Foto: El Universal / Nicolás Schiller
El 11 de junio del 2026 sonará un silbatazo con tintes históricos. Por primera vez un país será sede por tres ocasiones de la Copa Mundial de Futbol. Esto ocurrirá en el templo nacional de este deporte: el Estadio Azteca, que recientemente, por motivos comerciales, fue rebautizado con el nombre de un banco. ¿Qué pesa más en la actualidad? ¿El vasto pasado prehispánico o la banca? Junto al balón, pronto rodarán muchos temas que trascienden lo deportivo y que nos invitan a reflexionar sobre cuestiones sociales, culturales, políticas y geográficas. Los ojos del mundo estarán en Norteamérica y en la periferia de esta gran cancha seremos testigos de la historia.
MARCADOR GLOBAL
Además de nuestro país, Estados Unidos y Canadá participarán en la organización del que será el primer Mundial con 48 selecciones, mismas que representan casi una cuarta parte de todas las naciones que existen actualmente. Esta expansión no es un simple ajuste logístico, sino una señal clara de cómo el futbol busca adaptarse a las tendencias económicas y políticas. Vale la pena recordar que hay más selecciones afiliadas a la FIFA que países miembros de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).
La inclusión de más equipos abre la puerta a nuevas geografías futbolísticas, pero también responde a una lógica de expansión de mercados. El futbol ya no sólo requiere de espectadores; busca consumidores. Y en ese proceso, redefine constantemente sus fronteras. 4
Para reconocer la influencia política y económica del futbol y de la FIFA a nivel mundial, es de destacar que en los últimos dos años Gianni Infantino, el presidente de este organismo, se reunió más veces con Donald Trump que cualquier otro jefe de Estado. Incluso, el presidente estadounidense recibió el “Premio FIFA de la Paz”, un galardón inventado ex profeso para consolarlo al no haber obtenido el Premio Nobel de la Paz. Este tipo de gestos evidencian la cercanía que existe entre el juego y el poder.
Desde sus inicios, el futbol ha sido una herramienta para medir el pulso social. En él se reflejan desigualdades, conflictos y aspiraciones colectivas. No es casualidad que las grandes potencias busquen protagonismo en este tipo de eventos: el balón también es un instrumento diplomático.
Cuando millones de personas dirigen su atención hacia un mismo espectáculo, se abre una oportunidad única para moldear percepciones. En este contexto, el Mundial funciona como un escenario de legitimación simbólica. Los países anfitriones no sólo organizan partidos, sino que construyen narrativas sobre sí mismos.

En el pasado, la Italia fascista de Mussolini, la Argentina de Videla y la Rusia de Putin han organizado esta justa y han presentado ante el mundo un discurso cuidadosamente construido en el que la política invade el campo. En 2026, los Estados Unidos de Donald Trump recibirán la mayoría de los partidos, contando así con la oportunidad de reafirmar su liderazgo económico y el poder duro que ha ejercido durante la administración actual.
Por su parte, Canadá y México también podrán desplegar mensajes hacia el mundo. En ambos casos, quizá se decida proyectar una imagen matizada en la que destaque el poder blando de ambas naciones. Sin embargo, estas estarán en cierta medida subordinadas a la lógica regional.
La sede compartida diluye protagonismos y obliga a redefinir el papel nacional: ¿ser anfitrión o socio? La diferencia no es menor. En este juego, quien controla el balón en términos políticos también dicta el ritmo de la conversación global.
El calendario marcará partidos, pero también jerarquías. Estados Unidos concentrará la mayoría de los encuentros y, con ello, el flujo principal de audiencias y capital. Canadá aportará estabilidad institucional y una imagen progresista. México, en cambio, ofrecerá algo menos cuantificable pero sumamente valioso: identidad, historia y una relación emocional con el futbol que no se mide en estadísticas.
