Cierta profesora de Biología llevó a su clase a un maestro de otro plantel, destacado biólogo al que invitó a dar una conferencia a sus alumnos. Empezó a hablar el disertante y dijo: “Es para mí un placer estar aquí. Desde hace mucho tiempo conozco íntimamente a su maestra”. Un murmullo divertido se levantó entre los estudiantes, por aquello de “íntimamente”. Se azaró el conferencista, y trató de remediar el lapsus. Aclaró, turbado: “Biológicamente, claro”. La maestra Ethel Sutton fue mi profesora de Biología en la Benemérita y Centenaria Escuela Normal de Coahuila.
¡Qué espléndida enseñante era ella! No casó nunca; fue siempre “la señorita Sutton”, pero estaba muy lejos de ser como las solteronas de aquel tiempo, amargadas casi todas, iglesieras muchas. Ella era enérgica, dinámica y enciclopédica, pues sabía algo de todo. En su salón privaba una disciplina militar. Si algo le hubiese ordenado la señorita Sutton al hierático esqueleto que nos miraba sin ojos desde un rincón del aula, estoy seguro de que la osamenta habría cumplido la orden sin chistar. Bajo la guía de esa magistral maestra hice el experimento de poner un frijolito en una base de algodón humedecido en agua, y ver a esa doméstica semilla cumplir el prodigioso milagro de germinar y crecer al paso de los días. Ahora, al paso de los años, un nieto mío ha germinado en biólogo. Quiero a José Pablo con adoración de abuelo, y estoy muy orgulloso de él. Es alumno de la prestigiosa Facultad de Biología de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Tiene un blog -entiendo que así se dice- en el cual presenta ejemplares de la flora y la fauna de México, y en forma amena e interesante explica sus características y su utilidad para el planeta. Termina siempre sus breves e instructivos mensajes con una exclamación entusiasmada: “¡Viva la biodiversidad!”. Ha llegado a tener más de medio millón de participantes de varios países en sus intervenciones digitales -entiendo que así se dice-. El último domingo se celebró el Día del Biólogo. Con ese motivo José Pablo escribió y publicó el siguiente texto: “Estudio Biología porque amo la vida. Así, sin adornos. Amo lo que se mueve, lo que crece, lo que cambia, lo que resiste. Amo lo que no se ve a simple vista, lo que pasa desapercibido para casi todos. Pero ese amor también cansa. Hay madrugadas sin dormir, caminatas eternas bajo el sol; frío, lodo, picaduras; días donde el cuerpo ya no quiere, pero el corazón sí. Amo salir al campo y no saber lo que voy a encontrar, aunque a veces no encuentre nada. Amo regresar con tierra en los tenis, con sol en la piel y con más preguntas que respuestas. Hay sacrificios que casi nadie ve; fines de semana lejos; poco dinero, mucho esfuerzo, y una pasión que no paga las cuentas. Pero aun así vale la pena. Amo entender cómo todo está conectado; cómo una planta, un insecto, un hongo pueden sostener un ecosistema entero. Amo aprender de especies que nadie defiende; de organismos que no son ‘bonitos’ pero sin los cuales nada existiría. No estudio Biología para tener razón. La estudio para escuchar a la naturaleza, para leerla, para respetar sus tiempos. Ser biólogo no es sólo observar: es elegir este camino, aunque sea difícil. Hoy celebro a quienes seguimos aquí, no por fama, no por dinero, sino por amor, por amor a la vida en todas sus formas. Mientras pueda respirar, crecer y evolucionar seguiré aquí. Feliz Día del Biólogo. ¡Viva la biodiversidad!”. Leí su texto y me impresionó. Le dije a José Pablo: “¡Qué bien escribes, hijo!”. Me respondió: “Es de familia, tito”. FIN.