Entre las necesidades del brevísimo despertar de la nada que es el obsequio de la vida, figuran dos aparentemente extremas, pero ambas indispensables para transitar en el paréntesis de la inexistencia.
Las dos tienen en común una palabra con al menos dos acepciones, una relacionada con un requerimiento fisiológico y otra con uno psicológico.
El Diccionario de la Lengua Española define "soñar" como la representación de imágenes o sucesos mientras se duerme, pero también indica que es el anhelo persistente de algo.
"Soñar" significa tanto una manifestación del necesario dormir, como la indispensable concepción de una realidad mejor para seguir soportando la que correspondió al individuo en el sorteo de su existencia. Tan necesario como correr para ponerse a salvo es soñar, aunque sea poco probable que algún día la imaginación coincida con la realidad.
Disertación apenas un poco menos inútil que el derecho internacional desde la óptica del imperio, me traslada a un suceso onírico libre de violencia y que sólo tuvo consecuencias para un soñador en toda la amplitud de la palabra.
En la primera década del siglo fui convocado para impartir un curso en Piedras Negras, Coahuila. Vivía en ese entonces en Aguascalientes, desde donde debería viajar a Monterrey, sitio donde me encontraría en la central camionera con otro instructor para ir juntos en su automóvil hacia el destino final.
Convencido de que era preferible esperar a mi compañero antes que iniciar tarde el curso, no sólo compré el servicio "de lujo" -creyendo que era el más eficiente- sino que seleccioné la salida que me haría llegar al punto de encuentro con poco más de dos horas de anticipación, en lugar de la que prometía arribar una media hora antes de la cita.
El autobús último modelo partió puntualmente y me dispuse a disfrutar -cual senador de la república- la comodidad de mi asiento ubicado en la última fila, donde muy pronto dormiría plácidamente. ¿Qué podía salir mal?
Cuando abrí los ojos reinaban la obscuridad y el silencio. Alcancé a observar las ramas de un árbol agitadas por el viento, imagen que trataba de ubicar en algún lugar de la central camionera regiomontana, bien conocida por mí, empero, por más esfuerzos que realizaba, mis recuerdos no registraban la existencia de vegetación en esa terminal.
Amodorrado, con inquietud creciente debido a que ignoraba dónde estaba, miré hacia el frente y vi que todos los asientos estaban desocupados; luego, como si se tratara de una escena de película de terror, giré lentamente mi cabeza hacia el pasillo y de igual manera la levanté hasta descubrir a dos hombres de mediana edad, ambos con saco y corbata, que me miraban atentamente.
-¿Estaba muy cansadito, verdad? -dijo uno de ellos refiriéndose a mi persona.
-Tratamos de despertarlo, pero no fue posible y optamos por no molestarlo -expresó su compañero.
El diminutivo y la amabilidad acentuada en el tono de ambas voces presagiaban algún anuncio sorpresivo.
-¿Llegamos? Voy a tomar mis cosas para bajar -expresé con prisa, aún pensando que había arribado a mi primer destino.
-No se preocupe, apenas estamos llegando a Zacatecas, el camión se descompuso…
-El resto de los pasajeros ya se fue en otro autobús; estaba usted muy dormidito…
-No se baje, hace mucho frío afuera; mejor nosotros le avisamos cuando se pare otra unidad.
Antes de preocuparme por la inminente afectación de mis planes, me di tiempo para elaborar una teoría de la conspiración en la que veía a mis excompañeros de viaje descendiendo despacio del autobús, caminando de puntitas y con sus zapatos en la mano para evitar el ruido que podría despertarme, pues seguramente habían sido advertidos de que faltaba un asiento en el camión que los rescataba, por lo que si yo despertaba se verían obligados a aceptar que la suerte designara al pasajero que debería aguardar el arribo de otra unidad.
(Evidentemente, esta teoría daba buena cuenta del ambiente laboral en el que me desempeñaba, así como confirma en estos días que los "complots" también eran padecidos por los políticos del ayer, en toda época impolutos).
Sí, llegué tarde al curso, aunque fui bien tratado hasta el último momento en el autobús descompuesto, donde incluso se me consultó si no tenía inconveniente por abordar un transporte que no fuera "de lujo", cuestión sobre la que manifesté en buen tono, pero tajante, mi disposición hasta para subirme a un tráiler. Por supuesto, persistió mi duda acerca de si había sido víctima de un "complot" urdido por pasajeros y operadores.
No recuerdo lo que soñaba poco antes de mi abrupto despertar carretero, pero si lo que hoy sueño despierto y alienta la ilusión que este día corre para alejarse del mundo de la barbarie.
Sueño que un día el respeto a la dignidad y libertad del ser humano prevalecerá sobre los intereses de quienes con las armas sustituyen razones.