Autor. Los cuentos de David Ramírez Ortega exploran una realidad donde el raciocinio se ve desplazado por un instinto de supervivencia animal.
La literatura lagunera contemporánea encuentra una voz cruda y sin concesiones en David Ramírez Ortega (Acuña, 1997). Su primer libro de cuentos, Desgraciados y malagradecidos (IMCE, 2025), no busca la complacencia del lector ni el refugio en la ficción escapista. Por el contrario, la obra se presenta como un ejercicio de realismo visceral que sitúa al lector en el epicentro de la precariedad, la hostilidad urbana y las decisiones imposibles.
Bajo la enseñanza de maestros como Saúl Rosales y Jaime Muñoz Vargas, el autor debuta con una narrativa que huele a asfalto, a carnicería y a la tristeza de quien observa el mundo desde la urgencia de la supervivencia.
EL SISTEMA COMO VERDUGO
A pesar de lo que el título sugiere, la “desgracia” y la “ingratitud” en este libro de cuentos no son juicios morales hacia los personajes, sino descripciones del entorno que los moldea. La narrativa de Ramírez Ortega sugiere que las atrocidades cometidas por sus protagonistas, personajes grises, complejos y profundamente humanos, son la consecuencia lógica de un sistema y una sociedad con doble moral, convenciera, desgraciada y malagradecida.
Desgraciados y malagradecidos (IMCE,2025) se constituye como una exploración literaria que obliga al lector a encarar las complejas y, a menudo, desgarradoras realidades que permean la vida de diversos sectores de la sociedad. La estructura de esta obra permite que una amplia variedad de personas encuentren puntos de convergencia y resonancia con los escenarios planteados en sus páginas.
Los cuentos exploran una realidad donde el raciocinio se ve desplazado por un instinto de supervivencia animal. Los personajes no actúan desde la maldad pura, sino desde la asfixia de una estructura que los obliga a elegir entre lo éticamente incorrecto y la injusticia. Es una crítica directa a una sociedad que exige resultados mientras ignora las condiciones de quienes sostienen el engranaje.
Esto puede permitir que el lector reconozca que sus pensamientos más oscuros, sus emociones dolorosas y sus vivencias calificadas como espantosas no son incidentes aislados, sino experiencias compartidas por otros seres humanos. De este modo, la obra logra romper el aislamiento del sufrimiento individual, ofreciendo una validación cruda pero necesaria de la condición humana en momentos difíciles.
LA LAGUNA DEL DESENCANTO
La geografía que propone Ramírez Ortega no funciona como un mero telón de fondo, sino como un organismo vivo y a menudo hostil que respira a través de las calles de varios lugares de la Laguna. El autor demuestra conocimiento de la idiosincrasia regional al situar sus relatos en espacios cotidianos pero cargados de una tensión eléctrica, tales como carnicerías, facultades, establos o los pasillos de hospitales psiquiátricos.
En estos escenarios, la relación de los personajes con su entorno es intrínsecamente tóxica; habitan lugares de los que parece imposible escapar y, ante la hostilidad de un medio que los ignora o los violenta, ellos responden con la misma moneda. Esta verosimilitud lagunera permite que se transforme el paisaje familiar en un espejo incómodo donde la precariedad económica y la falta de afecto dictan las reglas del juego.
LA ESTÉTICA DE LA INCOMODIDAD Y EL LENGUAJE DEL INSTINTO
En cuanto a lo narrativo, la obra destaca por una técnica que prioriza la inmersión sensorial y la eliminación de barreras formales.
Ramírez Ortega emplea un lenguaje coloquial que, al rozar lo descarnado y lo visceral, logra que el lector perciba incluso los olores y las texturas de las escenas más atroces. Resulta notable el uso de hipérboles y el manejo de un registro informal que otorga voz a una diversidad de estratos sociales: psicólogos, políticos, carniceros y taxistas.
Un acierto estético fundamental es la omisión de los guiones de diálogo tradicionales, una decisión que, lejos de confundir, agiliza el flujo de la prosa y permite que las voces de los personajes emerjan con una naturalidad casi auditiva. La lectura sostiene una atmósfera de melancolía y tragedia, donde la ironía ácida funciona como el único alivio posible ante situaciones que desbordan la impotencia del individuo.
UNA GALERÍA DE VOCES EN LA CLOACA COMPARTIDA
La narrativa de David Ramírez se nutre directamente de la observación aguda y de la propia experiencia personal, transformando sentimientos como la culpa, el fracaso o la frustración. Los relatos funcionan como un “abrazo amargo” que busca contagiar una tristeza honesta, conectando a quienes habitan la misma oscuridad bajo la premisa de que, aunque no haya una salida clara, existe el consuelo de no estar solos en la crisis. Desde el tablajero que lucha por su empleo tras un incidente atroz en “666 gramos de carne molida”, hasta la periodista que narra su propio destino trágico o la figura de Rosalinda en el comedor comunitario, los personajes son retratados con una dignidad que no oculta sus aristas más sombrías. El autor no escribe historias para apantallar o entretener, sino para cuestionar por qué el sistema extrae con violencia lo peor de los seres humanos, convirtiendo la escritura en un acto de resistencia frente a la indiferencia social.
LA URGENCIA DE LA MIRADA PESIMISTA
En última instancia, Desgraciados y malagradecidos se consolida como un manifiesto contra la complacencia y una crítica frontal a la industria del entretenimiento contemporáneo. El autor arremete con lucidez contra lo que denomina literatura “calla-conciencias” y propuestas “apantalla-idiotas”; es decir, aquellas obras y contenidos diseñados para adormecer el juicio crítico y mantener al espectador en un estado de distracción permanente. Para Ramírez Ortega, el arte que ignora su impacto social o que busca únicamente la ganancia económica es cómplice de un sistema que prefiere audiencias alienadas, individuos que, sumergidos en la comodidad de una narrativa inofensiva y entretenida, permanecen ciegos ante las atrocidades que ocurren en la periferia de su propia existencia. El libro desafía frontalmente la noción de libertad que impera en la modernidad, sugiriendo que gran parte de esa autonomía es ilusoria: una construcción que nos impide notar cómo el sistema extrae lo más violento de la humanidad.
Por ello, el pesimismo que atraviesa estas páginas no debe entenderse como una claudicación, sino como un motor de cambio. Bajo la premisa de que solo quien reconoce que algo está roto tiene el impulso de repararlo, Ramírez Ortega utiliza la tristeza y la incomodidad como herramientas de despertar. Mientras que la cultura dominante se esfuerza por ofrecer relatos que llenan de dopamina o desconectan al lector de su entorno, esta antología lo obliga a reconectarse con la crudeza de la Comarca Lagunera y las vidas que la habitan en los márgenes. Leer estas páginas implica renunciar al consuelo fácil para abrazar una lucidez dolorosa pero necesaria.
Con este debut, el autor no solo entrega una serie de ficciones potentes, sino que reivindica la función social del escritor como aquel que se niega a callar la conciencia colectiva; es quien otorga un lugar en la literatura a las historias que la sociedad suele barrer debajo de la alfombra.
Este libro no ofrece finales felices ni moralejas fáciles, pero sí ofrece una dignidad feroz y desgarradora a estas historias que la sociedad prefiere no mirar. Es, sin duda, una adición necesaria a la nueva narrativa del norte de México.