La talla de un gobierno -y especialmente de sus políticas- se mide por su eficacia y no por sus intenciones o las emociones que su actuar pudiera generar. En un discurso más o menos reciente, Tony Blair, el ex primer ministro británico, abundó sobre este punto de manera por demás lúcida: "Después de diez años de ser primer ministro y quince de experiencia trabajando con gobiernos de todo el mundo, he aprendido una cosa: todo es sobre resultados (delivery)... El reto es eficacia".
Los discursos en Davos generaron mucho debate y desataron emociones encontradas, pero lo que cuenta al final del día son los resultados y, en eso, la presidenta Sheinbaum va adelante.
El mundo lleva varios años convulsionado por el choque de expectativas frente a las realidades y desajustes que la tecnología, la era de la información y la creciente integración económica a lo largo y ancho del mundo han generado.
El primer gobierno del presidente Trump ya presagiaba un abandono de las premisas que habían sustentado la interacción entre las naciones luego de la Segunda Guerra Mundial y, particularmente, a partir del fin de la Unión Soviética, pero este segundo periodo se ha caracterizado por un embate sistemático contra todos los sustentos del llamado viejo "orden mundial". Virtualmente no hay país del mundo que no haya experimentado presiones de uno u otro tipo, pero, inexorablemente, los dos vecinos y socios del T-MEC se han visto particularmente vulnerables.
Canadá y México han actuado de maneras muy distintas. Los canadienses guardan una relación que se remite a la independencia norteamericana y su cercanía ha sido históricamente insuperable. Los ataques, sobre todo verbales, que han sufrido dese que fue electo Trump por segunda ocasión tuvieron un impacto dramático sobre la sociedad canadiense, que los percibió como una traición y una ofensa inconmensurable. Eso explica en buena medida la forma en que ha respondido a partir de entonces, el triunfo de Carney como primer ministro y la popularidad de su búsqueda por lograr una diversificación económica y política respecto a Estados Unidos.
La relación de México con el coloso del norte es muy distinta. La historia es otra: la turbulencia de la vecindad se remite a la guerra de 1847, a la que siguieron otras invasiones menores. Para los mexicanos, tanto a nivel de personas como del país en su conjunto, la relación es transaccional, por lo que el golpeteo reciente constituye no más que otra faceta de una larga interacción llena de altibajos. Por primera vez, México es la nación que goza del privilegio de evaluar la relación con frialdad.
Es en este contexto que pienso que debe inscribirse el elocuente y extraordinario discurso de Mark Carney en Davos. Un discurso emotivo y bien estructurado que tocó fibras sensibles porque expresó con gran clarividencia el enojo y resentimiento que el presidente norteamericano ha desatado en todo el mundo.
Me pregunto, sin embargo, si su postura es realista y, por lo tanto, relevante. La pregunta no es ociosa, porque de la respuesta depende la diferencia en la eficacia de la estrategia seguida por los gobiernos canadiense y mexicano, respectivamente.
La afirmación del primer ministro de que "si no estás sentado en la mesa eres parte del menú" caló fuerte en México porque muchos le atribuyen subordinación a la presidenta frente a la actitud combativa y principista del canadiense. Hasta hoy, antes de este discurso, los dos países habían seguido estrategias contrastantes, pero con casi idénticos resultados prácticos. Dada la volubilidad del presidente norteamericano, no me es claro que así vaya a continuar, pues no es inconcebible que intentara penalizar al canadiense por su "insubordinación". Ir a las patadas con Sansón no parece una estrategia razonable cuando la asimetría de poder real es tan brutal como la que caracteriza a estos dos países (y a casi todo el mundo) frente a Estados Unidos. Por otro lado, es posible que la Suprema Corte estadounidense tumbe la estrategia arancelaria del presidente Trump, pero eso no le retiraría todos los instrumentos a su alcance para afectar los intereses de otras naciones. El futuro es incierto de cualquier manera, pero no parece sensato patear al pesebre...
Las dos economías están íntimamente conectadas con la estadounidense y el grado de integración es tan profundo que el motor principal de crecimiento de ambas es el mismo: la economía norteamericana. Por otra parte, siempre ha habido fuerzas políticas en ambos países que preferirían distanciarse de Estados Unidos, Morena siendo un perfecto ejemplo de ello. Y, sin embargo, las obvias ventajas y trascendencia de la vinculación económica han superado cualquier preferencia ideológica.
En este contexto, uno debería preguntarse ¿cuál ha sido la mejor estrategia, la de la presidenta Sheinbaum o la del primer ministro Carney? La historia de la relación con el presidente Trump todavía está lejos de haber sido escrita, pero una cosa resulta obvia: la constancia y consistencia que ha caracterizado a la presidenta en sus interacciones con Trump han permitido mantener las cosas en alguna semblanza de orden, independientemente de los enormes problemas de seguridad y gobernanza que son inocultables. Nada garantiza éxito, pero, por ahora, ahí vamos...
ÁTICO
Los discursos generan emociones, pero éstas no siempre conducen a solucionar problemas, como ilustró la poesía que espetó Carney.