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YAMIL DARWICH

Termino el sueño: México perdió con Inglaterra -haiga sido como haiga sido, diría Calderón- y todos dejamos de festejar los éxitos de la selección mexicana, realidad relativa al no pasar al famoso quinto partido; lo mismo que nos ha sucedido a lo largo de las historias de las participaciones del representativo nacional en los afamados, hoy demeritados, mundiales.

Tal verdad, nunca nos la mencionan los interesados en la mercadotecnia, escamoteándonos la realidad; terminamos igual, sin avanzar a los octavos de final. Jugamos como nunca, pero nos eliminaron como siempre.

Ahora tenemos nuevos héroes, encabezados por un entrenador que sabe ganarse la simpatía con sus decires; ya no son “ratoncitos verdes”, como los describiera -en 1974- el periodista Manuel Seyde.

Los mayores aún recordamos otras declaraciones justificantes: “cayeron con la cara al sol”.

Tal es la realidad y la capacidad que tienen los empresarios mexicanos del fútbol profesional para ofrecernos “espejitos”; también es verdad que les sigue funcionando el “ya merito”. Ellos sí ganaron.

Las tres primeras victorias sin admitir goles en contra ilusionaron a los mexicanos, dejándonos la oportunidad de festejar -condición muy nuestra- y gritar con algarabía el sentimiento de placer que daba descanso a la ansiedad por tantas malas noticias políticas/económicas y sociales que nos ahogan.

El “quiere volar… quiere volar” apareció como una muestra del júbilo de personas que se unían para sostener y lanzar por los aires al aficionado quien gustoso lo permitía; entre espumas, cascarones de huevo con harina, otros conteniendo líquidos, la muchedumbre lanzaba un “¿y si sí?”, retomando aquel “sí se puede” que pronunciaran padres de familia animando al equipo infantil de beisbol que, finalmente, alcanzara el primer lugar en la Serie Mundial de Pequeñas Ligas, el 23 de agosto de 1997 en Williamsport, Pensilvania, EUA.

Tal animación se repitió el 11 de agosto de 2012, cuando la Selección Mexicana de Fútbol, recibió -con tal grito- ánimos de aficionados mexicanos, terminando por ganar la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Londres.

Esas frases reflejan el sentir mexicano; saber que sí podemos, pero debemos querer, haciéndolo con trabajo y hasta esfuerzo.

Y apareció Merlín, pato que borró al jaguar Zayú.

Inaceptable el manejo de masas que con el evento crearon un ambiente donde los aficionados más radicales y menos informados llegaron a pensar en la posibilidad de, no solamente avanzar a octavos de final, sino llegar a ser campeones mundiales. En el camino, muchos ganaron dinero sembrando falsas esperanzas.

Después de las casi tres semanas de alegría -necesaria y conveniente para desahogar la tensión social- regresamos a la normalidad; un mensaje que recorrió muchos celulares y tabletas fue contundente, decía: “¿qué paso con Rocha Moya y demás corruptos mexicanos?” La respuesta fue reservar por cinco años toda información sobre la investigación, por conveniencia y “no entorpecer las investigaciones”.

Promoviendo el olvido, ahora peleamos con los EUA, porque “¡nadie se mete con México!”.

Continuamos padeciendo inseguridad, aunque nos digan que vamos mejorando; el costo de la canasta básica sigue aumentando cada día y se reparten tarjetas buscando callarnos, por hambre, al recibir depósitos de dinero; los enfermos sin medicinas y los niños sin suficientes vacunas.

No ganamos mejor posición en el ranking internacional de la FIFA, pero la misma obtuvo un nuevo éxito y millonadas en dólares; las televisoras vendieron publicidad a precios elevados y, por si fuera poca ganancia, abrieron espacios en medio de cada tiempo; ahora, el soccer tiene “cuatro cuartos” para rellenarnos con publicidad nociva, particularmente vicio.

Los jugadores participantes - aunque solo lo fueran desde la banca-, también recibirán “su pedacito de pastel”, más chiquito por ser menos importantes en el festejo que organiza cada cuatro años el monopolio del fútbol.

La FEMEXFUT, también recibió su “rebanada del pastel”, más pequeña que las 4 federaciones que sobrevivieron, dejando una buena porción para los primeros lugares.

Todos los mexicanos pagaremos el alto costo de los “chispazos” de felicidad que nos vendieron; ahora, los que asistieron, les toca empezar a hacer los pagos a las tarjetas de crédito que se repletaron con el precio de una simple butaca en lo más alto de los enormes estadios; los más, abonarle a la pantalla nueva, la tarjeta de débito que aguantó la compra de bebidas y alimentos para ver el partido en restaurantes, bares o la casa; todos, “recorriendo ojillos al cinturón” para acabar la quincena.

Si Usted es de lo que reniegan por nuestra mala suerte o del árbitro que favoreció a Inglaterra sin reconocer la desviada puntería de nuestros jugadores -anteriormente los justificaron airados: “¡fue penal!”-, le recuerdo que ¡ya empezará la liga profesional! y, con ella, las emociones y esperanzas de ver ganar a nuestro equipo; ahhh… y comprar apuestas y muchas ofertas que nos tratarán de imbuir en el cerebro.

¿Le seguimos? ydarwich@ual.mx

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