Es una derrota, habrá de verse si pasajera o perdurable, del tragicómico aspirante a Zeus Tonante ( dios supremo del cielo, el trueno y el relámpago, según la mitología griega).
Entrampado en su inaudito discurso bélico tronante, fuertemente presionado por los daños económicos que ha causado el cierre del estrecho de Ormuz y rechazado abiertamente en su explícita demencia criminal por la opinión pública mundial, y buena parte de la estadunidense, el ocupante de la Casa Blanca hubo de asirse de un salvavidas de última hora lanzado por Pakistán, lo cual significa una tregua de dos semanas y una negociación de los términos de un acuerdo por alcanzarse.
Desde luego, resulta sumamente satisfactorio que no se hayan cumplido las apocalípticas amenazas de Trump. Terrible hubiera sido que este enloquecido personaje hubiese detonado el poderío militar estadunidense contra Irán, para cumplir los delirios criminales que habían advertido que anoche podría ser exterminada una civilización, con ataques a puentes e instalaciones civiles, una nación entera arrasada y enviada de regreso "a la edad de piedra".
El mensaje derivado de lo sucedido ayer es que Trump no debe seguir más en la presidencia de Estados Unidos, pues sus trastornos mentales sabidos (narcisismo, megalomanía) se han agravado a niveles grotescos pero, sobre todo, peligrosos para su nación, a la que sigue empujando en la ruta de declive sostenido, y para el mundo entero.
Trump ha sido capaz de llevar a Estados Unidos a una guerra innecesaria para esa nación pero sumamente necesaria para él, que está empeñado en crear cortinas de humo (hasta nuclear) respecto al expediente Epstein, que ha sido rasurado para impedir que se conozca el nivel de participación de Trump en hechos de pederastia y otros crímenes graves.
Irán demostró habilidad bélica (asumiendo su condición asimétrica), control de la narrativa, resiliencia ante la decapitación de parte de sus cúpulas, y movilización social (no solo en cuanto a personal armado sino en hechos impactantes como los cinturones humanos de protección ante posibles ataques gringos a construcciones civiles).
Estados Unidos exhibió su decadencia con un presidente arrastrado a la guerra por el israelí Netanyahu y con una incapacidad institucional para frenar la locura del ocupante de la Casa Blanca, que ha atacado a migrantes y a ciudadanos de su propio país, que ha usado la imposición de aranceles como arma de una guerra comercial que ha dañado la economía gringa y que ha llegado a extremos de virulencia discursiva extrema, dispuesto a apoyar y cometer genocidios (Gaza, Irán), aniquilando el derecho internacional (Venezuela, con el secuestro del presidente en funciones), justificando y gozando con ataques mortales y, además, utilizando el poder público para el galopante enriquecimiento privado de su familia (Jared Kushner como comisionado comercial) y allegados a ese círculo principal del trumpismo.
Dos semanas de tregua a cuyo final Trump podrá tratar de volver a la arremetida bélica, pero ya no será lo mismo. En el propio Estados Unidos se usa el acrónimo TACO (Trump always chiquens out: Trump siempre se acobarda, o se echa para atrás) para expresar que el megalómano gringo eleva el tono amenazante al máximo para luego ir negociando cuanto le es posible, a la baja o en franca retirada.
Para Latinoamérica y, en especial, para México, es sumamente importante la disminución del poder de Trump, y la exhibición de sus métodos de amagar hasta donde le es permitido. En las negociaciones del tratado de comercio con el país vecino y en otros temas, México debe tomar nota de la fragilidad, las fisuras y el desgaste de la figura del fallido aspirante a emperador mundial.
Y, mientras Cuba, Colombia y México se preparan ante el previsible coletazo despechado del demente naranja, ¡hasta mañana!