Lo imposible ha desmentido su nombre: tiene ya una fecha en el calendario internacional de la música.Hace cinco años, cuando la directora de orquesta Alondra de la Parra imaginó un festival de música en Xcaret, quienes asistimos a la primera edición comprendimos la audacia del proyecto, pero su destino quedaba todavía más allá de nuestro horizonte. En aquellos días, aún conservábamos la secuela física y moral del encierro pandémico. Los confinamientos habían inmovilizado los cuerpos, suspendido los viajes y convertido la proximidad en amenaza. Volver a una sala de conciertos, escuchar una orquesta, aplaudir junto a desconocidos: cada gesto tenía entonces el valor de una reconquista.
El festival PAAX GNP nació en 2022 dentro de esa atmósfera. Llegábamos con la gratitud un poco aturdida de quienes vuelven a encontrarse después de una catástrofe. Habíamos aprendido a desconfiar de la cercanía; la música volvió a convertirla en virtud. Una orquesta ofrecía, por fin, la imagen opuesta al confinamiento: decenas de personas respirando juntas para producir una sola forma. Cada aplauso sonaba también como la comprobación de que seguíamos allí, aquí.
Alondra eligió para aquella primera edición una obra cuyo título contenía el diagnóstico de la época y su refutación: La sinfonía imposible: Las peras del olmo, de Arturo Márquez, escrita para La Orquesta Imposible, la agrupación de grandes solistas que Alondra reunió inicialmente de manera virtual durante la pandemia. El encargo abordaba el cambio climático, la resiliencia, la equidad, la migración, la empatía y la utopía. Márquez convertía las urgencias del presente en movimientos; Alondra reunía a los intérpretes capaces de volver audible aquella ambición.
El primer PAAX contenía ya su programa intelectual. La música aparecía como arte de la reunión y como instrumento para pensar la época. Lo imposible dejó de nombrar una clausura y comenzó a designar una tarea. Alondra había comprendido algo esencial: imaginar también es una forma de organizar. Una intuición adquiere realidad cuando alguien sabe convocar el talento, conseguir los recursos, construir el escenario y fijar la fecha.
Cinco años después, el balance permite afirmarlo: el Festival PAAX GNP es ya una cita marcada en rojo en el calendario de la música. Un festival se consolida cuando la expectativa comienza antes de conocerse el programa. El público reserva los días; los artistas desean regresar; las obras estrenadas emprenden su propio viaje. La continuidad convierte el acontecimiento en institución y la costumbre, cuando conserva su capacidad de asombro, adquiere el prestigio de un clásico.
Los cánones también se escriben en los calendarios. Aquello a lo que una sociedad decide volver termina formando parte de lo que esa sociedad es. La Feria Internacional del Libro de Guadalajara convirtió noviembre en la capital del español impreso; el Festival Internacional de Cine de Morelia hizo de octubre una cita indispensable para las imágenes en movimiento; el Festival Internacional Cervantino transformó cada otoño a Guanajuato en una conversación con el mundo. PAAX ha añadido una nueva coordenada a ese mapa: el verano de Quintana Roo como territorio de la música y la danza.
México posee así otro punto de encuentro capaz de atraer a creadores y públicos internacionales. La importancia de estas citas rebasa el prestigio de sus carteles. Una gran institución cultural modifica la geografía: hace que una ciudad resulte necesaria para una cita artística durante unos días. Guadalajara se vuelve libro; Morelia, cine; Guanajuato, escenario; Xcaret, música. La cultura inventa estaciones y después nos enseña a vivir esperándolas.
La crítica musical del evento-sus tempos, fraseos, balances y decisiones interpretativas- ha encontrado en Lázaro Azar una voz inmejorable. Este texto se propone otra partitura: la que forman cinco ediciones, sus correspondencias y la concepción cultural que las sostiene. PAAX ha llevado la música más allá del concierto al ponerla en conversación con el teatro, el ballet, la literatura, la divulgación y la vida compartida entre artistas y espectadores.
Toda programación revela una teoría del público. PAAX imagina uno curioso, atento, capaz de pasar de Simone de Beauvoir, encarnada por Emoé de la Parra, a un concierto del Coro de la Comunidad de Madrid; de Mahler y Beethoven a los bailarines del Joffrey Ballet; de la voz de Rolando Villazón a la interpretación de Thomas Enhco; de una conversación en la sala entre Gabriela Ortiz y Adriana Malvido a una noche a cielo abierto con Chucho Valdés.
La diversidad conserva aquí una estructura. Cada disciplina amplía la escucha de la siguiente. El propio festival se nombra imposible, y esa es la otra cara de la palabra: imposible no solo por lo que logra vencer, sino por lo que consigue reunir. Hacer coincidir en una misma noche lo que casi nunca es posible -una orquesta, un ballet, una conversación, el jazz- es la manera de Alondra de volver asombro lo improbable.
Esta quinta edición quedará asociada también a Mahler. La presencia del Coro de la Comunidad de Madrid -primer coro residente en la historia del festival- permitió a Alondra abordar, con La Orquesta Imposible y la Orquesta de la Comunidad de Madrid, la Segunda Sinfonía, Resurrección. La elección poseía una correspondencia secreta con el origen de PAAX: un festival nacido después de la inmovilidad volvía, cinco años más tarde, a la obra que conduce del duelo a la resurrección. Mahler quiso que una sinfonía contuviera un mundo; Alondra reunió las voces necesarias para hacerlo audible.
