Después de que ordenó una operativo militar "de televisión" -para usar sus propias palabras-, como si se tratara de una inverosímil película hollywoodiense en la cual un comando de fuerzas especiales estadounidenses (Deltas) bombardea quirúrgicamente la sede presidencial de Venezuela, mata a decenas de militares venezolanos y cubanos sin sufrir bajas, todo para capturar y secuestrar al indefendible dictadorzuelo Nicolás Maduro y ponerlo tras las rejas en Nueva York; después de todo eso, hay que asimilar que Donald Trump ya no tiene límites y si dice que va a hacer algo tremendo, efectista e impensable… lo hará.
Y no, no es una apreciación, es lo que ya sucedió. Por eso me extraña ver a muchos políticos confundidos y en negación absoluta ante la realidad, azorados en medio del nuevo escenario geopolítico global, sin comprender que la historia ha cambiado en un puñado de días: hoy, si el presidente de Estados Unidos dice que hará lo que se le antoje, no hay nadie en Washington D.C. que le impida hacerlo. Nadie.
El bully de la Casa Blanca ya no existe, se transformó, creció malamente. Ya no es el presidente Trump como aquel chico de secundaria que se burlaba cruelmente de todos y amenazaba a cualquiera para someter al resto de la comunidad estudiantil a través de la comunicación del miedo, es decir, con amagos que no hacía falta cumplir; no, ahora es el tipo que ciertamente te va a buscar a la salida, o en algún rincón de la escuela, y cuando menos lo esperes, te partirá la cara con todo su poderío militar inigualable, te pateará en el piso, te bañará de escupitajos, y luego te exhibirá sometido, postrado a sus pies, todo grabado en vídeo y subido a redes sociales casi en tiempo real, con un preocupante tono magnánimo de perdonavidas.
Trump es el dueño del barrio, el rey de las ciudades, el emperador de su nación, pero, sobre todo, y para regocijo de al menos la mitad de sus compatriotas, es el viejo Sheriff del mundo, sin que nadie puede revertirlo mientras el hombre resida en 1600 Pennsylvania Avenue NW. Insisto, no es que lo teclee yo, es lo que, impertérrito, Trump avisó hace unas horas durante una larga entrevista colectiva con cuatro periodistas del New York Times. En sus palabras, cuando uno de nuestros colegas estadounidenses hábilmente le preguntó si había algún límite a sus poderes globales, dijo:
"Sí, hay una cosa. Mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme".
¡Uf! Soy Dios. Vaya frase histórica de narcisismo le arrancó el NYT. Podría haber surgido en 1944 en voz de Adolf Hitler, o a lo largo de una charla en el año 326 a. C. con Alejandro Magno. Por favor asimile en qué planeta vivimos a partir de esta semana: para intervenir en cualquier sitio del mundo y hacer lo que me pegue la gana en el país que sea, y si es necesario capturar y encarcelar a quien considero un dictador y un narcotraficante, así se trate de un presidente (o expresidente) de otra nación, no hay NADA ni NADIE que me lo impida
"No necesito el derecho internacional", añadió, por si usted tenía algún ingenuo planteamiento de que su Secretario de Estado, Marco Rubio, lo va a contener cuando Trump haya decidido reventar la OTAN con tal de apoderarse de Groenlandia, o capturar al presidente colombiano Gustavo Petro después pasearlo en la Casa Blanca. O bien, cuando decida bombardear con un dron un campamento del Cártel de Sinaloa en la sierra de ese estado donde cocina fentanilo, y luego otro en Jalisco, no muy lejos de Puerto Vallarta, donde el CJNG hace lo propio en la montaña.
Ojalá que la Presidenta de la República empiece a entender y aceptar la nueva realidad y haga planes serios conforme a lo documentado en estas horas, porque hasta ayer Claudia Sheinbaum decía que no pasara nada, que nada más de trata "de la forma de comunicar" que tiene Trump. Ok. No sé qué va a decir entonces luego de que vuelen por los aires las narcococinas, o peor, en el momento en que unos Delta desciendan a rapel allá en La Chingada y se lleven a López Obrador acusado de cualquier insensatez trumpiana.