La geopolítica del torneo también se juega en las fronteras. Norteamérica es una región atravesada por tensiones migratorias, acuerdos comerciales y debates identitarios. Durante el Mundial, estas líneas divisorias se volverán más visibles. El tránsito de aficionados entre países será, en sí mismo, un recordatorio de las dinámicas de inclusión y exclusión que caracterizan a la región. De la misma forma, las tensiones vigentes en Groenlandia, Ucrania, Palestina e Irán tendrán eco en las distintas sedes de la competencia.
En este contexto, México tiene un papel paradójico. Es capaz de organizar eventos de talla mundial, pero al mismo tiempo convive con problemáticas estructurales que no pueden ignorarse. El Mundial las expondrá bajo una lupa global.
VOLARSE LA BARDA
La frontera entre México y Estados Unidos representa el medio campo más conflictivo e interesante de la región. Más allá de la división territorial, esa línea imaginaria marca diferencias lingüísticas, económicas, culturales y políticas. Sin embargo, todas las fronteras provocan el contacto entre los pueblos vecinos. Las prácticas se mezclan y en algún punto, a ambos lados de la cancha, el juego comienza a parecerse.

Según el Pew Research Center, casi 40 millones de personas de origen mexicano viven en Estados Unidos, convirtiéndose en el grupo de origen extranjero más grande del país. Para muchos de ellos, el futbol no es sólo entretenimiento, sino una forma de mantener el vínculo simbólico con sus raíces. A diferencia de Estados Unidos, el balompié es el deporte más popular en México. Continuar apoyando a un club de la Liga Mexicana significa una forma de seguir conectado a las prácticas locales. Sin embargo, es mucho más evidente la relación nostálgica que existe con la Selección Mexicana, pues cada partido se transforma en un acto de pertenencia.
En ciudades como Los Ángeles, Phoenix, Dallas o Chicago, la selección es capaz de convocar a más de 80 mil personas cada vez que se presenta. Este fenómeno no es casual; responde a décadas de migración que han llevado consigo tradiciones, lenguajes y rituales que encuentran en el futbol un espacio de expresión colectiva.
El escritor español Javier Marías señala que “el futbol es la recuperación semanal de la infancia”. En el caso de los mexicanos que viven en el exterior, podría añadirse que también es la recuperación recurrente de las prácticas culturales de la infancia. Presenciar un partido de la Selección Mexicana en Estados Unidos es una experiencia que trasciende lo deportivo. Alrededor del balón convergen elementos gastronómicos, lingüísticos e incluso religiosos. Esta es probablemente una de las formas más visibles de resistencia cultural y del despliegue de símbolos de un pueblo migrante de manera pública.
Para Richard Guel, mejor conocido como “El Coronel” y líder de la Pancho Villa’s Army, la Selección Mexicana representa un icono que cohesiona a toda la comunidad. “El Coronel” expresa que los partidos del Tri “son una oportunidad de celebrar la cultura mexicana con música, familia, amigos y comida”, y “uno de los mejores sentimientos es escuchar el himno nacional mexicano en los estadios”.
El Pancho Villa’s Army o el Ejército de Pancho Villa es el grupo de animación más numeroso de la Selección Mexicana en Estados Unidos. Ha llegado a contar con más de 15 mil miembros activos y se organiza en batallones que cubren todo el territorio norteamericano. Resulta interesante que la pasión futbolera provoque la asociación de miles de personas con una herencia común.
Símbolos como el escudo patrio, la Virgen de Guadalupe, las máscaras de luchadores y los sombreros de charro conviven en los encuentros de la selección para proyectar discursos que van más allá de un marcador. Asistir a uno de estos partidos en Estados Unidos es más un ritual que un acto deportivo.

La mezcla de símbolos con un aire de añoranza, inherente a cualquier proceso migratorio, es visible en la cultura mexicoamericana. Lejos de interpretar este sincretismo de forma purista, podemos reconocer el valor de las prácticas culturales que millones de mexicanos manifiestan en lo que David R. Maciel llama “el México de afuera”. En su libro titulado El México de afuera: historia del pueblo chicano (FCE, 2021), el autor nos acerca al concepto de otro México que se encuentra fuera del territorio nacional, cuyas aportaciones han contribuido en los últimos dos siglos a conformar una identidad transnacional e incluso a moldear las referencias culturales y económicas del país.
