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Reportaje

EE.UU. 250: Polarización, megalomanía y la celebración por una independencia de barras y estrellas

Las conmemoraciones del 4 de julio se dan en medio de una profunda polarización social y una notable apropiación partidista de los festejos por parte del presidente Donald Trump.

Foto: EFE

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CARLOS GONZÁLEZ

Estados Unidos celebra 250 años de su fundación. Los festejos por la independencia de la nación más antigua del continente americano llegan en medio de claroscuros: la imagen de un presidente Donald Trump omnipresente, el descontento por la guerra contra Irán, una inflación creciente, una desconfianza en aumento, la embestida contra sus principales socios europeos —así como Canadá y México—, además de una polémica política antiinmigración que ha provocado un cisma entre los propios estadounidenses. 

America 250 —o Freedom 250, como ha sido rebautizada en algunos eventos— pasó de ser un festejo por la emancipación estadounidense del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte a convertirse en una serie de acciones que enaltecen a Trump como si fuera un monarca. 

El más reciente acto conmemorativo consistió en la impresión del rostro del republicano en los pasaportes estadounidenses junto a la Declaración de Independencia y la bandera, acompañada de su firma en dorado. Pero la presencia de su nombre o imagen no se limita a este documento. 

Actualmente la lealtad ciega de funcionarios de todos los niveles de gobierno hacia el máximo líder del ejecutivo es tangible, tanto así que el Departamento del Tesoro, liderado por Scott Bessent, anunció que la firma del mandatario aparecerá en futuros billetes de dólar, lo que marcaría la primera vez que la rúbrica de un presidente en ejercicio se incluya en el papel moneda estadounidense. La emisión se prevé para antes del 4 de julio y, según el gobierno, busca destacar los logros económicos de esta administración. 

A esto se suma una moneda conmemorativa de oro de 24 quilates con la imagen de Trump apoyando sus puños sobre un escritorio, la cual ya se exhibe en la Galería Nacional de Retratos de Washington. 

El diseño, avalado por un comité federal de arte integrado por miembros nombrados por el propio Trump, ha sido cuestionado por la normativa que prohíbe representar a presidentes en ejercicio sobre dinero en circulación. 

Fuera del ámbito monetario, la figura del magnate se ha extendido al paisaje urbano de la capital estadounidense, Washington DC, donde grandes fotografías suyas cubren fachadas de edificios en una omnipresencia visual poco habitual para un presidente en funciones. 

Su rostro también se ha abierto paso en el ámbito del senderismo, ya que protagoniza los pases anuales de los parques nacionales como parte de las celebraciones por el Día de la Independencia, de modo que el acceso a montañas y bosques viene ahora acompañado de un retrato oficial. 

Banners de Donald Trump y Abraham Lincoln en las oficinas del Departamento de Agricultura como parte del America 250. Foto: AFP/ Mandel Ngan
Banners de Donald Trump y Abraham Lincoln en las oficinas del Departamento de Agricultura como parte del America 250. Foto: AFP/ Mandel Ngan

De la misma forma que ha convertido su apellido en una especie de marca comercial, su nombre ha buscado la forma de estar presente, tallado en piedra y acero, en el imaginario colectivo estadounidense de su segundo mandato. 

En diciembre de 2025, el Departamento de Estado presentó la nueva fachada del Instituto de la Paz de Estados Unidos, con el rótulo de “Instituto de Paz de Estados Unidos Donald J. Trump”, rebautizando así, por primera vez, un centro creado por el Congreso y dedicado durante décadas al estudio y la prevención de conflictos. 

Pocas semanas después, el histórico Centro Kennedy de Washington, principal recinto de artes escénicas de la ciudad y memorial oficial de John F. Kennedy, fue renombrado por su junta directiva como Centro Donald J. Trump y John F. Kennedy, una decisión que desató el malestar de la familia Kennedy y abrió el debate sobre hasta qué punto el presidente puede transformar un legado cultural de esta índole. 

No obstante, este cambio fue cancelado tras la orden de un juez federal el pasado mes de junio, cuando sentenció que el nombre y apellido del actual mandatario debían ser retirados. 

