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De política y cosas peores

ARMANDO CAMORRA

La maestra de Educación Sexual les dijo a sus alumnas: “Las que pongan atención a la clase saldrán aprobadas. Las que no, saldrán embarazadas”. Don Cucoldo le contó a su compadre Pitorrango: “Algo muy raro le sucede a mi mujer. Cuando hacemos el amor se le mueven las orejas”. “¡Mira! -exclamó Pitorrango-. ¡Yo pensé que era mi imaginación!”. Daisy Mae llegó al campo de entrenamiento del equipo de futbol americano luciendo la casaca del conjunto. El coach le indicó: “Usted no puede usar esa casaca. No es del equipo”. Replicó Daisy Mae: “Anoche lo fui”. Doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad, fue a comprar un perro en la tienda de mascotas. El encargado le mostró uno: “Es muy bueno, muy obediente”. Inquirió doña Panoplia: “¿Y de pedigrí?”. Le aseguro el de la tienda: “El perrito no bebe”. Este niño que hace su tarea a la oscilante luz de una lámpara de kerosén soy yo.

Es septiembre de 1944; tengo 6 años de edad y curso el primero de primaria en el Colegio “Ignacio Zaragoza” de mi ciudad, Saltillo. Mi maestra, la señorita Petrita Rodríguez, nos ha encargado hacer una plana de palotes y otra de rueditas, y yo me esfuerzo en hacerlas bien. Ya sé leer y escribir. Aprendí eso observando sin ser observado cómo ayudaba mi mamá a mi hermano mayor a hacer sus deberes. Aun así, trazo empeñosamente las rueditas y los palotes, pues quiero merecer una buena calificación de nuestra profesora, que tiene para nosotros ternuras maternales. ¿Por qué lo de la lámpara de kerosén? Porque el mundo está en guerra, y es necesario ahorrar energía eléctrica. La planta de luz que surte a la ciudad deja de funcionar, y los vecinos deben alumbrarse con lámparas o velas. Termino la tarea y me voy a la cama a oscuras. No temo a la oscuridad -ahora la temo menos aún-, y me duermo pensando que la señorita Petrita me dirá: “Tienes 10, Armandito”. Ya no merezco esa calificación, lo sé, pero en aquellos años sí la merecía. Se ha dicho que la Segunda Guerra es la última guerra justa que en el mundo ha habido. En efecto, se trataba de contener los insanos ímpetus expansionistas y los excesos de poder de Hitler.

Y sucede que Estados Unidos, que luchó por preservar la libertad y la democracia, tiene ahora un Presidente que en más de un sentido se parece a Hitler, y que en su propio país atenta contra la democracia y la libertad.

Trump tiene la misma locura expansionista del vesánico nazi, su misma pugnacidad y sus mismos arrebatos. En los años previos a la guerra, Europa vio sin hacer nada cómo Hitler hacía de Alemania una amenaza contra la paz del mundo. Un peligro semejante representa ahora Trump. Y lo peor es que nosotros los mexicanos somos los que tenemos más cerca, y con riesgo mayor, a ese energúmeno. Habrá que rezar de nuevo la deprecante oración que decían nuestros antepasados: “¡Jesucristo, aplaca tu ira, tu justicia y tu rigor!”.

Doña Crasia y doña Larda eran bastante gorditas, dicho sea con el mayor respeto. Le comentó, quejosa, doña Crasia a su vecina: “Mi marido me hace sufrir mucho. En lo que va de este año he rebajado 4 kilos”. Le suplicó doña Larda: “¡Préstamelo!”. Aquel señor chupó Faros, colgó los tenis, estiró la pata, se fue de minero, anda abonando las margaritas, compareció ante el Güero Chuy. Todo eso quiere decir que se murió. Su desolada viuda exaltaba en el velatorio las cualidades del difunto. “Era un marido ejemplar -dijo-. Jamás salía por las noches”. En eso hizo acto de presencia una mujer enlutada a la que acompañaban siete niños y niñas, todos el vivo retrato del muertito. “¡Mira! -exclamó la viuda-. ¡El cabrón me salió diurno!”. FIN.

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