Existe un relato que bien podría figurar en las páginas de la historia política de México: el de una nación que, habiendo conquistado por fin la pluralidad democrática, descubre que los instrumentos forjados para garantizarla se han convertido en sus propios carceleros. México enfrenta hoy una paradoja que ni el más astuto de los demiurgos habría diseñado con mayor ironía: los partidos políticos, concebidos como vehículos de la voluntad popular, se originan para ser fines en sí mismos, organismos cuya primera y última vocación es la supervivencia para el beneficio de un grupo o en el más vergonzoso de los casos; para el de una familia.
La reforma electoral presentada por la presidenta Claudia Sheinbaum en febrero de 2026 -y su posterior naufragio en la Cámara de Diputados el 11 de marzo- no es apenas un episodio legislativo más. Es, si se la mira con la debida atención, una alegoría del México contemporáneo: un espejo donde se reflejan -simultáneas y contradictorias- la voluntad de transformación y la resistencia del orden que se alimenta de sí mismo.
El Partido del Trabajo y el Partido Verde Ecologista de México -esas dos criaturas nacidas en el mismo vientre del salinismo- votaron contra la mano que los había elevado al poder que hoy ostentan. Hay en ello una coherencia perversa, casi literaria: el parásito no destruye a su huésped, pero tampoco permite que este altere las condiciones de su parasitismo.
La reforma proponía, entre otras cosas, eliminar las 32 senadurías plurinominales, modificar el mecanismo de asignación de los 200 diputados de representación proporcional y recortar en un 25% el financiamiento público a los partidos. Para Morena, fuerza dominante con más de 250 diputados, la medida era tolerable, incluso deseable: una reducción que apenas le rozaría la piel.
Para el PT y el Verde, en cambio, era un filo contra la yugular. Esos partidos viven -no metafóricamente, sino en el sentido más literal y crematístico del término- de las plurinominales y del financiamiento público. Pedirles que votaran por su propia reducción era pedirle al espejo que se quebrara por voluntad propia.
Lo que México necesita no es la abolición de los partidos -fantasía autoritaria disfrazada de purismo democrático-, sino su radical transformación. Que dejen de ser franquicias familiares, como el PT de los Anaya. Que dejen de ser empresas de supervivencia burocrática, como el Verde de los González Torres. Que dejen de ser, en suma, laberintos sin centro, corredores infinitos que no conducen a ninguna parte, salvo a la perpetuación de sí mismos.
La reforma de la presidenta Sheinbaum, con todas sus imperfecciones, apuntaba en esa dirección. Su fracaso parcial no es el fin de la historia; es apenas el principio de otra carencia, la de un proyecto democrático que aún no encuentra su forma definitiva-. Porque en México, todo laberinto tiene una salida. El problema es que quienes custodian las puertas son, precisamente, los que no quieren que las abramos.