En ese mismo tenor, el juez impidió que el edificio fuera cerrado por dos años por supuestas remodelaciones. La decisión de cierre surgió luego de que se produjeran boicots por parte de artistas tras la polémica toma de control de la junta directiva del centro, liderada por Trump y conformada por simpatizantes que él mismo eligió. 

El malestar del republicano no se hizo esperar y, horas después de la sentencia, reaccionó al fallo con dureza y aseguró que el juez “debería avergonzarse de sí mismo”, al tiempo que acusó a la izquierda de preferir que el centro cultural “muera antes que permitir que el presidente lo transforme en algo de lo que todos puedan sentirse orgullosos”. 

Además, en otro intento también frustrado en tribunales, Trump llegó incluso a plantear que se rebautizara el aeropuerto Washington-Dulles y la estación Penn de Nueva York con su nombre como condición para desbloquear fondos federales destinados a un proyecto ferroviario en la Gran Manzana, valorado en unos 16 mil millones de dólares. 

DESCONTENTO HACIA LA OMNIPRESENCIA DE TRUMP 

Donald Trump cumplió 80 años el domingo 14 de junio, por lo que no ha desaprovechado la oportunidad para que las celebraciones previas y posteriores a su cumpleaños empaten con los festejos de America 250, lo que ha convertido la fiesta nacional en una particular del inquilino de la Casa Blanca. 

Evento de la UFC celebrado en la Casa Blanca el pasado junio. Foto: Getty Images/ Kent Nishimura-Pool
Evento de la UFC celebrado en la Casa Blanca el pasado junio. Foto: Getty Images/ Kent Nishimura-Pool

El evento insignia de junio fue una velada de artes marciales mixtas en el jardín sur de la Casa Blanca. La noche de combates estuvo a cargo de la UFC (Ultimate Fighting Championship), que es la principal organización de MMA del planeta. Cabe destacar que Trump, asiduo fanático de los deportes de combate, tuvo negocios en el mundo del boxeo y de la lucha libre, y mantiene desde hace décadas una estrecha amistad con Dana White, presidente de la UFC. Es decir, ha sido un gran aliado de las MMA, cuya audiencia está configurada en gran parte por votantes del republicano, en general hombres blancos. 

El 24 de junio, el mandatario encabezó un mitin luego de un giro a la programación original de la Great American State Fair (Gran Feria Estatal Americana) tras la cancelación de varias presentaciones previstas en la cartelera, lo que obligó a los organizadores a replantear el acto inaugural. 

Diversos medios dieron a conocer que el motivo de cancelación de los artistas fue que inicialmente se les había planteado como una conmemoración de aniversario de la Declaración de Independencia de Estados Unidos, es decir, un evento apartidista para rendir homenaje a la nación. Sin embargo, cuando se dieron cuenta de la fuerte presencia de Trump en los festejos de America 250, decidieron retirarse. 

El festival estatal, que se extenderá hasta el 10 de julio, contará con pabellones de los 50 estados del país, exhibiciones históricas y actividades culturales. 

Los actos conmemorativos del 250 aniversario de Estados Unidos también han hecho emerger a la superficie las crecientes dudas sobre el estado físico y mental de Donald Trump, quien asegura gozar de una “salud de hierro” ante los crecientes cuestionamientos sobre su capacidad para desempeñar el cargo. 

Es el presidente de mayor edad que ha tenido el país en su historia, y sus constantes arrebatos han provocado una serie de críticas constantes de opositores, principalmente demócratas, quienes además han encendido las alarmas por la aparición de hematomas en las manos del mandatario —que intenta disimular con maquillaje—, por sus tobillos hinchados y sus episodios ocasionales de somnolencia en actos públicos. 

Jay Olshansky, experto en envejecimiento y salud presidencial, explica a la agencia española EFE que sólo un 15 por ciento de las personas de 80 años “mantiene capacidades cognitivas propias de individuos décadas más jóvenes”, algo que sostiene Trump, pues asegura sentirse “tan vigoroso como a sus 50 años”. 

