Conservo después de 70 años la edición del Quijote que me regaló mi padre. La compró de segunda mano -o de tercera o cuarta- a un cierto amigo suyo que debe haber sido empecinado fumador, pues los cuatro tomos en que se divide la obra olían a tabaco, y el segundo tiene en el forro una quemadura de cigarro. Los 80 pesos que le costó la obra los pagó don Mariano en abonos, 20 pesos cada mes.
Después supe por mi madre que en ese tiempo mi papa ganaba 90 pesos mensuales. La bella edición es de W.M. Jackson, la misma editorial de “El tesoro de la juventud”, y está preciosamente ilustrada por Doré.
He vuelto a recurrir al Quijote en estos tiempos de magistrados y jueces mostrencos designados por la nefasta 4T. Busqué particularmente el capítulo 42 de la segunda parte: “De los consejos que dio don Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula, con otras cosas bien consideradas”. Una de las recomendaciones que el hidalgo de la Mancha le hizo a su escudero es que nunca se guiara por la ley del encaje, ¿Qué ley es esa? Define el diccionario. “Dictamen o juicio que discrecionalmente forma el juez, sin atender a lo que las leyes disponen”. Parecida a ésa es la ley del embudo: “Lo estrecho pa’l otro; lo ancho pa’ uno”. Esas espurias leyes, selectivas y arbitrarias, las está aplicando el régimen morenista en los casos de Maru Campos y Rubén Rocha Moya. Para la gobernadora panista de Chihuahua todo el encono y las injurias del gobierno que preside en segundo piso Claudia Sheinbaum. Para el amigo y contlapache de AMLO toda la lenidad y toda la impunidad -por no decir toda la complicidad- del morenismo. No es el nuestro un Estado de Derecho. Desde que López Obrador llegó al poder México empezó a convertirse en lo que es hoy: un estado de desecho. Trabajo me cuesta escribir eso, pero es la verdad, y muchas veces la verdad es dolorosa. Debería saber la presidenta algo que de seguro sus asesores no le informan: la opinión pública enterada está en favor de Maru Campos, no de ella. A la doctora Sheinbaum le toca la difícil e ingratísima tarea de defender lo indefendible. Aunque la frase suene dura, debe tragar los sapos que su antecesor crio. Quizá le es aplicable a la Presidenta este otro consejo de don Quijote a Sancho: “No te ciegue la pasión propia en la causa ajena, que los yerros que en ella hicieres las más de las veces serán sin remedio”. El empleado le informó al cliente: “Este abrigo es de lana virgen”.
Pidió el señor: “Muéstreme uno más barato, aunque sea de ovejas que se portaban mal”. “Nunca digas: ‘Bien estoy’ sin añadir: ‘Hoy por hoy’”. El marido de doña Camalia estaba privado de conocimiento en una cama de hospital. Con él se hallaban su mujer, sus hijos, y el médico que lo atendía. De pronto habló el enfermo: “Llamen a mi fiel esposa”. “Mala señal -comentó, sombrío, el galeno-. Ya perdió el sentido de la realidad”. El cuento que ahora sigue es sicalíptico, o sea picante, pícaro, atrevido. Los tórculos se resistían a imprimirlo, pero al final hubieron de estamparlo por virtud de la libertad de prensa.
Las personas con repulgos de moralina deben abstenerse de posar en él los ojos. Prímulo, el hijo mayor de don Poseidón, se iba a casar. La víspera del desposorio el viejo le entregó a su crío un pequeño bote de pintura fiucha y un pincel. Le preguntó el muchacho, intrigado: “¿Pa’ qué es esto, ‘apá?”. Le indicó don Poseidón: “En tu noche de bodas, antes de presentarte al natural ante tu esposa, píntate los éstos de color fiucha. Si te pregunta: ‘¿Por qué los tienes color fiucha?’, déjala inmediatamente. Eso querrá decir que ya sabe de estas cosas”. FIN.