Durante los últimos años, la literatura latinoamericana ha visto surgir un fenómeno particularmente interesante. Un conjunto de escritoras que han revitalizado las narrativas del terror, la extrañeza y lo perturbador. Aunque con frecuencia se habla de un boom, quizá sea más preciso pensar en una conversación compartida entre autoras que, desde distintos países y tradiciones, han encontrado en dicho género, estilo y temáticas una forma de explorar las inquietudes de nuestro tiempo.
Muchas de estas obras no recurren al terror clásico. Sus páginas están habitadas por amenazas menos visibles, pero acaso más inquietantes: la violencia cotidiana, el deterioro de los vínculos, la vulnerabilidad de los cuerpos, la precariedad de la vida contemporánea o la creciente sensación de que la naturaleza ya no es ese fondo estable sobre el que transcurre la experiencia humana. Lo perturbador aparece como algo que ya estaba allí, esperando ser observado, no como algo sobrenatural.
En ese panorama, la escritora uruguaya Fernanda Trías ocupa un lugar. Su obra ha construido una exploración original de la fragilidad humana y de las relaciones entre las personas y su entorno. Sus novelas suelen situar a los personajes en escenarios donde lo íntimo y lo colectivo se entrelazan, revelando fisuras que poco a poco se vuelven imposibles de ignorar.
Su novela El monte de las furias ofrece un ejemplo de esta sensibilidad. Desde las primeras páginas, el paisaje deja de ser un simple escenario para convertirse en una presencia que condiciona la vida de quienes lo habitan. La montaña observa, guarda secretos, acumula memorias y parece participar activamente en los acontecimientos. No se trata de una naturaleza idealizada ni de un refugio romántico; es una fuerza compleja, capaz de proteger y destruir.
La novela construye su potencia precisamente en esa ambigüedad. Trías no necesita recurrir a grandes revelaciones ni a escenas espectaculares para generar inquietud. La amenaza se instala de forma lenta y persistente, como una niebla que avanza sin que podamos señalar el instante exacto en que comenzó a rodearlo todo. El lector percibe que algo se mueve bajo la superficie de la historia, aunque nunca termine de comprenderlo por completo.
Una aportación de estas escritoras contemporáneas es precisamente que sus obras nos recuerdan que el terror no consiste únicamente en producir miedo. Han demostrado que también puede ser una forma de conocimiento. Que lo perturbador no solo sirve para asustarnos, sino también para obligarnos a mirar aquello que preferimos mantener oculto. En tiempos de incertidumbre, sus libros nos recuerdan que los monstruos más persistentes rara vez llegan desde afuera; suelen esperar, silenciosos, en los márgenes de nuestra propia realidad.