En la misma sintonía, Jorge Mata, creador de contenido y activista mexicoamericano, expresa que la selección es un referente para mexicanos de distintas generaciones. No importa si se trata de una persona recién llegada o de alguien nacido en Estados Unidos, el Tri es un lenguaje en común. Cada gol se celebra como si ocurriera en casa, aunque la distancia geográfica diga lo contrario.
El sociólogo David Goldblatt ha escrito que el futbol moderno es “una industria global con raíces locales”. Esta definición encaja con precisión en la relación entre México y Estados Unidos.
En los grupos que apoyan al Tri, el interés por el futbol incluso ha detonado acciones filantrópicas y sociales. Después de las redadas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE por sus siglas en inglés), distintos colectivos se han organizado para rechazar las políticas migratorias de la administración actual y apoyar a personas que necesitan asistencia legal. La articulación de estas asociaciones trasciende temas meramente futbolísticos.
IDENTIDAD CHICANA
La Selección Mexicana es probablemente la única escuadra nacional que juega más partidos de local fuera de su territorio que dentro del mismo. Año tras año, suele haber más juegos en Estados Unidos que en México. Esto ha representado una fuente de críticas desde ciertos sectores de la afición y de los medios de comunicación mexicanos. Sin embargo, conviene analizar los motivos con más atención.
Si bien se generan cientos de millones de dólares tanto en patrocinios como en entradas, mercancía y derechos televisivos, la raíz del asunto es más profunda. El motivo por el cual tantas personas siguen al Tri en Estados Unidos no puede reducirse a un argumento económico. La migración mexicana hacia este país, que según el Banco Mundial ha sido una de las más grandes del mundo en las últimas décadas, ha creado comunidades que viven entre dos identidades. El futbol funciona como un lenguaje común que permite reconciliar esa dualidad.

En palabras de Yarely Alonso, capitana del batallón del Pancho Villa’s Army en San Antonio, Texas: “La selección es un icono de la mexicanidad para quienes viven en el otro lado del río Bravo y asistir a los partidos representa algo muy importante para la comunidad. No importa lo que cueste un boleto, siempre vale la pena ir a ver al Tri”.
La decisión de seguir al equipo nacional sin importar el costo de los boletos o la situación por la que este atraviese, demuestra una lealtad constante por parte de sus seguidores. Conviene preguntarse si en México existe un vínculo igual de fuerte con el combinado. Quizá la nostalgia hacia los símbolos y las prácticas culturales provoca un fervor casi religioso al norte de la frontera y esto, a su vez, enriquece la relación entre el público mexicoamericano y la Selección.
Conviene reconocer también que la cultura mexicoamericana es rica, longeva y heterogénea. Es necesario evitar generalizaciones u opiniones basadas en prejuicios, sobre todo si aún tenemos el pendiente de reconocer la historia de esta gran comunidad desde México. Para David R. Maciel, el mismo Octavio Paz realiza ciertos juicios erróneos en el capítulo “El pachuco y otros extremos” de El laberinto de la soledad.
Retratar a los migrantes mexicanos a partir de la figura del pachuco resulta una reducción, ya que un fenómeno cultural específico de los años cuarenta se extrapola como un síntoma universal de la identidad mexicoamericana, ignorando su diversidad histórica y social. Incluso se llega a retratar a los paisanos en el exterior como personas que han perdido su herencia cultural. Desde los estudios chicanos, se piensa que estas lecturas son centralistas, externas y homogenizan una experiencia migrante sumamente compleja desde una postura alejada de la realidad.
De la misma manera, algunas de las aproximaciones futbolísticas que se realizan desde México hacia los seguidores que se encuentran en Estados Unidos pueden estar fuera de lugar. ¿Cómo conciliar ambas posturas? Sin duda, la respuesta se encuentra dentro del terreno cultural y social. Para las nuevas generaciones chicanas, el futbol también representa una forma de redefinir su identidad. Ya no se trata sólo de heredar una tradición, sino de reinterpretarla. El sincretismo deja de ser contradictorio y se convierte en una expresión natural de una identidad compartida.
