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Decálogo del libro y la lectura para el siglo XXI

CONSUELO SÁIZAR DE LA FUENTE

Toda época se complace en anunciar su propio ocaso. Cuando se transforman los instrumentos que sostienen las ideas, cuando su circulación se acelera o su acceso se democratiza, reaparece de inmediato la profecía reconfortante: la lectura ha muerto, la cultura se degrada, el espíritu se trivializa. Es un error antiguo, casi ritual.

Lo que agoniza no es la lectura. Lo que agoniza, en todo caso, es una determinada jerarquía de la lectura: sus rituales de escasez, sus fetichismos de clase, sus aduanas geográficas, sus dogmas sobre el soporte «legítimo».

El libro y la lectura no desaparecen: cambian de condición histórica. Y con ellos cambia, irreversiblemente, las opciones del lector.

La pregunta ya no es si el papel sobrevivirá a la pantalla ni si la máquina desplazará al autor. La pregunta es qué significa leer cuando el acceso se expande y la atención se fragmenta; qué significa defender el libro sin convertirlo en reliquia; qué significa formar lectores en una época que multiplica las posibilidades del texto y organiza, al mismo tiempo, su dispersión.

1. Lo que importa es la lectura, no el formato. El falso litigio entre papel y pantalla ha sido uno de los debates más limitados de nuestro tiempo. Ninguna tecnología anula por completo a la anterior: la obliga a redefinirse. El valor de un texto no reside en la nobleza del soporte, sino en su capacidad de modificar la conciencia de quien lo recibe. Quien ama el libro pero desprecia lo digital no defiende la lectura: defiende únicamente sus propios hábitos.

2. La simultaneidad es la nueva democracia cultural. Durante siglos, el acceso a la lectura dependió de la geografía. Había centros que recibían el mundo en tiempo real y periferias condenadas a la demora excluyente. Octavio Paz postuló en 1959 que éramos «contemporáneos de todos los hombres»; lo que entonces fue aspiración intelectual hoy se vuelve, por primera vez en la historia, condición material posible. La verdadera novedad de nuestro tiempo no es el dispositivo, sino la simultaneidad: que un lector en un pueblo remoto pueda, cuando las condiciones técnicas lo permiten, abrir el mismo texto al mismo instante que un lector en una gran capital. Que esa posibilidad no esté todavía al alcance de todos no invalida su promesa: la vuelve tarea política. Allí donde el acceso se vuelve simultáneo, la cultura deja de obedecer por completo a las viejas jerarquías del centro y la periferia.

3. Se lee para conversar. Leer es más que acumular información o buscar prestigio social. Es aceptar que la conciencia solitaria se empobrece cuando se abandona a sí misma. Un libro introduce una voz ajena en nuestra vida y altera la escala de nuestras preguntas. Se lee para conversar: con los vivos y con los muertos, con quienes escribieron antes y con quienes leerán después. Se lee para que la soledad se vuelva habitable y la historia deje de ser abstracción para convertirse en experiencia íntima.

4. El lector total habita todos los soportes. Lector total no es quien acumula formatos, sino quien sabe lo que cada uno exige y lo que cada uno ofrece. Del papel espera lentitud; de la pantalla, movilidad; del audio, el regreso de la voz. Pero en todos exige lo mismo: atención, conversación, soberanía sobre el propio tiempo. Sin esa disciplina interior, cambiar de soporte es apenas cambiar de superficie. La lectura total no es eclecticismo: es una forma consciente de moverse entre soportes sin perder profundidad.

5. Escuchar también es leer. El desdén hacia el audiolibro revela una concepción estrecha y anacrónica de la cultura. La literatura fue voz mucho antes de ser tipografía: escuchar un texto no lo degrada, lo devuelve a una de sus genealogías más antiguas. Y hoy ese retorno tiene un alcance que los puristas no siempre advierten: el audio restituye la literatura a millones de mujeres en los espacios -cocinas, traslados, cuidados- que la tradición les asignó y donde la lectura visible nunca cupo. La voz lee mientras las manos siguen ocupadas. Esa devolución de tiempo y de mundo es, en sí misma, una conquista. También amplía el acceso para personas con discapacidad visual o con trayectorias de alfabetización incompletas.

6. La lectura suspende prejuicios y jerarquías. No los suprime por decreto, pero puede debilitar su fuerza mientras dura el encuentro con la página. En la lectura, el yo se pone entre paréntesis: lo que afuera clasifica y juzga queda, por un instante, en suspenso. Esa suspensión parcial del orden social es uno de los poderes más profundos y discretos de la literatura: ofrece al lector un espacio donde puede ensayar otras formas de sí mismo, menos sometidas a los prejuicios exteriores. En la página, las marcas del mundo no desaparecen, pero pueden perder, por un momento, la rigidez con que ordenan la vida pública.

7. Sin factor humano, el acceso es mudo. Podemos digitalizar catálogos enteros, construir bibliotecas espléndidas y abaratar dispositivos, y aun así fracasar. El acceso multiplica la oportunidad; no inventa el deseo. Entre el libro y el lector interviene siempre el factor humano: alguien que recomienda, insiste, contagia la pasión. Sin ese vínculo afectivo, la mejor plataforma es un ladrillo y la biblioteca más vasta, un paraíso mudo.

8. Atender es resistir: la soberanía contra el algoritmo. Nuestra época no solo produce mercancías: auspicia interrupciones. Su sujeto ideal es fragmentario, ansioso, siempre disponible para la dispersión. Leer exige lo contrario: duración, entrega voluntaria, sumisión elegida a una secuencia verbal que no se disculpa por pedir tiempo. En una cultura gobernada por el sobresalto y el algoritmo, terminar una página sin rendirse al siguiente estímulo es ya un acto de resistencia. Defender la atención es defender la soberanía de la vida interior.

9. El futuro es click y brick. Los falsos dilemas encubren indolencia intelectual. No hay que elegir entre librerías y plataformas, entre imprenta y nube. Lo físico preserva espesor, rito y memoria colectiva; lo digital expande, conecta y democratiza. Separarlos es empobrecer ambos. Una cultura inteligente no opone: articula. El futuro del libro será click y brick: ladrillo y nube, densidad y circulación, memoria y acceso, permanencia y simultaneidad.

10. La máquina procesa lenguaje; la experiencia humana crea sentido. La inteligencia artificial resume, traduce, imita y asiste con una eficacia que a veces deslumbra. Pero el sentido literario no nace del lenguaje solo: nace de su encuentro con una vida. Una página subrayada por una mano querida -la de un padre, una maestra, un primer amor- dice cosas que ningún algoritmo podrá leer del todo, porque no las escribió la sintaxis, sino una experiencia.

El libro no necesita ser defendido como reliquia. Necesita ser asumido como una de las formas insustituibles de la experiencia humana. Lo decisivo no es el soporte, sino la persistencia de ese acto en que una conciencia se encuentra con una voz y sale de ese encuentro menos sola, menos sumisa, más crítica del mundo.

Desde hace siglos llamamos libro a esa forma de intensidad. Hoy esa intensidad puede habitar distintos soportes, pero sigue exigiendo lo mismo: atención, memoria, conversación, libertad interior. El lector del siglo XXI habita ahora un aleph digital.

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