Economía informal en México crece tres veces más que el PIB; análisis revela las causas
La Escuela de Negocios del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO) elaboró un análisis basado en cifras del Sistema de Cuentas Nacionales del INEGI que presentó a principios del mes de julio, en el que menciona que el Valor Agregado Bruto de la economía informal creció un 2.3 por ciento, mientras que el Producto Interno Bruto avanzó apenas un 0.7% en el año 2025, una diferencia de más del triple. Dicho de otro modo, el país no creció gracias a sus fábricas o inversión, sino gracias a las microempresas del sector informal, al autoempleo y al trabajo por cuenta propia que opera fuera del radar del SAT.
El dato se puede prestar al análisis simplista, al decir que “si tanta gente evade los impuestos, es por eso que la economía no crece” y resolver un problema histórico para el país, sin embargo, también se puede considerar que la informalidad no es la enfermedad de la economía mexicana, sino su síntoma más claro.
Por lo que, antes de hacer una interpretación, se debe considerar que el INEGI mide en dos vías a la informalidad; primero es a través del empleo mediante la Tasa de Informalidad Laboral que se presenta en la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) y que se refiere a cuántas personas trabajan sin seguridad social ni reconocimiento laboral. El segundo es con la informalidad en la producción, que se refiere a pesos y cuánto valor generan las actividades económicas con la Medición de la Economía Informal (MEI).
De acuerdo con datos de la MEI 2024, la economía informal aporta el 25.4 por ciento del PIB, pero esa cuarta parte de la riqueza total del país la produce, de acuerdo con la ENOE el 54.4 por ciento de la población ocupada en la informalidad. En contraposición, el sector formal genera el 74.6 por ciento (tres cuartas partes) del PIB con el 45.6 por ciento de los trabajadores que están en la economía formal. Esta desproporción de 3 a 1 es un problema de productividad y tiene una visión social, ya que las personas que forman parte de la informalidad no están en riesgo de estar en pobreza porque no se trabaja, sino porque trabajan en microempresas con poco valor agregado y sin acceso a capital y crédito.
Una pregunta relevante no es cuánto pesa la informalidad, sino por qué está creciendo, y los datos, al menos en los últimos años, apuntan a que el motor de la economía formal se está apagando y muestra señales de agotamiento, esto se puede observar mediante la inversión productiva que acumula diecinueve meses a la baja y en los primeros tres meses del 2026 cayó 2.3, 3.5 y 3.1 por ciento, respectivamente; también los patrones registrados en el IMSS se redujeron a poco más de un millón en mayo, lo que representa una contracción anual del 2.5 por ciento, siendo las microempresas de dos a cinco empleados las más afectadas.
Como se sabe, durante el primer trimestre del año la inversión extranjera directa (IED) Tuvo una cifra récord de 23 mil 591 millones de dólares, sin embargo, el 94.2 por ciento fue en el rubro de reinversión de utilidades de empresas ya instaladas en el país, no la llegada de nuevas inversiones.
Cuando la economía formal deja de crear empleos, la informalidad ocupa ese espacio, no porque “gane” terreno, sino porque las personas deben encontrar su sustento, además de que se tienen que absorber a un millón de jóvenes que cada año se suman al mercado laboral. Sin embargo, la informalidad ha ido cambiando su rostro, y ya no es solo la del trabajo ambulante, sino que en los últimos años se ha extendido a servicios profesionales y técnicos, y que en 2025 crecieron en un 9.6 por ciento. Ahora la informalidad también está representada por el diseñador que cobra por transferencia, el programador que no factura, el consultor sin contrato o el especialista que cobra de contado; son la nueva cara calificada de un fenómeno económico que se solía asociar solamente al puesto de la esquina.
La teoría económica lleva más de medio siglo discutiendo el tema a través de varias visiones; primero, está la dualista que la Organización Internacional del Trabajo (OIT) impulsó ampliamente en ella se considera que la informalidad es un espacio de subsistencia que absorbe a aquellos trabajadores que los sectores modernos no logran incluir, por lo que es una opción de exclusión y no una elección.
En segundo lugar, una visión estructural que plantea que la informalidad es parte del sistema económico y que solamente está subordinada al capital formal, que la usa para abaratar sus costos mediante la precarización del trabajo y la dependencia de proveedores. Y, por último, una visión más legal planteada por Hernando de Soto que sostenía que las personas eligen trabajar en la informalidad porque ser parte del sistema es muy costoso por los trámites, los pagos de impuestos y las regulaciones, frente a lo poco que ofrece estar en la legalidad.
Particularmente, el caso mexicano parece combinar las tres opciones, pero cuando cierran empresas y el único recurso son los negocios informales al mismo tiempo, como parece ocurrir desde 2025, lo que domina es la exclusión.
Que México crezca desde las sombras no es, en sí mismo, una catástrofe, ya que la informalidad ha sido durante décadas el amortiguador económico que ha impedido que el estancamiento se convirtiera en algo más complejo, pero, el problema es confundir al amortiguador con el motor, y un país que confía toda su dinámica económica a unidades con poca productividad, sin acceso a capital y financiamiento, comienza a renunciar a financiar su seguridad social y a capitalizar su bono demográfico que se agota rápidamente.
La verdadera pregunta no es ¿con cuánta economía informal se cuenta, sino qué se está haciendo para que la próxima década se construya sobre inversión productiva y empleo de mayor valor?