, portada, formato, precio y promoción de su obra, o si contrata a terceros para encargarse de esas tareas.
Eso representa una enorme democratización, pero también elimina uno de los filtros tradicionales de la industria editorial: que cualquiera pueda publi car no significa necesariamente que todo lo publicado tenga calidad. Esa nueva libertad también exige que el lector desarrolle nuevas herramientas para seleccionar entre una amplia oferta de lectura.
Hay algo fascinante en esta historia. Durante siglos buscamos una manera de producir más libros, después buscamos una forma de protegerlos para más tarde convertirlos en archivos digitales. Y finalmente llegamos a un punto en el que cualquier persona puede convertirse en autora, editora y distribuidora desde una computadora.
Tal vez la historia del libro nunca ha sido solamen te la historia del papel. Tal vez sea la historia de quién puede contar algo, quién puede leerlo y quién controla el camino entre ambos. Gutenberg ayudó a romper una de esas barreras hace más de cinco siglos e Internet derribó muchas otras en las últimas décadas.
Ahora tenemos frente a nosotros una biblioteca prácticamente infinita y una imprenta metida en el bolsillo. La pregunta ya no es si tenemos acceso a las palabras, la pregunta es qué vamos a hacer con todas ellas. Y en México, ¿realmente se está aprovechando esta oportunidad?
Instagram: @sergioharevalo