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De política y cosas peores

ARMANDO CAMORRA

Una mujer fue a la farmacia y le pidió al farmacéutico 100 gramos de cianuro y otros tantos de arsénico. “No puedo venderle eso -opuso el encargado-. Son venenos de alta peligrosidad”. “Precisamente -replicó, hosca, la clienta-. Los quiero para envenenar a mi marido”. Y así diciendo le mostró al farmacéutico una foto en la cual aparecía el infiel consorte en una cama de motel acompañado por una fémina que resultó ser la esposa del de la farmacia.

“Perdone, señora -le dijo éste a la mujer-. Ignoraba que traía usted receta”. Y de inmediato le surtió los tósigos. El padre Gripo era fanático golfista. Todos los días, sin fallar ninguno, jugaba nueve hoyos en el campo del Club Silvestre. En cierta ocasión una monjita, sor Bette, le dijo que debía tratarle cierto asunto relacionado con su convento. El padre Gripo le dijo que la escucharía en el curso de su acostumbrado recorrido por el green. Hizo el primer tiro el sacerdote y lo falló. “¡Joder! -exclamó irritado-. ¡Fallé el tiro!”. “No maldiga así, padre -le dijo la monjita-. Le puede caer un rayo”. “Perdone, hermana -se disculpó el presbítero-. Es este juego, que me altera”.

Hizo un segundo intento, y de nuevo lo falló. “¡Joder! -volvió a exclamar-. ¡Fallé el tiro!”. “No hable así, padre -lo amonestó por segunda vez la religiosa-. El Señor puede enojarse y enviarle un rayo de castigo”.

“Discúlpeme, sor Bette- se apenó nuevamente el párroco-. Cuando no le atino a la pelota no puedo contener mi enojo”. Tercer intento, y un tercer abanicar el aire. “¡Joder! -se enfureció el sacerdote-. ¡Fallé el tiro!”. En eso se abrieron las nubes, y del cielo cayó un rayo. Pero no le cayó al cura: le cayó a la monjita. “¡Joder! -se escuchó una majestuosa voz en lo alto-. ¡Fallé el tiro!.. Ese cuentecillo, que algunos tildarán de irreverente, me sirve para decir que de seguro habrá en la 4T algunos que querrían que a Trump le cayera un rayo. Repruebo a esos malintencionados. No es de buenos cristianos, ni tampoco de personas bien educadas, desearle un daño al prójimo por cabrón que sea, si me es permitida esa expresión propia del vulgacho. Las medidas que dicta el amarilloso dictador las dicta pensando en lo que cree bueno para su país, aunque sus órdenes acarreen daños graves a otras naciones. Ciertamente el actual ocupante de la Casa Blanca, tan ennegrecida por él, puede ser calificado de maniático, pero como dijo el versista: “En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira. / Todo es según el color / del cristal con que se mira”. La decisión de Trump de no renovar el T-MEC causará perjuicio a México, pero ya lo declara un proloquio popular: palo dado ni Dios lo quita. Deberemos apechugar, y buscar la manera de reducir en algún modo los malos efectos de esa nueva embestida del emperador del norte. México también tiene lo suyo. Es el principal socio comercial de los Estados Unidos, y quizá resultará a fin de cuentas que Trump se está dando un tiro en la pezuña. El tiempo lo dirá. Siempre el tiempo dice muchas cosas. El gendarme encargado de la vigilancia nocturna en el parque público escuchó ruidos sospechosos tras unos arbustos. ¿En qué consistían esos ruidos? Lo diré. Consistían en acezos, suspiros, ayes, exhalaciones jadeos y pujidos, con perdón por esta última palabra, que no deja de ser algo malsonante. Acudió el jenízaro; dirigió la luz de su linterna al lugar de donde salían esos eróticos sonidos, y sorprendió a una pareja in fajante delicto. El follador le dijo sin suspender la acción: “Es mi esposa”. El guardia se turbó: “No lo sabía”. Replicó el tipo: “Yo tampoco, hasta que nos echó usted la luz de su linterna”. FIN.


               
               

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