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Jorge Volpi

Distopía en tiempo real

JORGE VOLPI

Ciudadanos que han decidido ya no decidir. La mentira o, peor aún, la falsificación de lo real convertida en dogma. Déspotas intercambiables, cortados con el mismo patrón, multiplicándose como esporas. Naciones segmentadas en mundos irreconciliables. La invención de un monstruo —el otro, el migrante, el alien— en el cual proyectar la frustración y la rabia. Promesas de un futuro que es un pasado inexistente. Individuos entregados voluntariamente a la soledad común de sus pantallas. Bucaneros tecnológicos que predicen cada uno de nuestros deseos. El regreso a un régimen teológico, a la vez medieval y ciberpunk, donde reina la sumisión a los caprichos de estos nuevos profetas y guerreros en medio del pánico ante el inminente fin de los tiempos. No una distopía lejana: nuestro presente. Ahora, en todas partes.

¿Cómo llegamos aquí?

Tres o cuatro décadas atrás se nos vendió otro sueño: la idea de que la democracia —y su hermano gemelo: el capitalismo neoliberal— resolverían todos los problemas de la humanidad. Derrotado el estatismo autoritario, no quedaría sitio sino para el progreso. En vez de esa utopía, construimos sociedades cada vez más inequitativas al tiempo que demolíamos sistemáticamente los principios que permitieron aquel frágil sueño democrático: ese mínimo espacio imaginario común volcado no solo hacia la libertad, sino también hacia la igualdad y la solidaridad.

Sí, de pronto todos podíamos votar a nuestros líderes, pero ese solo hecho no cambió casi en nada las vidas de millones. Al contrario: sintiéndose legitimados por los votos, esas nuevas élites —de izquierdas y de derechas por igual— se consagraron a desmantelar los servicios públicos, a favorecer a las grandes corporaciones, a desdibujar las fronteras de lo público y lo privado. De modo que, cuando el sistema colapsó debido a su caótica desregulación, los únicos que terminaron pagando fueron quienes se hallaban en la base de la pirámide.

La Gran Recesión, no lo olvidemos, se saldó con la mayor transferencia de recursos de las clases medias a los millonarios en aras de proteger empresas demasiado grandes para caer. Todas las grandes ilusiones de 1991 quedaron sepultadas en 2008.

Ante lo que en otra época podría haberse convertido en el germen de una revolución, los dueños del sistema respondieron con su más siniestra argucia: la culpa no era de ellos, sino de la democracia. Abatidos o desesperados, miles comenzaron a creerlo. No es casual que este cambio de ánimo coincidiera con la eclosión de las redes sociales: la herramienta perfecta para adoctrinar y segmentar a sectas cada vez más aisladas y antagónicas. Para que la estrategia funcionara, había que destruir en el camino cualquier parámetro común: de ahí la cruzada.

Despojados de las ficciones que garantizan la cohesión social —el bien común, las aspiraciones compartidas, la esperanza—, los sectores más golpeados por la crisis se volcaron a adorar a quienes la habían provocado y a odiar al enemigo imaginario que los líderes nacionalpopulistas les entregaban en bandeja: el bárbaro que iba a arrebatarles sus empleos y sus mujeres e incluso algo que en realidad ya habían perdido: su identidad.

Trump y sus réplicas son los sacerdotes de este nuevo culto a la sinrazón. Detrás de ellos, los oligarcas tecnológicos son quienes en realidad gobiernan el planeta, transformándonos en los dóciles siervos de sus sistemas algorítmicos.

Tras la primera vuelta de las elecciones en Brasil y ante la convocatoria anticipada de elecciones en España, es muy probable que en pocos meses buena parte de Europa y casi toda América —por no hablar de Asia y África— queden en manos de los representantes de esa dupla nacionalpopulista y tecno-oligárquica.

No se trata de un cambio de ciclo o de una alternancia necesaria: asistimos al regreso de un universo dominado por el dogma, la sumisión, el pavor, la intolerancia. Esta nueva distopía teológica ya está aquí, frente a nosotros. Igual que en la antigüedad, solo queda una forma de resistirla: apostando por la disidencia y la herejía.

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