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YAMIL DARWICH
YAMIL DARWICH

El espectáculo inmoral sobre el señalamiento a Guadalupe Taddei, ex directora del INE es una ratificación -no solo confirmación- de que, en México, la corrupción es un pesado lastre que nos frena el desarrollo y la muy pregonada “justicia social”.

Gracias a los medios digitales masivos, los actos de vileza humana de los politiqueros mexicanos son repetidamente denunciados, evidenciando que se trata de una red de cadenas armadas, -eslabón con eslabón- fortalecidas y renovadas periódicamente con la aparición de nuevos inmorales en cada cambio de gobierno, cometiendo más y descarados actos de corrupción, robo, complicidad y enriquecimiento propio. Abusivos.

Lo más doloroso es resentir la burla con las promesas repetidas, que son inaceptable agravio y que llevaron al poder a AMLO. “No robar, no mentir, no engañar”, fueron argucias y rampa de acceso a innumerable cantidad de inmorales, secuaces que lograron “su año de Hidalgo”, mostrándose con la desfachatez propia de que se sabe intocable, impune por la protección de la propia red de corrupción.

Así, sabemos de abusivos que son denunciados y luego protegidos por otros en el poder, sus iguales; trinamos por la dilapidación de cantidades estratosféricas de nuestro dinero -transformado a dólaresen compras de joyería, adquisición de mansiones en el extranjero, viajes turísticos -con familiares, la suegra, amistades y ellos mismosa lugares que representan su “aborrecido” primer mundo y, para no quedarse atrás, presumir derrochando dineros encomendados, en placeres reservados para millonarios del mundo. ¡El pueblo paga! Resulta imposible enumerar los casos de corrupción, que se incrementan con los días y conforme se investiga; saltan los abusivos “como cucarachas al destapar registros de drenaje”. Todos ellos son un “cáncer social” que ha sumido a nuestro país en un estado de gravedad extrema, amenazado con la posibilidad de quiebra económica.

Habrá que decir que, desde siempre, hemos cargado con esa parte negativa de la construcción humana, representada por la codicia, avaricia y fácil tendencia a la inmoralidad que, desgraciadamente, permite cometer actos negativos.

Lo malo es que, históricamente, hemos padecido a muchos de esos personajes deleznables.

Nuestra historia de corrupción no es un fenómeno reciente y, desde siempre, se ha utilizado como herramienta para ganar poder, control político, riqueza, luego usarlos para abusar “del que se deje”. Recordemos vilezas: En el Imperio Azteca, el abuso de poder se ejercía entre gobernantes, cortesanos, militares y comerciantes; para control, hubo la necesidad de dictar leyes para castigarlos: a los jueces que aceptaban sobornos o que dictaban sentencias parciales, el Código Legal de Nezahualcóyotl -Texcoco- y las Leyes de Tenochtitlan, señalaban como su castigo la pena de muerte, fuera por decapitación o estrangulamiento.

Igual castigo para los calpixque -recaudadores de impuestos- por extorsionar a los habitantes de las provincias sometidas por el imperio, exigiéndoles mantas, cacao o plumas no registradas en los códices imperiales, quedándose con ellas para lucrar.

Durante los diferentes virreinatos, floreció la venta de cargos públicos; se subastaban puestos para alcaldes y administradores; los interesados aceptaban pagar, sabedores de que podrían recuperar “su inversión” en poco tiempo, aplicando y/o aceptando sobornos varios y abusando de los indígenas.

La Corona Española, urgida de dinero -por su guerras- imponían monopolios a artículos como el mercurio o los destilados, abriendo la oportunidad a los abusivos que controlaban las aduanas, quienes exigían “mordidas” para dejar ingresar/salir mercancías: ahí nació la frase “se acata, pero no se cumple”.

Durante el siglo XIX, padecimos el caudillismo; personajes que controlaban instituciones públicas.

Antonio López de Santa Anna, otorgaba la administración de las aduanas marítimas a prestamistas privados a cambio de créditos inmediatos para financiar sus ejércitos personales y, de paso, desviar del erario sumas en pesos oro.

Porfirio Díaz, fue el promotor del capitalismo y desarrollo del México industrial y de comunicación; sin embargo, también entregó concesiones del ferrocarril, minería y petróleo mexicano a sus amigos y compadres abusivos -los científicos- que le ayudaban a mantenerse en el poder. Las iniquidades de hacendados son conocidos por denuncias en múltiples películas del cine nacional.

Durante el siglo XX, tras la Revolución Mexicana, el politiquero experimento en diferentes partidos hasta llegar al PRI, -dictadura perfecta- que asentó la necesidad de corromperse para poder alcanzar y ejercer poder.

Se estableció “el moche, mordida o cochupo”, que permiten a los ciudadanos establecer un diferente sistema de trueque -compraventa de bienes y permisos- defraudando a todos los mexicanos y al fisco.

“Morder” no es únicamente aceptar/recibir dinero, es dañar a terceros que quedan en desventaja por la corrupción.

Siendo así, entendamos a los depravados del presente; apoderados de leyes y destinos se han ratificado como cínicos y sinvergüenzas, personajes que ¡YA! debemos combatir, en serio y legalmente.

Empecemos por lo difícil: educarnos y educar; no participar en actos ilegales y denunciar a los abusivos que pululan; promover y votar. ¿Acepta?

ydarwich@ual.mx

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