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De política y cosas peores

ARMANDO CAMORRA

El dogmatismo es hermano carnal del fanatismo.

Insólita declaración es ésa, pues no acostumbro meterme con las familias, pero expresa una verdad palmaria. El dogmático es siempre un fanático, y el fanático es un hombre -o una mujer- que lleva tapaojos, como los caballos de lechero, y no mira más allá de su limitado horizonte. Antídoto eficaz contra los dogmas son los libros. También sirven los viajes y el café. Quien ha leído, ha viajado y ha tenido conversación con gente sabidora no caerá nunca en esas formas de ceguera y sordera que son el dogmatismo y el fanatismo. “Infancia es destino”, dice una sentencia. En efecto: de una u otra manera seguimos siendo el niño que fuimos una vez. Y el joven, añadiría yo. La Presidenta Sheinbaum no ha abandonado sus ideas de juventud. Las lleva como se lleva un lunar, aunque el tiempo las haya vuelto obsoletas y caducas. Un principio imbuido a los maestros en las universidades norteamericanos dice así: Kill all your darlings.

Con eso se les exhorta a no caer en la rutina, a no enseñar las mismas cosas una y otra vez. “Tengo 25 años de experiencia”, adujo exasperado un profesor cuyos métodos eran cuestionados por sus estudiantes. “No, maestro -lo corrigió uno de ellos-. Tiene usted un año de experiencia repetido 25 veces”. El hecho de que la seguidora de AMLO siga favoreciendo a Cuba indica que conserva los dogmas del pasado. ¿Ayuda humanitaria? Hasta para hacer el bien hay que tener cuidado. Nuestro Señor obró el milagro de colmar de peces las redes de sus amigos pescadores, San Pedro y los demás. La abundancia de pescado hizo bajar su precio en el mercado de la localidad. Carentes de ayuda divina, los demás pescadores sufrieron graves perjuicios económicos, con daño para sus hogares. Al parecer el Rabí no sabía mucho de economía, o si sabía le importaba un bledo. En el caso de Cuba la señora Sheinbaum no está favoreciendo a los sufrientes habitantes de la Isla: está ayudando a que se perpetúe el régimen tiránico que los mantiene en la opresión. Debería suspender su apoyo a esa camarilla despótica.

No lo haga para quedar bien con Trump. Hágalo en nombre de la libertad.Esa última frase, columnista, me pareció como de concurso de oratoria. Atempera su altilocuencia con el relato de algunos intrascendentes cuentecillos. El ascensor iba atestado. (¿Por qué se le llama solamente así? También desciende).

La bella y curvilínea Susiflor le pidió al oído a su amiga Rosibel: “Dime si el hombre que está detrás de mí es guapo”. Le informó Rosibel: “Es joven”. Insistió Susiflor: “Dime si es guapo. De que es joven ya me di cuenta”. (No le entendí). La coqueta patita del estanque se justificó ante el furibundo pato, que la sorprendió en indebido trance: “Acuérdate, Pascualino: antes de casarnos te dije que me gustaban mucho los gansitos”. “Se me puso la carne de gallina” -declaró la hija de doña Panoplia de Altopedo, dama de buena sociedad. “Hija mía -la corrigió la encopetada mujer-. A nosotros no se nos pone la carne de gallina. Se nos pone de pavo real”. (Jactanciosa la señora. Bien dicen en el rancho: “La carreta vacía es la que más ruido hace”. Por pruritos de moralidad y pudicicia me resisto a describir el erótico trance fornicario que estaba sucediendo en la oficina de don Algón, ejecutivo de empresa. Sin ropa él, y desvestida también su voluptuosa asistente, se hallaban celebrando el consabido acto sobre el escritorio del lúbrico magnate. En eso se abrió de súbito la puerta del despacho. Apresuradamente le dijo en voz baja don Algón a la muchacha: “Es mi esposa. Actúa con naturalidad”. FIN.


               
               

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