El 4 de febrero de 2020, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dio el último discurso del Estado de la Unión de su primer mandato. Entre otras cosas, dijo: "reemplacé el TLCAN y promulgué el nuevo Acuerdo entre Estados Unidos, México y Canadá (T-MEC). El T-MEC creará cerca de 100,000 nuevos empleos bien remunerados en la industria automotriz estadounidense e impulsará enormemente las exportaciones de nuestros agricultores, ganaderos y trabajadores de fábricas. También elevará el comercio con México y Canadá a un nivel mucho más alto, con mayor equidad y reciprocidad. Tendremos eso: equidad y reciprocidad." Reindustrialización, valor y reequilibrio comercial estaban en la mente del equipo de Trump a la hora de matar el TLCAN y concebir el T-MEC. Aunque muchos de los vientos que hoy se manifiestan con fuerza ya mostraban sus ráfagas, el mundo se encontraba en una situación distinta a la que enfrentan ahora. Conviene verlo y entenderlo ya que ese cambio de contexto determinará en buena medida el resultado de la negociación de revisión del T-MEC, que tanto preocupa y ocupa a México.
Cuando el tratado que sustituyó al TLCAN se firmó en 2018 y se ratificó en 2019, la pandemia de Covid-19 no había golpeado al mundo ni trastocado las cadenas de suministro global. Tampoco Rusia había iniciado su invasión a gran escala en Ucrania, ni Israel había desplegado sus fuerzas para arrasar a la población de Gaza. Estados Unidos no había golpeado militarmente a Venezuela, ni iniciado en conjunto con Israel una guerra abierta contra Irán. Lo que sí se percibía ya con claridad era la idea de considerar a China como la principal amenaza estratégica de la potencia americana, y la necesidad consecuente de disminuir la dependencia estadounidense de los insumos y bienes chinos. En términos geopolíticos, el mundo de hace apenas ocho años era inestable e incierto, pero no tanto como lo es el mundo presente. Y también en materia geoeconómica revelaba un rostro un poco menos descompuesto que el de hoy.
Si bien Donald Trump ya había iniciado la guerra comercial 1.0, esta estaba enfocada principalmente en China. En su regreso a la Casa Blanca, ha abierto una nueva guerra comercial, pero ahora contra medio mundo, misma que se ha visto obstaculizada por la decisión de la Suprema Corte de anular la mayor parte de los aranceles impuestos el 2 de abril de 2025. La irrupción de la Inteligencia Artificial como un desarrollo vital en la competencia tecnológica que se libra actualmente en el mundo ha puesto en el centro de la discusión económica el control sobre minerales críticos y la construcción de una soberanía de datos. La pandemia y la crisis que trajo consigo, afianzaron a su vez la necesidad de reconfigurar las cadenas globales de suministro y producción para hacerlas menos largas y más resistentes y controlables.
Unos meses después de la entrada en vigor del T-MEC, China movió ficha y, en plena pandemia, aceleró la firma del acuerdo para la creación de la Asociación Económica Integral Regional (RCEP, por sus siglas en inglés), que representa la zona de libre comercio de mayor volumen económico del mundo. La competencia de los bloques comerciales regionales planteó un escenario mucho más complejo, con una globalización fragmentada y dominada económicamente por tres áreas geográficas: Asia-Pacífico, América del Norte y la Europa comunitaria, en ese orden. A la par, se impulsaron viejos y nuevos corredores para fortalecer los vínculos comerciales intra e interregionales, tales como la Iniciativa de la Franja y la Ruta euroasiática, el Corredor Ferroviario Norteamericano, el Corredor India-Oriente Medio-Europa y en México el Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec.
En 2020, año de inicio del T-MEC y de la firma del RCEP, el principal proveedor de Estados Unidos seguía siendo China, a pesar de la guerra comercial. Una quinta parte de las importaciones estadounidenses provenían de las fábricas del gigante asiático. En cuanto a exportaciones, el primer comprador de la Unión Americana era Canadá. Seis años después, la realidad es distinta. México ha superado a China como el principal surtidor de bienes de Estados Unidos, y a Canadá como el principal consumidor de artículos estadounidenses. La transformación de la globalización y el T-MEC han convertido a nuestro país en el socio número uno de la gran potencia de América. Pero también en la naturaleza del comercio de México hay cambios importantes.
Un año antes de la entrada en vigor del T-MEC, las exportaciones automotrices representaban casi el 30 % del total de bienes vendidos internacionalmente por nuestro país. Hoy son máquinas nuestras principales exportaciones. Y esto se debe en buena medida a que Estados Unidos ha disminuido sus importaciones de maquinaria desde Asia y ha aumentado sus compras desde México en ese rubro. Otro aspecto importante es que las empresas asentadas en territorio mexicano han aumentado su exportación hacia Estados Unidos dentro del T-MEC, al grado de pasar de menos del 40 % del comercio a más del 85 %. Un último cambio que coloca a México en una situación de vulnerabilidad respecto a Estados Unidos en medio de la revisión del T-MEC es que mientras ha incrementado su dependencia de las exportaciones hacia su principal socio comercial, ha aumentado también la dependencia de las importaciones de productos asiáticos, principalmente chinos. Los aranceles decretados por el Gobierno de México a los productos importados desde países con los que no tenemos tratados comerciales intentan corregir dicha situación.
Es muy importante tener en cuenta que, con Donald Trump, la política comercial de Estados Unidos adquiere una dimensión de seguridad. Basta echar un ojo a la Estrategia de Seguridad Nacional publicada a finales de 2025 para percatarse de que para Washington el comercio es hoy un arma para fortalecer su posición y sus capacidades. Dos párrafos de muestra. "El poder nacional estadounidense depende de un sector industrial fuerte, capaz de satisfacer las demandas de producción tanto en tiempos de paz como de guerra. Esto requiere no sólo una capacidad de producción industrial de defensa directa, sino también una capacidad de producción relacionada con la defensa. El desarrollo del poder industrial estadounidense debe convertirse en la máxima prioridad de la política económica nacional." Esto significa que la relación comercial de Estados Unidos con sus dos socios norteamericanos priorizará la construcción de una base industrial vinculada a la seguridad nacional.
El otro párrafo muestra líneas más duras. "Queremos asegurarnos de que el hemisferio occidental siga siendo lo suficientemente estable y bien gobernado como para prevenir y desalentar las migraciones masivas hacia Estados Unidos; queremos un hemisferio cuyos gobiernos cooperen con nosotros contra los narcoterroristas, los cárteles y otras organizaciones criminales transnacionales; queremos un hemisferio que siga estando a salvo de incursiones extranjeras hostiles o del control de activos clave, y que respalde las cadenas de suministro esenciales; y queremos garantizar nuestro acceso continuo a ubicaciones estratégicas clave." Es claro que Washington busca afianzar su posición de primacía en todo el continente con acceso y posibilidad de control directo sobre territorios y recursos estratégicos. Todo esto, de alguna manera, se plasmará en el T-MEC 2.0