“¿Tienen panties de ultratumba?”. Esa extraña pregunta le hizo una mujer a la encargada del departamento de lencería. “¿Panties de ultratumba?” - se desconcertó la empleada. En eso se acercó otra dependienta y le dijo al oído: “Siempre pide panties de ultratumba. Cree que tiene unas pompas del otro mundo”. En el club nudista la socia le preguntó al mesero del restorán: “¿Desde niño ha sido usted cachetoncito?”. “No lo soy -respondió el tipo-. Lo que pasa es que ahí me guardo las propinas”. Llegaron a mi casa dos amigos que ya viven conmigo. Uno me regala el don precioso de la risa; el otro me da motivos para reflexionar. Son dos libros. El primero es de Enrique Heras, en cuyos textos y dibujos hay siempre gracia y sabiduría. Los cuentos que narra en su obra me gustaron tanto que quiero compartir con mis cuatro lectores varios de ellos. La señora le dijo a su marido: “Si alguna vez llegas a venir borracho no te hablaré en un mes”. Contestó el hombre: “No me tientes, vieja.
Ya sabes que la bebida me hace mucho daño”. El mosquito o zancudo le pidió a su mami: “¿Me das permiso de ir al teatro?”. “Sí -autorizó mamá zancuda-. Pero ten cuidado con los aplausos”. En la pila bautismal el sacerdote le preguntó al papá de la criatura: “¿Cómo se va a llamar el niño?”. Respondió el señor: “Tigre Once”. “¿Tigre Once? -se sorprendió el cura-. Ése no es nombre cristiano”. “Cómo no -replicó el genitor-. Si el Papa se llama León Catorce ¿por qué mi hijo no puede llamarse Tigre Once?”. Pepito le preguntó a su mamá: “¿Puedo ir a jugar con el niño de enfrente?”. Contestó la señora: “No. Ese niño no me gusta para nada”. Dijo el chiquillo: “¿Entonces puedo ir a romperle la cara?”. Heras es, a más de ingenioso dibujante, un ser de extraordinaria calidad humana. Su amistad es para mí un privilegio. El otro libro que recibí es muy inspirador. Se llama “Vivir bien desde niño”, y contiene “Historias para construir líderes del mañana”. Su autor es Rafael Acuña. Escrito con excelente prosa, su lectura es al mismo tiempo amena e instructiva. Será un magnífico regalo de los papás para sus hijos. Lleva un prólogo en el cual el autor dice entre otras cosas: “También quiero expresar mi gratitud a Armando Fuentes Aguirre, Catón, a quien no conozco personalmente, pero cuya pluma, cargada de sencillez, ingenio y un exquisito juego con las palabras, me acompaña a diario, y ha sido una fuente constante de disfrute, e inspiración para escribir”.
Agradezco esa mención debida a la generosidad del escritor. Un buen libro es un amigo bueno. Silencioso cuando no lo llamas, está siempre dispuesto a conversar contigo. A los libros, esos sabios y amables maestros, debo lo que soy. En ellos aprendí lo que ninguna escuela me enseñó. Son para mí sagrados, más, mucho más sagrados que los libros a quienes los predicadores dan ese calificativo. Los dos nuevos libros -los dos nuevos amigos- que ahora tengo, el de Heras y el de Rafael Acuña, me acompañan ahora y me dan humor grato y enseñanza provechosa. Mi agradecimiento para los cuatro: los dos libros y sus dos autores. El cuento que cierra el telón de este artículo, me dicen, es extremadamente sicalíptico. Al parecer no deberían leerlo las personas aquejadas por escrúpulos de moralina. Si lo pongo aquí es por su brevedad.
Postuló Gracián: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. No sé si el relato que sigue sea bueno -por lo que me dijeron no lo es-, pero al menos tiene el mérito de ser muy corto, lo cual es de elogiarse, al menos en lo que hace a cuentos. La Cenicienta se sentó sobre Pinocho y le pidió con agitada voz: “Ahora sí, Pinocho.
¡Miénteme!”. (No le entendí). FIN.