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Del trabajo ylamano que hizo al hombre [II]

ALEJANDRO ESPINOSA YÁÑEZ

La evolución de la mano nunca fue un fenómeno aislado. Supuso modificaciones en el cerebro, en la alimentación, en la cooperación social y en la capacidad para transformar la naturaleza.

“Con cada nuevo progreso, el dominio sobre la naturaleza, que comenzara por el desarrollo de la mano, con el trabajo, iba ampliando los horizontes del hombre, haciéndole descubrir constantemente en los objetos nuevas propiedades hasta entonces desconocidas”. Incluso la transformación de la dieta formó parte de ese mismo proceso histórico. Engels observaba que la ampliación de los recursos alimenticios creó nuevas condiciones biológicas para la evolución humana, un planteamiento que hoy encuentra resonancias contemporáneas, por ejemplo, entre otros, cuando Jorge Veraza et al advertían cómo el capitalismo reduce drásticamente la diversidad alimentaria y empobrece las condiciones materiales de reproducción de la vida (cf. Los peligros de comer en el capitalismo, Ítaca, 2007).

Pero la historia da ahora un nuevo giro. Después de intentar reproducir la mano, la inteligencia artificial pretende reproducir algo mucho más escurridizo: los afectos. La empresa china UBTech acaba de presentar los robots U1, diseñados explícitamente como compañeros emocionales (Julián Varsavsky -Página 12, 07/julio 2026-, Mi amigo robot me conoce como nadie y lo quiero). No limpian la casa ni cocinan; tampoco hacen tareas sexuales (decepcionados abstenerse). Su función consiste en conversar durante horas, detectar estados de ánimo, ofrecer palabras de consuelo y acompañar a personas solteras, viudas o que viven en soledad. Su lema comercial es tan sencillo como inquietante: “Love is the cure” -una paráfrasis desafortunada de All You Need Is Love-.

La apuesta tecnológica cambia completamente de escenario. El objetivo ya no consiste únicamente en fabricar una mano (tremendo desafío para el repertorio innumerable de actividades que pueden realizar, incluyendo los abrazos).

Ahora se apunta a la presencia capaz de aliviar la soledad. Y es aquí donde aparece una pregunta difícil, tanto o más que cualquier problema de ingeniería: ¿qué ocurre cuando el afecto deja de construirse en la incertidumbre de las relaciones humanas para convertirse en un servicio programable? Byung-Chul Han (La sociedad del cansancio, Pensamiento Herder, 2012) lleva años advirtiendo que las patologías contemporáneas ya no proceden principalmente de la negatividad, sino del exceso de positividad: “Las enfermedades neuronales del siglo XXI siguen a su vez una dialéctica, pero no de la negatividad, sino de la positividad. Consisten en estados patológicos atribuibles a un exceso de positividad. La violencia parte no solo de la negatividad, sino también de la positividad, no únicamente de lo otro o de lo extraño, sino también de lo idéntico”.

El robot afectivo parece representar precisamente esa lógica. Nunca contradice. Nunca abandona. Nunca exige.

Nunca decepciona. Aprende nuestros gustos, confirma nuestras opiniones y adapta permanentemente su conversación para hacernos sentir comprendidos. Es el triunfo absoluto de lo idéntico.

Démosle la mano a la IA en sus diferentes versiones.

Han lo expresa con otra observación decisiva: “En un sistema dominado por lo idéntico solo se puede hablar de las defensas del organismo en sentido figurado. La resistencia inmunitaria se dirige siempre contra lo otro o lo extraño en sentido empático. Lo idéntico no conduce a la formación de anticuerpos”. La alteridad desaparece. También desaparece el conflicto, el aprendizaje que produce la diferencia, la negociación permanente que exige toda convivencia auténtica.

No es casual que los robots emocionales aparezcan en sociedades donde crecen simultáneamente la soledad, la caída de la natalidad, el individualismo y el miedo al compromiso. Una relación con un algoritmo elimina la incertidumbre, pero también elimina la posibilidad de encontrarse realmente con otro ser humano. El problema es que se trata de problemáticas transversales en cualquier sociedad. Por eso Han afirma que “La sociedad disciplinaria todavía la rige el no. Su negatividad genera locos y criminales. La sociedad de rendimiento, por el contrario, produce depresivos y fracasados”.

De esta suerte, mala sin duda, quizá el riesgo no sea que las máquinas lleguen a parecer humanas; quizá el verdadero peligro sea que una parte de la sociedad humana termine prefiriendo relaciones donde nunca aparezca el “no”, donde nadie cuestione nuestros deseos, donde la diferencia deje de ser una condición de la vida para convertirse en un defecto del sistema.

La historia que hoy nos ocupa comenzó con la actividad humana práctica, el trabajo, en su edificación de las cosas necesarias que le permitieran dominar la naturaleza; las herramientas como concreción de la mano, una mano que, mediante millones de años de trabajo, terminó haciendo posible a Rafael, Paganini, la ciencia moderna o la destreza de una persona sencilla, con una guitarra sencilla también, para cantar algo con sus amigos para hacer soportable la vida. Hoy la robótica intenta reconstruir esa misma mano mediante inteligencia artificial. Sin embargo, incluso si algún día logra reproducir toda su destreza, todavía quedará una pregunta abierta: si también consigue fabricar afectos perfectamente adaptados a nuestros deseos, ¿seguiremos aprendiendo a vivir con los demás o terminaremos encerrados en el abrazo implacable de una máquina incapaz de decirnos que no? Si se replican los alcances de la mano por el desarrollo robótico, ¿cuál será el futuro del hombre, al escindir al “trabajo” como creación y reproducción, en la reflexión de Engels de que el trabajo “ha creado al propio hombre”, al encarar la paradoja de verse desplazado de lo que lo constituyó como ser humano? PS. Palestina libre (UAM) alexpinosa@hotmail.com

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