Han surgido cuestionamientos sobre la salud de Donald Trump luego de aparecer en público con hematomas en las manos. Foto: Getty Images/ Chip Somodevilla
Han surgido cuestionamientos sobre la salud de Donald Trump luego de aparecer en público con hematomas en las manos. Foto: Getty Images/ Chip Somodevilla

Según el último informe médico de la Casa Blanca, tras una revisión en mayo pasado, el presidente, de 1.90 metros y 108 kilogramos, goza de “excelente salud” y es “totalmente apto” para ejercer como comandante en jefe. 

El reporte atribuye los hematomas al uso de aspirina y a los constantes apretones de manos, y señala que la hinchazón en los tobillos ha mejorado respecto al año pasado, cuando fue diagnosticado con insuficiencia venosa crónica, una afección común en adultos mayores. 

El republicano no fuma ni bebe alcohol, aunque, según su secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr., sigue una dieta realmente mala, basada en comida rápida, dulces y refrescos. El propio Trump también ha declarado públicamente que no se ejercita, basándose en la creencia de que “el cuerpo es como una batería y conforme más actividad física se haga, se agota más rápidamente”. 

El informe de salud, el cuarto desde su regreso a la Casa Blanca, se ha publicado mientras el presidente busca proyectar fortaleza de cara a las elecciones de medio mandato que se llevarán a cabo en noviembre. Pese a los resultados presentados, el 55 por ciento de los estadounidenses considera que su edad y su estado físico y mental no son adecuados para el cargo, según un análisis de encuestas difundido en mayo por CNN. 

Es así que los actos conmemorativos en Estados Unidos atraviesan actualmente una constante polémica porque no están ligados a sus 250 años como nación independiente, sino a una omnipresencia impuesta por el propio Trump y que ha causado descontento social. 

Las críticas hacia su actuar no vienen sólo de los demócratas. Aunque los cuestionamientos más duros sí provienen de sectores de la oposición, voces conservadoras también han mostrado una creciente incomodidad con la vinculación de los festejos nacionales con la figura del presidente. 

Cabe aclarar que las objeciones públicas más visibles no han llegado principalmente de legisladores republicanos, sino de comentaristas conservadores y personalidades afines a la derecha que consideran que America 250 corre el riesgo de convertirse en una extensión de la política partidista emprendida por Donald Trump. 

Por otra parte, el pasado marzo se realizaron manifestaciones a nivel global bajo la consigna “No Kings” (No reyes), donde se reportaron más de tres mil 300 protestas en contra de las acciones del presidente estadounidense, las mayores concentraciones con este objetivo registradas hasta ese momento. 

Protesta en Los Ángeles del movimiento No Kings contra las políticas de Donald Trump. Foto: Britannica
Protesta en Los Ángeles del movimiento No Kings contra las políticas de Donald Trump. Foto: Britannica

La coalición, conformada por unos 400 grupos —como Amnistía Internacional, Indivisible, varios sindicatos y la Unión de Libertades Civiles Estadounidenses (ACLU)—, sostuvo que las marchas en los 50 estados del país condenaron el autoritarismo que perciben en el segundo mandato de Trump, en particular los presuntos abusos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) y los operativos migratorios, que en enero resultaron en la muerte de dos ciudadanos estadounidenses en Minnesota. 

Las manifestaciones tuvieron presencia mientras la desaprobación a Trump alcanzó el mayor nivel en sus dos administraciones, pues un 59 por ciento de los estadounidenses reprueba su gestión. La cifra, tras más de 510 días del inicio de su segundo mandato, se ha mantenido en ese porcentaje. 

EL SUEÑO AMERICANO SE RESQUEBRAJA 

Conforme avanzan los preparativos para el 250 aniversario de Estados Unidos como nación independiente, un sondeo del Centro de Investigación de Asuntos Públicos de The Associated Press-NORC puso de relieve la inquietud que sienten muchos ciudadanos acerca del futuro de su gobierno representativo, particularmente entre los jóvenes. 

Los resultados presentan un contraste inédito: los estadounidenses tienen menos probabilidades de considerar que un gobierno elegido democráticamente es “extremadamente” o “muy” importante para la identidad nacional en comparación con hace apenas unos años. Cerca de dos tercios de los adultos aseguran que sí es muy relevante, sin embargo, en 2021 el porcentaje de los que tenían esta convicción era del 80 por ciento. 

