Don Jesús Campos, el fundador de la librería El Principito, asoma su mirada de 84 años afuera del local; sabe que ha llegado un cliente y tiene que atenderlo. En sus manos trae un conjunto de libros de segunda mano que luego acomoda en la mesa.
“Pásele, pásele, estamos rebajando precios”.
El librero frasea en medio del bullicio vehicular que inunda la avenida Juárez al mediodía. Trabajar, vender libros, ha sido su único motor desde 1975, cuando comenzó su negocio al interior del desaparecido Mercado Francisco Villa.
Hoy, instalado en un local donde se le condonan la luz y la renta, don Jesús se repone de otro desafío, luego de que la casona californiana que durante los últimos 13 años albergó su librería se derrumbara en marzo pasado.
“Antes salimos, fue impactante, pero aquí nos tienes todavía”.
Fue a las 15:35 horas del miércoles 25 de marzo cuando el techo de la anterior sede de la librería El Principito colapsó. Don Jesús se encontraba en el baño. Desde allí escuchó el crujido de las vigas; luego sobrevino un estruendo. El polvo cubrió todo, como una inmensa nube de mal augurio. Tras la polvareda, apareció la madera rota, los restos de losa y demás escombros que sepultaron a más de mil libros usados. Don Jesús de pronto escuchó que su hija Gloria, quien suele ayudarle en la librería, comenzó a llamarlo.
“Empezó a caer donde estábamos mi hija y yo. Ella hacia un lado, hacia afuera, y yo hacia el otro, hacia el baño. Prácticamente se vino la caída y mi hija se asustó tanto que gritaba: ‘¡Papá! ¡Papá!’. Pero prácticamente yo le gritaba: ‘¡Estoy bien, hija! ¡Estoy bien!’. Pero gracias a Dios, un par de trabajadores me sacó poco a poco antes de que viniera otro ramalazo”.
Don Jesús se refiere a los trabajadores de una construcción adyacente a la finca, obra que, según el peritaje, fue la responsable de que la estructura de la casona californiana se dañara y se viniera abajo. Una vez que Protección Civil dio el reporte, la noticia del derrumbe corrió por las redes. El librero recuerda que pronto llegaron vecinos, amigos y clientes para revisar su estado de salud. Incluso un doctor acudió con medicamento para la presión alta que don Jesús padece.
“Estaba emocionado, en el aspecto de que gracias a Dios ahí estaba mi hija. Yo tengo cuatro hijos, pero los demás no se dieron cuenta hasta que empezó a ser noticia, así fue como se enteraron ellos”.
Su hija Gloria fue quien bautizó a la librería como El Principito, en referencia a la célebre historia del escritor francés Antoine de Saint-Exupéry. Una de las lecciones de este texto subraya el concepto de la empatía y en el desprendimiento de las cosas materiales. “Lo esencial es invisible a los ojos”, indica una frase del libro.
En ese tenor, a pesar de la tragedia, don Jesús no tuvo tiempo de lamentarse. Se sacudió el polvo de su camisa azul y comenzó a pensar en lo que vendría. Para el domingo siguiente ya se encontraba de nuevo vendiendo libros en el Paseo Colón. También participó como expositor en la Feria Internacional del Libro de Coahuila (FILC) que tuvo lugar en abril en el Centro de Convenciones Torreón. Y finalmente, hace aproximadamente dos meses, los propietarios de un local en el centro de Torreón le permitieron mudar la librería al número 222 poniente de la avenida Juárez, casi frente a su anterior sede, sin la necesidad de que pagase renta.
EL SIGLO DE TORREÓN / Enrique Castruita
OTRO RENACIMIENTO
No es la primera vez que el librero se las ve oscuras. En 2010, tras más de cinco décadas como locatario del Mercado Francisco Villa, don Jesús fue desalojado ante la inminente construcción de la Plaza Mayor. El adiós fue difícil. En ese lugar habían trabajado sus abuelos y sus padres como comerciantes de frutas y verduras.
Según información compartida por el historiador Carlos Castañón Cuadros, en 1914, el alcalde villista Andrés L. Farías dio la orden de construir el mercado Independencia en el cruce de avenida Allende y calle Ramón Corona, en el centro de Torreón. Se trataba de una construcción de ladrillo y adobe con detalles arquitectónicos neoclásicos que en 1938, gracias a los veteranos de la Revolución Mexicana, cambió su nombre a Mercado Francisco Villa, con motivo del decimoquinto aniversario luctuoso del caudillo.
Fue en ese espacio donde los abuelos de don Jesús, provenientes de Salvatierra, Guanajuato, encontraron la oportunidad de crear un patrimonio. Luego, don Jesús entró al negocio de los libros usados. Pero el progreso, ese que en ocasiones arrasa con el patrimonio arquitectónico de las ciudades, tocó a la puerta del mercado. Don Jesús no pudo hacer nada, más que aceptar el destino. Cerró el local, se despidió de aquel solitario mercado y dejó que se demolieran sus recuerdos.
Luego, don Jesús buscó dónde reubicarse. Pronto encontró un local sobre la calle Galeana, casi a un costado del Teatro Isauro Martínez. Allí aguantó las malas ventas provocadas por la construcción de la Plaza Mayor durante cuatro años. Luego se trasladó a la casona californiana de la avenida Juárez, donde duró más de una década.
Pero incluso ahí, en ese amplio local sobre una avenida Juárez transitada y rodeada de instituciones educativas, don Jesús enfrentó tiempos de crisis. El más severo fue el provocado por la pandemia de covid-19, cuando tuvo que cerrar durante cuatro meses sin que las deudas se detuvieran. Fueron más de tres mil pesos por mes, entre la renta, la luz y el agua. El librero tuvo que ingeniárselas para pagar todo.
Hoy, pese a las adversidades, a don Jesús Campos le motiva trabajar. Sus 84 años de edad lo han hecho más lento, pero no menos eficiente. Como si fuera el primer día de la librería, va de un lado a otro acomodando ejemplares, entre enciclopedias, biografías y libros clásicos. Y de vez en cuando, al asalto de los recuerdos, la imagen de su esposa Gloria Angélica, a quien conoció en el mercado Villa, lo abraza. Don Jesús comparte que, lamentablemente, hace 21 años, ella perdió la batalla contra el cáncer. Entonces acude a una fotografía que guarda en su cartera. En esa imagen, el librero está junto a su mujer. No duda en mostrarla a la cámara.
“Parece mentira, pero le he dicho a personas que si la volviera a ver pasar la elegiría de nuevo”.
EL SIGLO DE TORREÓN / Enrique Castruita
Don Jesús lamenta que los jóvenes se interesen más por los teléfonos celulares que por los libros, pero no pierde la esperanza de que cada mañana llegue un nuevo cliente preguntando por algún ejemplar de su agrado. Eso lo motiva a no bajar los brazos, a ser agradecido con la vida y resistir las inclemencias.
“Primeramente Dios, considero que me ha gustado mi trabajo, el aspecto de trabajar para mí mismo. Como quien dice, no trabajarle a nadie. Fuera de eso, me da gusto, porque Dios me permite estar ahí con mis hijos, con mis nueras, con mis nietos”.
Para quien desee visitar la nueva sede de la librería El Principito, esta se encuentra en avenida Juárez 222 poniente, casi esquina con calle Jiménez, en el centro de Torreón. También puede comunicarse al WhatsApp 871 461 6112.