El periodista Simon Kuper escribió en Soccernomics que “el futbol refleja a las sociedades que lo practican”. Bajo esa lógica, el Mundial en Norteamérica será un reflejo de una región marcada por diferencias, pero a su vez por la interdependencia. Ni México ni Estados Unidos pueden entender su relación futbolística sin considerar al otro. El juego se convierte así en un espacio de negociación cultural.

La relación entre ambos países alrededor de este deporte es un reflejo de algo más profundo: la capacidad de dos pueblos de influir mutuamente en su cultura. En esa interacción constante, el balón sigue rodando, recordando que más allá de fronteras y diferencias, existe un lenguaje compartido que no necesita traducción.
EL MITOTE
Los mexicanos y las mexicanas somos buenos anfitriones. Sin embargo, podemos cometer algunos errores logísticos. La puntualidad, como el futbol, también es un lenguaje simbólico que habla de nuestra cultura. En México tenemos una relación compleja con el tiempo. El reloj marca una hora, pero la realidad suele responder con otra justificada bajo un concepto atemporal: “ahorita”.
La organización de un Mundial, sin embargo, no entiende de matices culturales. Opera bajo calendarios estrictos y compromisos ejecutivos que no admiten retrasos. Ahí, la flexibilidad mexicana se enfrenta a una lógica distinta: la de los estándares globales, donde cada minuto tiene implicaciones económicas y mediáticas. El margen de error se reduce y la improvisación no es algo que se celebre.
Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey cuentan con retrasos importantes en obras de infraestructura, en sus aeropuertos, en las renovaciones del transporte público e incluso en sus estadios. Esto ha afectado a sus habitantes en el día a día y puede representar una experiencia incómoda para los visitantes que acudan a la cita mundialista.
La impuntualidad no siempre representa un tema de incapacidad, sino que revela la forma en que administramos nuestras prioridades históricamente. El ritmo responde más a la urgencia que a la planeación. Así, llegar tarde deja de ser un rasgo anecdótico para convertirse en un tema estructural. Cada retraso en una obra afecta la narrativa que construye México como país organizador. El resultado es una tensión incómoda entre la manera en la que actuamos y lo que queremos proyectar.
Paradójicamente, tanto el país como la selección han demostrado una y otra vez su capacidad para resolver bajo presión. La impuntualidad genera desorden, pero también puede ser entendida como resistencia a una lógica impuesta. El hecho de llegar tarde o entregar a destiempo exhibe un choque entre dos formas de entender el mundo. En este Mundial, México mostrará distintas facetas, incluso de forma inconsciente.

Además de los pendientes en infraestructura, debemos analizar el momento actual de seguridad nacional. Las recientes capturas y abatimientos de líderes de distintas células delictivas han provocado reacciones violentas y titulares internacionales. Esto, más allá de lo mediático, representa un riesgo cotidiano para los habitantes de muchas zonas del país. Conviene preguntarse si las autoridades de las ciudades mundialistas están preparadas para prevenir y reaccionar ante distintas situaciones de violencia.
El riesgo puede provenir de dinámicas domésticas y del crimen organizado regional, pero al mismo tiempo es importante prestar atención a la escena internacional. En un mundo marcado por conflictos bélicos, migraciones masivas y amenazas transnacionales, garantizar la integridad de millones de asistentes es un desafío mayúsculo. En esta área, México es el eslabón más débil entre los países organizadores.
Además de los riesgos macro, la diversidad cultural de los aficionados añade una capa adicional de complejidad. La pasión futbolera puede llegar a expresarse de forma violenta. La presencia de hooligans o barras bravas está asegurada en cualquier Copa del Mundo. La historia reciente demuestra que los eventos masivos requieren una coordinación puntual entre autoridades de distintos órdenes. En este caso, será necesario que esto ocurra incluso de forma intergubernamental. México tiene un reto complejo: mantener la imagen festiva que caracteriza al país mientras se atienden problemáticas estructurales que no pueden ocultarse ante los ojos del mundo.
