Tengo 87 años bien cumplidos, incumplidos otros. A esa avanzada edad tan atrasada debería yo estar sumido en un sillón, con una cobijita en el regazo y una tacita de té en la mesita al lado. Y sin embargo ando todavía en la gozosa legua, perorando aquí, allá y acullá y llenándome de vida en el trato con mi prójimo. Y en el retrato también, pues muchos me piden tomarse una selfie conmigo. Esta semana di dos conferencias. La primera, el miércoles, fue en el vasto salón de recepciones del Mercado de Abastos "Estrella", que cumple en Monterrey su aniversario número 60. La dama Vida ha sido buena conmigo: cuando ese tradicional mercado regio cumplió 30 años también peroré ahí. Ahora, pasadas tres décadas, reincido. En esta ocasión me presentó al público Gregorio Martínez, excelente comunicador con quien en otra época tuve el privilegio de compartir pantalla en Televisa. El jueves fui a disertar en Parras, entrañable lugar de mi natal Coahuila a donde Diosito me hace ir cuando me porto bien. Si usted no conoce Parras le doy el pésame y lo acompaño en su sentimiento. Pueblo Mágico lleno de innumerables magias, Parras es un paraíso colmado de buenas mesas y de buenos vinos. Lo mejor que tiene, sin embargo, es su gente, gente buena que recibe con amistosa hospitalidad a quienes llegan a disfrutar las maravillas de ese antiguo y señorial lugar. Tengo el honor de que una de sus calles lleva mi nombre. El Cabildo de la Ciudad me otorgó tan alta distinción por el amor que siempre le he tenido a ese bello sitio coahuilense cuyos prestigios nunca he dejado de exaltar. Esta vez fui allá invitado por don José Antonio Rivero Larrea, quien tiene en la ciudad hondas raíces desde su niñez, y que a través de la asociación "Por Parras" busca el beneficio de la comunidad y la solución de sus problemas en un ambiente de unidad y colaboración entre todos los sectores. La invitación de don José Antonio, empresario con gran sentido de responsabilidad social, cultivador de viñas y nogales, me permitió volver a deambular por Parras. Me compré en "La Campana" una espléndida chaqueta de mezclilla con borrega -así se dice-, y llené una bolsa grande con dulces de higo y nuez de la tienda fundada por doña Goyita, que vivió 100 años y sigue viviendo aún en sus riquísimas recetas. Al ver su fotografía recordé un recuerdo que me hizo sonreír y al mismo tiempo me nubló los ojos. La amada eterna y yo estábamos recién casados. Fuimos a Parras. Todo el camino me la pasé embromándola: que si era rancherita del Potrero; que si hablaba con el acento campirano; que si no estaba acostumbrada a usar la estufa, sino el fogón de leña. Llegamos a la tienda de doña Goyita, que nos atendió personalmente. De pronto me dijo la Güerita: "Tráeme mis lentes, por favor. Los dejé en el coche". Cumplí el encargo. A mi regreso me recibió, ceñuda, doña Goyita, y me dijo llena de enojo estas palabras: "Bribón. Ya que no le cumpliste a Dios cúmplele a esta pobre mujer; no seas infame". Me quedé boquiabierto, sin saber qué contestar. Y es que en mi ausencia mi jovencita esposa le dijo a Goyita que yo había sido sacerdote, pero dejé los hábitos; que la había embarazado y me negaba a casarme con ella. De ahí la áspera reprensión. Ingeniosa y traviesa manera tuvo la amada eterna de cobrar desquite por las bromas que yo le había hecho. Soy millonario en recuerdos. Al evocarlos vuelvo a vivir como si no hubiera pasado el tiempo; como si no hubiera pasado yo por él. Recordar es beber, dice mi amigo con el que tomo la copa -varias- los martes en la noche. Al escribir todo esto he vuelto a recordar. He vuelto a vivir. FIN.