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Jorge Volpi

Descalabros

JORGE VOLPI

Dos desastres sucesivos: la reforma judicial y la reforma electoral. Desde los tiempos de Carlos Salinas de Gortari, en las postrimerías del PRI hegemónico, hace ya más de treinta años, nadie había acumulado tanto poder como Claudia Sheinbaum. López Obrador le heredó su altísima popularidad y, en las elecciones de 2024, no solo obtuvo una votación histórica, sino la mayoría absoluta en las dos Cámaras. Y luego, con una maniobra que entonces pareció sibilina y ahora revela sus claroscuros, logró que, con la suma de sus aliados, Morena alcanzara la mayoría calificada, lo cual le permitiría modificar la Constitución a su antojo.

Aquí es donde se halla, acaso, el pecado original. En medio de la euforia por el triunfo -y frente al pasmo de la oposición, hundida en su propio desprestigio-, AMLO y Sheinbaum se convencieron de que los resultados les daban carta blanca para trastocar radicalmente las estructuras del país. La hybris del expresidente, quien se frotaba las manos tras obtener un margen de maniobra aún mayor de lo previsto, confirmó su decisión de usar la nueva aplanadora para consolidar la nueva hegemonía de la 4.T. Usada a su capricho, le permitiría mantenerse en el poder por décadas.

En medio del alud de propuestas que AMLO se empeñó en desplegar en los meses finales de su mandato, despuntaban sus ambiciosas -y perversas- reformas judicial y electoral. La posibilidad de tener un control absoluto sobre los jueces, y de redefinir en favor de la 4T todas las reglas del juego electoral, se convertirían en su legado más perdurable. Contagiada por esta vena caudillista, Sheinbaum, quien hasta entonces se había caracterizado por su templanza, no dudó en lanzarse de cabeza con la reforma judicial. Valiéndose de los métodos del viejo PRI, al final aseguró los votos de una coalición que, para imponerse, dependía de los partidos Verde y del Trabajo, vistos desde entonces como dos apéndices de Morena. Uno y otro, caracterizados por su carácter venal o acomodaticio, eran vistos como males necesarios.

Sin demasiada cuenta de los monstruos que continuaba alimentando, la 4T les impuso una férrea disciplina a los partidos satélite para conseguir la aprobación de la reforma judicial, un adefesio que nunca estuvo pensado para mejorar nuestro corrupto y alicaído sistema de justicia y que, en cambio, lo deslizaba en la improvisación y la incertidumbre. Pese a la infinita cantidad de problemas que iba a generar, la Presidenta se empeñó en que saliera adelante. El resultado ha sido peor de lo esperado -tanto, que la 4T ya no sabe ni qué hacer con su segunda fase-, pero también reveló las costuras de la nueva hegemonía, exhibiendo la fragilidad de Morena frente a sus cada vez más incómodos aliados.

Pese al caos generado por la judicial, Sheinbaum se obstinó, otra vez, en lanzar la electoral. En esta ocasión, apenas tardó en darse cuenta de que, sin bien era posible convencer al PT y al Verde de desmantelar el Poder Judicial -a fin de cuentas, algo que en nada iba a afectarlos-, en cambio iba a ser extremadamente difícil conducirlos a votar contra sus propios intereses. A partir de este punto, la estrategia de la Presidenta se vuelve un galimatías: un imposible Plan A, que significaba la autoinmolación de los parásitos, seguido de un Plan B de nueva cuenta improvisado y chapucero, que para colmo insistía en usar la revocación de mandato -otro capricho lopezobradorista- como palanca subrepticia para desprenderse de los rejegos.

El resultado ha sido un Plan C -o Z- inane, que solo ha servido para exhibir los límites de Sheinbaum. Si el objetivo oculto era disminuir su dependencia de sus dos satélites, la torpe operación solo la ha aumentado. La lección de fondo debería ser clara: obtener una victoria histórica como la de 2024 no significa que solo un partido se haya convertido en sinónimo de todo el país. Como en cualquier parte del mundo, e incluso en otras épocas de México, una reforma electoral solo debería ponerse sobre la mesa a partir de un diálogo abierto, no vertical, no solo con cada grupo de interés del partido mayoritario, sino con todas las voces de la oposición y, por supuesto, con los ciudadanos.

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