El último pendiente por revisar tiene que ver con el nivel futbolístico con el que llegará la Selección Mexicana a la fiesta que sucederá en su propia casa. Así como en temas de infraestructura, de logística y de seguridad hay una sensación suspensiva, el combinado nacional arribará a la competencia con mucha incertidumbre en temas de competitividad.
Tuvimos años para remozar estadios, remodelar aeropuertos e intentar formar un buen equipo, pero los problemas internos de la liga mexicana parecen haber causado estragos en la Selección. Las decisiones cuestionables de los últimos años, como la desaparición del descenso, el fomento a la multipropiedad y la llegada masiva de jugadores extranjeros provocaron un problema que afectó tanto al nivel de la liga como al de la selección. Ahora mismo, no hay certeza de cuál es nuestro sitio. Podemos competir en partidos amistosos con Portugal o Uruguay, pero sufrir goleadas en escenarios similares contra Colombia o Suiza.
¿Cómo podemos prever lo que pasará en un grupo que compartimos con Sudáfrica, Chequia y Corea del Sur? De acuerdo con Juan Villoro: “Ser hincha de un equipo es una forma laica de ejercer la religiosidad”. En el Mundial podemos rezar. También podemos aspirar a que la localía juegue su papel. A la par, aparecen dos factores que pueden influir en el Tri de manera más relevante que antes: los jugadores naturalizados y los mexicoamericanos.

Nuevamente, la migración aparece como un tema transversal en el futbol. Si bien México aún no destaca en cuestiones demográficas por ser un país con mucha inmigración, sí es uno de los que más emigrantes genera a nivel global. Por otro lado, al contar con una liga con buena infraestructura y sueldos competitivos, se ha logrado atraer talento del extranjero que eventualmente ha decidido echar raíces en territorio nacional. Normalmente, la selección suele tener un jugador naturalizado en turno, pero, ahora mismo, el técnico cuenta con más opciones que nunca.
Por otro lado, es notorio que se ha echado mano, cada vez más, de jugadores mexicanos formados en Estados Unidos. Quizá aquellos temas que en ocasiones generan resistencia en el mundo del futbol sean los mismos que terminen salvando el papel de México en su propio campeonato.
TIEMPO DE COMPENSACIÓN
El Mundial de 2026 se presenta como algo más que una vitrina internacional. Es, en esencia, una pausa en el ritmo cotidiano que nos invita a mirar hacia adentro. El futbol nuevamente detonará un ejercicio de introspección muy interesante y necesario. Cuando un país se prepara para ser observado por millones, también se enfrenta a la posibilidad de observarse a sí mismo desde una postura crítica que pocas veces encuentra espacio en la rutina.
La organización de un evento de esta magnitud expone fortalezas, retos y aspiraciones. Temas como infraestructura, seguridad, movilidad y coordinación institucional se convierten en indicadores visibles de la capacidad del Estado mexicano. Pero más allá de lo técnico, emerge una pregunta de fondo: ¿qué queremos exhibir y quiénes somos en realidad? La distancia entre ambos puede ser incómoda, pero también reveladora.
En Notas sobre el Estado, la cultura nacional y las culturas populares en México, Carlos Monsiváis expresa: “La versión más favorecida de cultura nacional mezcla tradición con pintoresquismo, memoria histórica con oportunismo, logros artísticos con show business. Esto remite a una discusión previa: ¿existe de hecho una sola cultura nacional o hay una riqueza pluricultural uniformada caprichosamente y por requerimientos políticos?”.
En el verano del 2026 México volverá a un gran escenario. Tenemos antecedentes de eventos similares en 1968, 1970 y 1986. Nuevamente, tendremos la oportunidad de disfrutar de un espectáculo que, mediante su simpleza y universalidad, convoca a los pueblos a jugar en un campo desde finales del siglo XIX. A su vez, seremos testigos y partícipes de la complejidad que detona este acto lúdico. Ojalá la presión de ser buenos anfitriones, a pesar de que nos apure a realizar entregas de último minuto, provoque ejercicios colectivos de reflexión que trasciendan el tiempo y la cancha.