En este ensayo de la ceguera en el que se ha convertido la relación México-Estados Unidos no hay más que de dos: o la crisis del lado mexicano es producto de la ignorancia absoluta, lo cual sería muy-muy grave (pienso en el canciller Roberto Velasco Álvarez y en el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch), o peor, proviene del conocimiento absoluto que desemboca en cobardía diplomática y en imprudencia política (pienso de nuevo en Velasco y García Harfuch). Subrayo: o de verdad en el caso Sinaloa García Harfuch no sabía nada de nada desde hace un año tal como dice y Velasco no tenía ni remota idea de lo que se aproximaba desde Estados Unidos, y entonces ambos deberían renunciar por ineficientes, o sabían todo y deberían marcharse por sus negligencias.
Para ponerle fecha y nombres al inicio de la crisis, digamos que todo se empezó a salir de control hace poco más de un año, el 13 de mayo de 2025, cuando el embajador mexicano en Washington D.C., Esteban Moctezuma Barragán, inexplicablemente se mostró eufórico y tuiteó: "¡Bienvenido a México, Ron Johnson!"
Qué padre, pensé, el neodiplomático y la SRE no se enteran de nada. Y no: orondo, el personaje agregó: "Acudí a la protesta del embajador designado a México (sic), quien reiteró apertura y disposición para fortalecer nuestra relación bilateral".
¿Realmente el expriista no tenía la menor idea de quién era Ronald Douglas Johnson? El caballero es un exmilitar estadounidense, formó parte del cuerpo de Boinas Verdes y mucho antes de que Bukele fuera adulto estuvo en El Salvador cuando su país se entrometió en la guerra civil (claro, del lado de los militares y la oligarquía). Ha participado en operaciones en zonas conflictivas como Afganistán e Irak, y salvo que varios medios internacionales y yo nos equivoquemos, fue ni más ni menos que agente de la CIA en calidad de Paramilitary Operations Officer. Sí, esos PMOOs que se especializan en Covert Action programs, es decir, la élite en operaciones encubiertas para combatir (o regular) globalmente el tráfico de estupefacientes, atacar o no a cárteles, estabilizar o desestabilizar regímenes, y presuntamente concebir, planear y ejecutar asesinatos de narcos, criminales, terroristas u opositores a Washington, entre otras chuladas.
¿A qué creía Moctezuma que venía un personaje con semejante carrera militar y con una muy destacada trayectoria en inteligencia y operaciones en la CIA? ¿A visitar ajolotes? ¿No pensaron en Palacio Nacional que tenían que vetar su designación a pesar de que eso provocara un estruendoso berrinche de Trump?
El hombre de la CIA en Ciudad de México vino a preparar el camino para que, si su presidente así lo requería, orquestara cuanta operación encubierta contra cárteles y políticos presuntamente corruptos se les ocurriera en el Pentágono, Langley, el Departamento de Justicia y la Casa Blanca. Simple: basta acusar y capturar a los políticos o militares mexicanos que se les antoje, alegando siempre presuntos nexos con los cárteles.
Y algo habrá de cierto en las imputaciones (¡pruebas, pruebas!) porque de otra manera no se entiende que un general en retiro, exsecretario de Seguridad en Sinaloa, Gerardo Mérida Sánchez, se haya entregado a Estados Unidos hace unas horas. Imagine usted todo lo que podría narrar el general si los fiscales gringos lo convencen de cooperar en el caso abierto contra Rubén Rocha Moya, el morenista gober precioso de Sinaloa que quién sabe dónde ande en estas horas… ya que le congelaron sus cuentas.
Por cierto, felicidades a Ron D. Johnson, que el martes cumple un año de poder en México.
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