Por otro lado, una cuarta parte de los estadounidenses afirma que su país está por encima de todos los demás en el mundo, mientras que el 44 por ciento sostiene que es uno de los mejores junto con algunos otros. Pero cerca de un 30 por ciento sostuvo que no es así, un aumento frente al 19 por ciento en el sondeo realizado en junio de 2016. 

Los jóvenes son los que menos creen que Estados Unidos sea especial. Cerca del 44 por ciento de los adultos menores de 30 años dice que hay otras naciones mejores, en comparación con el 22 por ciento de los adultos de 60 años o más. 

La encuesta encontró, además, un cinismo generalizado en torno a la idea de Estados Unidos como la tierra de las oportunidades. Alrededor del 51 por ciento de los ciudadanos considera que el llamado “sueño americano” —la creencia de que el trabajo duro tendrá una recompensa— antes existía, pero ya no. Casi un tercio sostiene que todavía es cierto, mientras que el 15 por ciento afirma que nunca lo fue. 

Menos de la tercera parte de los estadounidenses sigue creyendo en el sueño americano. Foto: Unsplash/ AussieActive
Menos de la tercera parte de los estadounidenses sigue creyendo en el sueño americano. Foto: Unsplash/ AussieActive

Este escepticismo se encuentra más extendido entre demócratas e independientes que entre republicanos. La mayoría de estos últimos, el 57 por ciento, dice que el sueño americano prevalece, en comparación con menos de la cuarta parte de los independientes y sólo el 17 por ciento de los demócratas. 

Los republicanos también son mucho más propensos a ver a Estados Unidos como excepcional. Cerca de la mitad de ellos cree que su país está por encima de todos los demás, mientras que sólo el siete por ciento de los demócratas tiene esa perspectiva. 

La polarización ciudadana es profunda cuando se trata de acoger perspectivas diversas: aproximadamente el 51 por ciento dice que la posibilidad de que personas de otras partes del mundo lleguen a su país para escapar de la violencia o encontrar oportunidades económicas es “extremadamente” o “muy” importante para la identidad nacional, mientras que el resto no lo ve así. 

Algo similar ocurre con la mezcla de culturas y valores de todo el mundo, que alrededor del 55 por ciento de los encuestados considera relevante. Sin embargo, aquí también hay una variación marcada según el partido político: sólo alrededor del 40 por ciento de los republicanos ve esa mezcla cultural como algo central para la identidad nacional, en comparación con el 76 por ciento de los demócratas. 

De la otra cara de la moneda, poco más del 56 por ciento de los estadounidenses dice que una cultura nacional compartida y un conjunto de valores son “extremadamente” o “muy” importantes para la identidad del país, frente al 65 por ciento en 2017. 

Cabe recalcar que los resultados del sondeo surgen tras una creciente polarización dentro de la sociedad estadounidense que se intensificó en el segundo mandato de Trump, quien ha radicalizado su discurso político y hecho de su imagen el centro de las celebraciones de America 250. 

VÍNCULOS DE ADMIRACIÓN Y TENSIÓN 

El 4 de julio de 1776, el Segundo Congreso Continental de Estados Unidos aprobó la Declaración de Independencia en Filadelfia. El pergamino, redactado principalmente por Thomas Jefferson, decretó la independencia de las trece colonias del Imperio Británico. Desde ese momento, si bien prevalecieron tensiones entre el naciente país y los europeos, la relación fue evolucionando hasta llegar a una admiración británica hacia los estadounidenses. Pero actualmente enfrenta matices complejos. 

Actualmente sólo la mitad de los adultos británicos manifiestan admiración hacia Estados Unidos. Foto: iStock
Actualmente sólo la mitad de los adultos británicos manifiestan admiración hacia Estados Unidos. Foto: iStock

Ser británico y sentirse decepcionado por la realidad de Estados Unidos no es un fenómeno nuevo. El célebre escritor Charles Dickens le aseguró a un amigo que se sintió exactamente así durante su visita de 1842 a la nueva nación, donde fue agasajado desde Boston hasta Nueva York y Washington —y, según se dice, ganó una fortuna con lecturas públicas de su obra—. 

