Ecos estoicos en la espiritualidad cristiana
Las enseñanzas de la filosofía estoica siguen vigentes en este tercer milenio. Sus postulados clave se han integrado en enfoques psicoterapéuticos contemporáneos. Entre ellos, la terapia racional emotiva de Albert Ellis, la terapia cognitivo-conductual de Aaron Beck y la logoterapia de Viktor Frankl. La gestión de emociones, la atención plena y el discernir qué podemos cambiar y qué no, son lecciones que debemos agradecer. También lo es la conciencia de que nuestra actitud ante los eventos tiene un impacto mayor que los eventos mismos en nuestra vida.
Bien se sabe que, desde hace siglos, algunas corrientes de la espiritualidad cristiana muestran asombrosas similitudes con el estoicismo. Tradiciones católicas como la benedictina, la carmelita y la jesuita contienen prácticas análogas a las de esta filosofía y añaden las dimensiones de la gracia, la revelación y el amor divino. Para Séneca, Epicteto y Marco Aurelio resultaba primordial liberarse de las pasiones destructivas que nublan la razón. Esto también tiene un lugar central en el cristianismo.
Benito de Nursia elaboró una sabia regla monacal para vencer los deseos desordenados, alcanzar la quietud interior y escuchar la voz de Dios. El carmelita Juan de la Cruz insistió en el desprendimiento de todo lo creado para unirse a la Divinidad: “Por toda la hermosura / nunca yo me perderé, / sino por un no sé qué / que se alcanza por ventura”. El fundador de los jesuitas, Ignacio de Loyola, escribió en sus Ejercicios espirituales: “...hemos de hacernos indiferentes a todas las cosas criadas... de una manera que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta”. Para él, hay que liberarse de las “afecciones desordenadas” y discernir la voluntad divina en todo lugar y momento.
Si el estoicismo —una filosofía práctica desde su origen— aporta una disciplina mental diaria para la armonía existencial, San Benito inculca el equilibrio del ora et labora. Él sabe que la rutina monástica, hacendosa y concentrada, somete al temperamento y fortalece el alma. Por otro lado, la mística carmelita exige centrarse en la presencia constante de Dios, sometiendo por completo la voluntad humana a la divina. Y la espiritualidad jesuita busca formar “contemplativos en la acción”.
Es notorio que el estoicismo y las tres tradiciones católicas aquí abordadas convergen en la búsqueda del desapego, el silencio interior y la fortaleza ante la adversidad. Coinciden en enseñar que la paz verdadera no depende de las circunstancias externas. Al contrario, nace del autodominio, la aceptación, el enfoque en lo trascendente y el cultivo indispensable de las virtudes.
Aunque las resonancias son evidentes, debe reconocerse una diferencia clave. Los estoicos buscan la autosuficiencia y la tranquilidad mental; los cristianos, la unión íntima con Dios. Para el estoico, la eudaimonía o felicidad se logra mediante el esfuerzo dictado por la razón. En cambio, para el benedictino, el carmelita y el jesuita, el motor último, el sentido de la vida y la liberación final dependen de la gracia divina y del amor al Verbo encarnado.
“En cosa ajena no poner nido” es la pertinente advertencia de Ignacio de Loyola. Él estaba convencido de que las consolaciones, el amor intenso y la devoción son siempre dones de Dios, no un mérito propio del alma. Además, si los estoicos profesan amor al destino (amor fati), los cristianos confían en la providencia divina, pero sabiendo que deben dar todo de sí cada día. “Actúa como si todo dependiera de ti, sabiendo que en realidad todo depende de Dios”, insiste el fundador de los jesuitas.
El estoicismo, con su innegable riqueza y utilidad, no deja de ser una perspectiva individualista. A fin de cuentas, se limita a las virtudes cardinales: prudencia, fortaleza, templanza y justicia. Estas son muy importantes, pero el cristianismo es, ante todo, solidario y empático. Por ello, siempre procura tres virtudes superiores: la fe, la esperanza y el amor.