Un chiste de la antigua Unión Soviética relataba que había un hombre repartiendo volantes en una estación del tren a la hora de mayor tráfico. No pasó mucho tiempo hasta que un operador de la KGB lo arrestó, para descubrir que las hojas que estaba repartiendo estaban en blanco. "¿Cuál es el significado de esto?", reclamó el agente. El hombre le responde. "¿Qué había que escribir? ¡Es tan obvio!". El punto del panfletista era que todo mundo entendería o rápidamente aprendería su mensaje porque era de sentido común. Todo mundo sabía que el régimen era ineficiente y opresivo, pero no todo mundo había llegado a la conclusión de su inviabilidad. Al llamar la atención en un espacio público, el panfletista estaba ayudando a darle vuelo al descontento que todo mundo compartía, muchos quizá sin saberlo.
La similitud de los chistes soviéticos con los del viejo sistema político mexicano es conocida y no parece perder actualidad. La abrumadora mayoría de los mexicanos nunca se enteró de la gran revolución electoral que experimentó el país en los noventa, del surgimiento de la democracia, la creación de entidades autónomas o la aparición de contrapesos al Poder Ejecutivo. Tampoco se ha enterado de las amenazas que penden sobre aquellos logros, el creciente control del partido gobernante o los riesgos que el fin de la democracia podría entrañar. Los dos Méxicos son reales, pero no enteramente desconectados.
La brecha que caracteriza al país es vasta y profunda, pero todos los mexicanos comparten agravios, demandas insatisfechas y enojos del más diverso orden. Los agravios que experimenta un campesino de la sierra de Oaxaca pueden parecerle triviales a un abogado encumbrado, pero para ese oaxaqueño no hay nada más importante que la falta de agua o de semillas o los abusos del funcionario que le compra sus cosechas o le vende insumos. Los agravios del abogado son otros, pero no menos reales.
El gran éxito del viejo sistema político radicaba menos en la compra de votos que en la gestoría para resolver los problemas que padecían los diversos grupos y a su atención se dedicaban operadores políticos a todos los niveles de la cadena, que incluía tanto al propio gobierno como al partido. Evidentemente, no todos los agravios se atendían o resolvían, pero la efectividad de la gestoría permitía que el país funcionase. Ciertamente, el esquema no estaba diseñado para alcanzar el desarrollo del país, asunto que sigue sin atenderse.
Morena construyó una nueva manera de acercarse y nutrir a su base clientelar y su éxito radica en la estructura de intercambios que incluye capacidad de movilización tanto para fines electorales como de presencia pública (como cuando la presidenta visita alguna determinada localidad) a cambio de las transferencias sociales. AMLO entendió a su base como nadie y la logró enganchar emocionalmente, pero también amarrarla con dinero con entregas sistemáticas, una innovación nada despreciable, como se ha podido atestiguar en los procesos electorales y en la satisfacción que muestra una significativa porción de la población. Todo lo cual evidentemente atenúa los enojos, pero no resuelve los agravios.
Como sugiere el chiste soviético, las causas y motivos del descontento no son nuevos ni son iguales para toda la ciudadanía, pues son pocos los mexicanos que no se sienten agraviados por alguno de los innumerables problemas que padece el país. Para algunos el agravio se deriva de los baches, en tanto que para otros es la falta de agua o la ausencia de medicamentos. Todos padecen la inseguridad en alguna de sus múltiples manifestaciones y seguro no hay ninguno que no aborrezca los abusos de la burocracia, la enorme corrupción, el maltrato de inspectores y funcionarios, las mentiras mañaneras o los discursos alejados de la realidad. Siendo esto tan obvio, y siguiendo la lógica del chiste soviético, la gran pregunta es qué es lo que hace que no haya un reclamo generalizado para resolver esos agravios tanto particulares como genéricos.
La Unión Soviética se colapsó por su incapacidad para satisfacer hasta las necesidades más elementales de su población. El México que en lugar de procurar resolver sus problemas de una vez por todas optó por reformarse parcialmente, generó dos consecuencias: una fue que se acentuaron las divisiones que lo caracterizaban; la otra fue que se resolvieron algunos problemas ancestrales, generando una era de inusitada estabilidad económica.
Aquellas reformas tuvieron lugar en un plazo breve y todo el resto fue, en palabras de otro de nuestros próceres, "nadar de muertito", sin reparar en las implicaciones de no atender los problemas nacionales de una manera integral. Paradójicamente, esa desidia creó las condiciones para que viviéramos la destrucción de todo, igual lo que funciona que lo que no, en estos últimos años.
Todo esto arroja la pregunta clave que todos los mexicanos, conscientemente o no, nos hacemos continuamente: ¿tiene salida esto? El chiste soviético me ha hecho reflexionar sobre el factor de convergencia que prácticamente toda la población comparte: los agravios contra los pésimos gobiernos que nos han tocado, independientemente de su retórica, colores o banderas. Algún día esos agravios serán la verdadera e imparable bandera de unidad nacional.
ÁTICO
El país padece divisiones profundas pero hay un factor que nos une a todos: los agravios proferidos por décadas de malos gobiernos.