Le horrorizó la práctica de la esclavitud, que Reino Unido había abolido en 1833. Y la celebrada libertad de expresión que los estadounidenses habían consagrado en la Primera Enmienda, escribió, se había torcido con “una prensa más mezquina, insignificante, tonta y vergonzosa que la de cualquier país que yo haya conocido”. Además, en un cuaderno de viajes escribió que los estadounidenses escupían en público, una “costumbre asquerosa”. 

“Esta no es la República que vine a ver. Esta no es la República de mi imaginación”, le escribió a William Charles Macready el 22 de marzo de 1842. “En todos los aspectos salvo en el de la educación nacional, el país me decepciona”. 

Con el tiempo, la historia de la relación entre Washington y Londres se desarrolló de tal manera que ningún acontecimiento ni presidente puede definirla. 

Varios puntos de inflexión impulsaron a Reino Unido a tomarse en serio a Estados Unidos como una potencia permanente y no como un capricho rebelde y pasajero. Uno de los principales episodios fue la Guerra de 1812, que reforzó el sentido de independencia estadounidense y consolidó a la nación como una sólida fuerza comercial y militar a tener en cuenta. 

El nuevo país sobrevivió luego a su propia Guerra Civil. Después, antes de que transcurriera un siglo, Estados Unidos ayudó a Reino Unido a evitar la ocupación nazi y, junto con el resto de las potencias aliadas, derrotó a Alemania en la Segunda Guerra Mundial. Cuatro décadas más tarde, la célebre amistad entre el presidente Ronald Reagan y la primera ministra Margaret Thatcher contribuyó a impulsar el colapso de la Unión Soviética en 1991. 

Sin embargo, Trump redefine constantemente el “vínculo especial” entre ambas naciones. Crecientes y constantes descalificaciones contra el primer ministro británico Keir Starmer han puesto en entredicho la relación entre los líderes, más no del todo entre Estados Unidos y Reino Unido. 

Los principales golpes han sido la condena de Trump a Starmer de no sumarse a la guerra contra Irán, la descalificación del papel del ejército británico en Afganistán, así como el considerar como su par al rey Carlos III y no al primer ministro. 

El primer ministro británico Keir Starmer ha sido criticado por Trump al no involucrarse en la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. Foto: EFE/ Jaimi Joy
El primer ministro británico Keir Starmer ha sido criticado por Trump al no involucrarse en la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. Foto: EFE/ Jaimi Joy

Las encuestas muestran que los británicos se han desencantado de Estados Unidos. El 68 por ciento de los adultos desaprobaba el liderazgo estadounidense en una encuesta de Gallup realizada a finales del verano y comienzos del otoño de 2025. 

Eso está, en términos generales, en línea con las opiniones sobre el liderazgo de Donald Trump durante su primer mandato, y por debajo de la aprobación del expresidente demócrata Joe Biden, a quien alrededor del 45 por ciento de los adultos de Reino Unido le dio el visto bueno. 

La Encuesta de Actitudes Globales 2025 del Pew Research Center, realizada en la primavera de ese año, encontró que aproximadamente la mitad de los adultos británicos tenía una opinión favorable de Estados Unidos. Sin embargo, habían mostrado una visión más positiva en los dos primeros años de la presidencia de Biden, cuando cerca de dos tercios tenían una buena valoración del país. Esa cifra cayó al 54 por ciento para la primavera de 2024, el último año de su mandato. 

Hoy en día, los británicos reconocen una larga lista de cualidades estadounidenses que admiran junto a otras que los enfurecen o desconciertan, pero encabezando la lista de estas últimas se encuentra Trump, el presidente número 47 en esta línea temporal en la que Estados Unidos ha cumplido 250 años de independencia. 

Pese a los claroscuros, el país de las barras y las estrellas celebra este 4 de julio no sólo su independencia, sino también la historia de cómo la emergente nación de 1776, compuesta sólo por 13 territorios, se convirtió en la superpotencia global que durante décadas fue —y para algunos aún es— una tierra que albergaba racismo, violencia armada, desplazamientos forzados y genocidios culturales, pero también alivio económico, oportunidades laborales y un refugio de esperanza para quienes buscan una nueva vida.

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