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Dengue literario y médico

Los dengues de las flautas, hay que imaginar, son las sinuosidades que recorren sus sonidos, sus ondulaciones, sus silencios y sus ataques sorpresivos.

Dengue literario y médico

Dengue literario y médico

SAÚL ROSALES
SAÚL ROSALES

A finales del otoño y en el invierno es frecuente que la palabra dengue zumbe en los mensajes gubernamentales que promueven la salud; igualmente prolifera en las noticias y los reportajes de radio y televisión; también se puede ver con profusión en la prensa. Todo porque el dengue es una enfermedad febril, epidémica y contagiosa —dice el diccionario—; además, se manifiesta con dolores de los miembros y una invasión en la piel semejante a la de la escarlatina.

Existe en el diccionario una acepción no de carácter médico y dice que dengue es “melindre que consiste en afectar delicadezas, males y, a veces, disgusto”. La literatura conserva el vocablo en novelas y narraciones breves. Veamos enseguida muestras del término que han quedado en la literatura mexicana.

En un juego de baraja en la novela El Periquillo Sarniento, de José Joaquín Fernández de Lizardi, el protagonista se gana un billete de lotería. Le sale premiado con mucho dinero. Concurre a una reunión de tahúres a los que saluda orgulloso, “ellos apenas alzaron los ojos […] y haciéndome un dengue como la dama más afiligranada volvieron a continuar su tarea sin responderme”. Imaginemos ese dengue sugerido.

En otra obra, la novela del escritor jalisciense Agustín Yáñez Las tierras flacas, una mujer evoca cómo interpretaba ella el personaje de Gila que le tocó representar en una pastorela. La actriz circunstancial del pueblo recuerda las caras de admiración, sobre todo de los hombres, “al seguir mis movimientos y dengues”. Conviene accionar la imaginación para ver los dengues de la señorita.

En el mismo ambiente pueblerino, el narrador de Las tierras flacas, en otro pasaje de la novela, comenta que un personaje ladino, ante sus oyentes, “cuando habla dibuja sonrisas, dengues y parpadeos de inocente”. ¿Se puede pensar en otra definición de dengue al verlos entre sonrisas socarronas y picarescos parpadeos de ingenuidad?

Si merced a las muestras traídas a los dos párrafos anteriores se mira el dengue en los pueblos, es decir, lejos de las ciudades, veamos cómo aparece en los ambientes urbanos. En la novela La creación, obra también de Agustín Yáñez, el protagonista Gabriel Martínez observa a un cómico en la carpa a donde fue a trabajar de músico. Del actor, le llaman la atención los “discursos incoherentes, inventados a la hora de actuar, con gama expresiva de silencios, dengues, brillo de ojos […]”. Señalemos que son casos en donde la palabra que nos concierne se asocia a actitudes humanas.

Gabriel Martínez, quien había estudiado música en Europa durante más de diez años para ser ejecutante y director de orquesta grande, compone una sinfonía a partir del diálogo El banquete, de Platón, y el narrador describe el allegro donde “las flautas hacen dengues con motivos del primer tema”. Los dengues de las flautas, hay que imaginar, son las sinuosidades que recorren sus sonidos, sus ondulaciones, sus silencios y sus ataques sorpresivos.

Cerca del final, digamos que gracias a las referencias mencionadas se puede asegurar que el uso de esta palabra era parte del vocabulario normal en el México rural y urbano de siglos pasados —y no para mencionar un padecimiento de la salud—. El Periquillo Sarniento es de 1816, La creación salió a la luz pública en 1959 y Las tierras flacas en 1962.

Como de breviario médico, agreguemos que se cree que el vocablo dengue se aplicó al padecimiento debido a los temblores que produce y la postura rígida que exige a causa de los dolores musculares y articulares que resiente el atacado por el mosquito Aedes aegypti. Por eso a alguien con esta infección se le puede imaginar como mezcla de Palillo, Resortes y Tintán, cómicos de las carpas, del teatro y del cine mexicanos. Quienes no los conocen pueden localizarlos en películas antiguas.

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