Entre el descrédito tan natural como previsible por parte de quien había sido impuesta para darle tiro de gracia a la autonomía del Instituto Nacional Electoral y el funeral de la sombra de la sombra del Caudillo, una de las últimas ocurrencias provenientes de las homilías matutinas que desde el sexenio pasado se ofician en Palacio Nacional fue el decir que el Día de Muertos por todos conocido en el país otra cosa que una festividad prehispánica.
Ciertamente, este mito bastante difundido por quienes regentearon la Secretaría de Educación Pública durante décadas en el siglo pasado no solo no compagina con la realidad sino que se explica en el contexto histórico en el que se inventó.
Siendo el régimen cardenista una extensión del Maximato callista-en todos sus vicios y ninguna de sus virtudes modernizadoras-era de esperarse que una buena parte de la nueva identidad revendida como "mexicana" o "revolucionaria" tenía que hacerse de dos maneras, sobre todo tras el encono de la Cristiada en México así como en la antesala de la Segunda Guerra Mundial: de espaldas al pueblo y conforme con un espíritu antirreligioso, revestido públicamente de falsa laicidad.
Será durante este periodo en particular en el que el historiador norteamericano Lesley Byrd Simpson como autor de la obra clásica Muchos Méxicos (Many México's) logra identificar esa curiosa relación o amasiato entre quienes aspiraban a vivir del presupuesto-artistas e intelectuales orgánicos al servicio del Estado-y quienes desde el poder político disponían de los recursos para imponer su propia visión monolítica e ideológica, a manera de "Pensamiento único", no desde la razón ni desde la realidad sino desde su propia visión centralista de lo que a su muy personal juicio debería de ser la Historia del país; no solo para satisfacción de la casta política gobernante, sino también para imponerla sobre el resto de la población al igual que para futuras generaciones sobre la que se pretendía gobernar y perpetuarse, cosa a la que estos contribuyeron sin ningún remordimiento de consciencia.
De aquí que la idea del falso indigenismo centralista, aztecoide y etnólatra no solo no corresponda con las más de noventa y nueva etnias o dialectos que constituyen los pueblos indígenas a lo largo y ancho del país; esos que ni siquiera compartían cercanía alguna con el valle del Anáhuac, mismos a los que a partir de la impostura de ese discurso oficial se les niega también su valor propio como parte de este mosaico multiétnico en el que se compone nuestra mexicanidad, precisamente como una gran identidad mestiza.
Ahora bien, siendo el altar tanto como el Día de Muertos una festividad que se realiza con elementos propios de la cultura cristiana occidental, incluyendo hasta el pan con formas de huesos y cráneos-emulando las reliquias antiguas de los primeros santos y mártires-que se brindaba o se vendía a los peregrinos que asistían desde la Baja Edad Media a la Abadía de Cluny en Francia o a la Basílica de San Pedro en Roma, y en fecha muy distinta a las evocaciones de difuntos que los meshicas celebraban con fuego y sacrificios humanos en Agosto, queda claro que dicha celebración no solo no es prehispánica sino europea por cuanto le preexiste en todos sus elementos, como demostró en su momento la Dra. Elsa Malvido desde el Instituto Nacional de Antropología e Historia.
Quizá la única aportación singular por nuestra cuenta a esta tradición católica se logre ubicar a partir del Virreinato de la Nueva España (1521-1821), y sea la de adjuntar, más directamente, a la celebración de los santos cristianos la memoria de los parientes fallecidos en el mismo Altar con ciertos alimentos o prendas pertenecientes a los mismos; costumbre que vino a enriquecerse enormemente tras la popularización del daguerrotipo y la fotografía a mediados del siglo XIX.