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Desabasto

DENISE DRESSER
DENISE DRESSER

Me convertí en una víctima más del desabasto de medicamentos. Después de una operación de reemplazo de cadera, mi médico me recetó parches de buprenorfina para controlar el dolor. Y comenzó el peregrinaje. Más de quince farmacias. Llamadas interminables. Búsquedas infructuosas. En una farmacia me dijeron que tenían el medicamento, pero no podían venderlo porque la caja estaba sellada por Cofepris. Yo, con recursos, contactos y posibilidades de movilizarme, no conseguía lo que necesitaba. ¿Qué ocurre con quienes carecen de todo eso? ¿Con la madre que busca insulina para su hijo? ¿Con el enfermo de cáncer que necesita tratamiento para sobrevivir? Lo denuncié públicamente. Y la presidenta Claudia Sheinbaum decidió responderme desde la mañanera, tergiversando mi denuncia y refiriéndose burlonamente a “la Denise”. En lugar de atender el problema, desacreditó a quien lo señalaba. En lugar de empatía, desdén. En lugar de explicaciones, evasivas. Pero mi experiencia no es una anécdota aislada. Es el síntoma de una enfermedad mucho más profunda: ocho años de improvisación gubernamental que han dejado al sistema de salud en terapia intensiva.

El desabasto no es un problema meramente burocrático, como pretende presentarlo la Presidenta. Tampoco se explica exclusivamente por la corrupción. Es consecuencia de decisiones estructurales que desmantelaron mecanismos de adquisición sin construir alternativas funcionales. México contaba con un sistema de compras consolidadas evaluado positivamente por la OCDE. Había problemas que corregir, ciertamente. Pero AMLO prefirió dinamitarlo. Primero trasladó las compras a Hacienda. Después a Salud. Luego al Insabi, con apoyo de la UNOPS, que no distribuía medicamentos, mientras el Insabi carecía de experiencia para hacerlo. Después vino Birmex, empresa que tampoco había desempeñado esas funciones. Ahora nuevamente Salud, con Eduardo Clark, mientras Birmex conserva responsabilidades para las cuales no está preparado.

Un carrusel de ocurrencias. Instituciones creadas, desaparecidas, recicladas. Funcionarios sustituidos. Procedimientos modificados. Sin evaluaciones públicas que expliquen por qué fracasó cada modelo o por qué funcionaría el siguiente. Y mientras tanto, los pacientes esperan. Porque abastecer de medicamentos a 130 millones de personas no consiste simplemente en comprarlos.

Implica saber cuánta insulina requiere un país con millones de diabéticos.

Cuántos tratamientos oncológicos necesita. Dónde deben estar y cuándo deben llegar. Una cadena compleja que exige conocimiento técnico, planeación y continuidad institucional. Precisamente lo que ha sacrificado la 4T.

A ello se suman los obstáculos regulatorios de Cofepris, los retrasos en autorizaciones e importaciones y las licitaciones fallidas. En 2025, el propio gobierno anuló una compra multimillonaria de Birmex por irregularidades. El problema alcanza hospitales públicos, farmacias privadas y consultorios particulares. No distingue entre el IMSS y el Hospital Ángeles.

Entre quienes pagan impuestos y quienes pagan seguros médicos.

Pero sí distingue entre ricos y pobres. Cuando el Estado no entrega medicamentos, las familias con recursos buscan alternativas. Las pobres se endeudan, sacrifican alimentos, posponen tratamientos. El aumento del gasto de bolsillo en Farmacias del Ahorro -entre otras- revela cómo se traslada a las familias una responsabilidad pública. Y el daño trasciende la enfermedad inmediata. Tratamientos interrumpidos significan complicaciones evitables, discapacidades, muertes prematuras. Ocho años después, el gobierno apenas anuncia recorridos hospitalarios para diagnosticar carencias conocidas. Como si hubiera descubierto ayer lo que médicos y pacientes denuncian desde hace años. Como si bastara otra visita, otra promesa.

Mi dolor fue transitorio. El de millones de mexicanos no lo es. Por eso me indigna que la Presidenta prefiera burlarse de una denunciante antes que reconocer los costos de las políticas que su “movimiento” impulsó.

Gobernar no es repartir culpas ni administrar excusas. Es asumir responsabilidades. Rectificar y enmendar.

Evitar sufrimiento. Porque el desabasto más preocupante de todos no está solamente en los anaqueles de las farmacias. Está en la falta de capacidad para corregir errores. En la falta de voluntad para reconocerlos. Y, sobre todo, en el desabasto de empatía de quienes gobiernan.

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