“¿Qué tiene esa mujer que no tenga yo?”. Tales palabras de enojo las dirigió doña Macalota a su esposo don Chinguetas, que había puesto una mirada resbalosa en la curvilínea fémina que pasó junto a ellos. Replicó el casquivano señor: “Tiene lo mismo, pero tú lo has tenido 40 años más”. Alí Chumacero, escritor y poeta nayarita, gozaba ya de fama cuando fue invitado a recibir un homenaje oficial en Tepic.
Al bajar del tren se sorprendió al ver que lo esperaba en la estación, a más del gobernador, el alcalde y otros notables de la ciudad y del estado, una gran multitud que lo aplaudía con entusiasmo ondeando banderitas entre alegre música de banda. Una enorme manta le daba la bienvenida: “¡Viva Alí Chumacero, el mejor poeta de Nayarit!”. Y abajo, en letras pequeñitas: “(Después de Amado Nervo)”. Obvio es decir que la popularidad del autor de “Gratia plena” no es ya la misma de antes, pero su obra permanece como algo de lo mejor de la poesía mexicana. Nervo murió en Montevideo después de una penosa enfermedad que lo postró en el lecho. Lo acompañó en sus últimos días el poeta Juan Zorrilla de San Martín, de cuya romántica pluma brotó “Tabaré”, el poema nacional del Uruguay. Católico ferviente era Zorrilla, e instó a Nervo a hablar con Cristo “de cruz a cruz”, y a ofrecerle sus sufrimientos y dolores. Le preguntó si quería que le trajera un sacerdote a fin de que le administrara los últimos auxilios de la religión. “Tráigalo”, pidió el agonizante. Fue Zorrilla a una iglesia cercana y regresó con un joven sacerdote jesuita. En la habitación vecina a la del bardo mexicano se había reunido un grupo de intelectuales de diversas nacionalidades, todos de ideología liberal. La presencia del presbítero los molestó, y alguno le pidió ásperamente que se retirara. “Señores.”, empezó a justificarse el joven cura. Se oyó adentro, clara, la voz de Amado Nervo: “Que pase el sacerdote”. Una hora estuvo el jesuita con él. Cuando salió entró Zorrilla. Le dijo Nervo: “Ahora estoy tranquilo”. Murió horas después. Su cuerpo, embalsamado, fue traído por mar a México, y en el trayecto recibió el homenaje de varios países latinoamericanos. Fue sepultado con honores en la entonces llamada Rotonda de los Hombres Ilustres. Eso fue en 1919. Poco después López Velarde escribió el poema nacional de México, “La Suave Patria”. Fechado en 1921, en él se leen estos versos: “.
Tus entrañas no niegan un asilo / para el ave que el párvulo sepulta / en una caja de carretes de hilo, / y nuestra juventud, llorando, oculta / dentro de ti el cadáver hecho poma / de aves que hablan nuestro mismo idioma.”. Siempre he pensado que esos versos aluden a Amado Nervo y a su todavía reciente funeral. Ahora el nombre del poeta nayarita es retirado del aeropuerto de Tepic, y se cambia por otro más turístico. Las exigencias de la mercadotecnia son muy distintas de los hálitos espirituales de la poesía. ¿Qué puede el romanticismo -o, para el caso, el modernismo- contra la necesidad de atraer turismo? Lejos de mí la temeraria idea de justificar el cambio de nombre. Sólo intento explicarlo. Solo intento explicarlo.
Pero aprovecho la ocasión para decir que en Coahuila, mi estado natal, tenemos una ciudad importante que lleva con orgullo, en la frontera con Estados Unidos, el nombre de un poeta: Ciudad Acuña. Y seguramente ese nombre nunca se le cambiará. En la noche de las bodas, tras haber dejado caer la bata de popelina verde que lo cubría, Meñico Maldotado le dijo a su novia Dulcibella: “¿Pero por qué pones esa cara, Dulci? Siempre me has dicho que te gustan las pequeñas cosas de la vida”. FIN.