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Detenerse a mirar

En la ruidosa época actual se ha perdido la capacidad de mantener la atención, y sin esa capacidad la vida jamás es humana.

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ANTONIO ÁLVAREZ MESTA
ANTONIO ÁLVAREZ MESTA

Con el envejecimiento es común que en los ojos el cristalino pierda elasticidad y que su poder de enfoque disminuya. A esa merma óptica se le conoce popularmente como vista cansada, pero los oftalmólogos la denominan presbicia. La etimología es ilustrativa, pues en sus raíces griegas la palabra presbicia significa “característica o condición de persona anciana”. 

En la Iglesia católica el nombre original para los sacerdotes es el de presbítero, que literalmente significa anciano, ya que en otros tiempos la experiencia asociada a una larga vida se asumía como factor de madurez y sabiduría. En ese mismo tenor, las raíces latinas de la palabra senado también tienen que ver con un mejor entendimiento asociado a una gran cantidad de años vividos.

La peor presbicia no se corrige con lentes ni cirugías oculares porque no se da en los ojos, sino en el juicio de las personas. Es la presbicia cultural que reconoce y aplaude los logros de personajes ajenos a nuestra comunidad y desprecia e infravalora las realizaciones de la gente local. “Nadie es profeta en su tierra” es una frase que por desgracia posee total vigencia.

En tiempos recientes ha cobrado fama la obra del filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han y es justo que así sea. Atreverse a hacernos ver la deshumanización del sistema actual, desenmascarar el ritmo frenético de vida y el atroz cansancio social, denunciar la inclemente autoexplotación y la consiguiente agonía del eros es altamente meritorio. Y es bueno que nos anime a la contemplación, al silencio, a asumir los genuinos sentimientos y a recuperar aquello “que no sirve para nada” en términos de mercado, pero que lo es todo para el espíritu.

Sin embargo, varias décadas antes, el filósofo mexicano Antonio Caso ya había expresado tesis similares. En 1916 publicó La existencia como economía, como desinterés y como caridad. En cambio, el primer libro publicado por Byung-Chul Han, El corazón de Heidegger, se remonta a 1996 y resultó ser para académicos. Su primer libro para el gran público —que lo convirtió en un autor de relevancia internacional— fue La sociedad del cansancio en 2010.

Antonio Caso reconocía tres niveles en la existencia. El primero es la economía, vida biológica que exige cálculo, que busca el máximo de provecho con mínimo esfuerzo. Es la base. No es mala en sí, lo malo es limitarse a ella. El segundo nivel es la pausa contemplativa, que implica comprender que existen cosas que valen sin servir para nada.

Caso asegura que cualquier ser humano puede tener una experiencia estética: un niño fascinado frente al mar, un obrero que se detiene a escuchar una melodía, un anciano que contempla las nubes. No hace falta ser ilustrado para contemplar desinteresadamente. Lo indispensable es darse pausas. En la ruidosa época actual se ha perdido la capacidad de mantener la atención, y sin esa capacidad la vida jamás es humana.

El tercer nivel es la caridad que mueve al máximo de esfuerzo con el mínimo de provecho individual. Se actúa por amor sin esperar ninguna recompensa y tampoco requiere circunstancias extraordinarias. La existencia como caridad es el sacrificio asumido como modo cotidiano de existir. Consiste en salir de uno mismo, en darse a los demás sin reservas. Hay varios ejemplos: los abogados de víctimas que trabajan pro bono en casos nada sencillos, los profesores y médicos que se quedan en pueblos donde nadie quiere quedarse, los voluntarios que acompañan y confortan a moribundos desconocidos. Eso no se hace para la foto. El sacrificio que se exhibe deja de ser sacrificio. La caridad auténtica siempre se da en el silencio y fuera de reflectores. Es una beneficencia que nunca busca testigos, pero que paradójicamente genera nobles testimonios.

Tanto Byung-Chul Han como Antonio Caso nos invitan a humanizar la existencia. La clave está en pararse a contemplar. No es casual que tanto en el vocablo occidental respeto como en el término oriental zen se encuentre esa acción sagrada de la atención detenida ante el mundo. Y ya que miramos, hagámoslo sin presbicia cultural.

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