Lo vimos en la gala de ballet. Mientras los bailarines de Wheeldon & Friends trazaban sus geometrías, Alondra invitó inesperadamente a Arturo Chacón a cantar una página de Carmen. Bizet entró en Wheeldon; la voz atravesó el movimiento; las categorías -ópera, ballet, concierto- quedaron pequeñas frente a lo que sucedía. A los asistentes nos sorprendió llorar. En las galas, hasta la emoción suele conocer las reglas de urbanidad; aquella noche apareció antes del aplauso. El arte ocurre cuando el formato descubre que ya no puede contenerlo.
Lo advertimos también antes de la Novena. En lugar de bajar la batuta, Alondra se volvió hacia la sala y desarmó la sinfonía: señaló un motivo, pidió a las cuerdas que lo repitieran, mostró de dónde venía la alegría antes de que estallara. Cuando por fin entraron las voces -Serena Sáenz, Gaëlle Arquez, Arturo Chacón, Gianluca Margheri- con La Orquesta Imposible y la Orquesta y el Coro de la Comunidad de Madrid, el público ya no escuchaba una obra célebre sino una que creía entender por primera vez. Enseñar a oír es también una forma de dirigir.
La culminación simbólica de esta quinta edición llegó con La reina roja. La cita marcada en rojo adquirió entonces la densidad del cinabrio. El color salió del calendario, atravesó la historia de Palenque y entró en la orquesta. Todo empezó con una mujer que supo reconocer a otra. En 1994, Fanny López Jiménez integraba el equipo arqueológico que encontró en el Templo XIII la subestructura que conducía a una tumba. Fanny intuyó que aquel entierro pertenecía a una mujer de altísimo rango. Adriana Malvido, única reportera presente en el interior del templo, convirtió el descubrimiento en relato y abrió su historia al mundo.
Treinta y dos años después, Alondra comprendió que aquella crónica contenía todavía una forma por revelar: la música. Reconocer una posibilidad donde los demás ven una obra concluida es una de las formas de la imaginación artística. Alondra supo además quién debía escribirla. Invitó a Gabriela Ortiz, figura central de la composición contemporánea y ganadora de Grammys consecutivos, a entrar en aquel mundo de selva, piedra, jade y cinabrio.
La noche del 31 de julio, con el río respirando tras el escenario, La reina roja no inició: emergió. Como si el sonido subiera de la piedra y del aliento de las cuatro mujeres allí presentes. Alondra dirigió a La Orquesta Imposible y a la Orquesta de la Comunidad de Madrid; Gabriela convirtió la cadena de descubrimientos en sonido. Fanny había encontrado la entrada; Adriana, la narración; Gabriela, la música; Alondra, el reunirlas. Cuatro mujeres le devolvieron la voz a una quinta, Tz'akbu Ajaw. En 1994, La reina roja fue descubierta en Palenque. El 31 de julio de 2026, su historia entró en la música.
Entre Sinfonía imposible y La reina roja se extienden los cinco años de PAAX. La primera obra surgió de la inmovilidad e imaginó las tareas del futuro; la segunda regresó al pasado para otorgarle una nueva presencia. Una miraba hacia los imposibles que la humanidad debe resolver; la otra escuchaba a una mujer que había permanecido trece siglos atrapada. Las dos nacieron de la misma convicción de De la Parra: una obra comienza mucho antes del primer compás, en el instante en que alguien reconoce que debe existir y convoca a los mejores talentos para hacerla posible.
Esa capacidad define también un liderazgo. Alondra ha reunido a mujeres de su generación -compositoras, periodistas, actrices, cantantes, bailarinas- desde aquel 2010 en que, durante los festejos del Bicentenario mexicano, invitó a Ely Guerra, Natalia Lafourcade y Lo Blondo, y ha convertido su propia visibilidad en una plataforma para las demás. El poder concentra la luz; la generosidad la comparte. La historia de las mujeres registra las conquistas individuales y avanza cuando cada estación se convierte en puerta. Lo colectivo, en un verdadero liderazgo, es estructura.
Esa estructura tiene un nombre y una forma concreta: Armonía Social, el programa con el que PAAX enseña música a niños y jóvenes de Yucatán, Campeche y Quintana Roo para formar las orquestas -y los públicos- del futuro. El festival no solo trae el mundo a Xcaret; también prepara a quienes habrán de continuarlo.
Al cumplir cinco años, PAAX permite situar a Alondra entre las figuras admirables de la historia cultural del México del siglo XXI. La dimensión internacional de su trayectoria alcanza en el festival un sentido más amplio: ha transformado su lugar en los podios en orquestas, encargos, formación de públicos y oportunidades para otros artistas. Su liderazgo se mide tanto por las obras que dirige como por los espacios que hace posibles. El éxito individual se vuelve legado cuando forja una tradición.
Durante una cena en Kibi Kibi, mientras la luna se reflejaba en el mar y en la alberca, Lázaro Azar comentó: «Estamos, en este momento, en la capital mundial de la música». La frase parecía una hipérbole; el festival la había convertido en descripción. Las capitales culturales son itinerantes: se instalan allí donde el presente alcanza su mayor intensidad. Durante estos días, el mapa señaló a Quintana Roo.
Hace cinco años acudimos a una primera edición nacida bajo la sombra del confinamiento. Hoy regresamos a una institución esperada, reconocida y, sobre todo, necesaria. Alondra imaginó el festival cuando apenas comenzábamos a imaginar de nuevo el movimiento; luego consiguió algo todavía más difícil: darle continuidad al asombro. Alondra se propone ahora completar el ciclo sinfónico de Mahler antes de cumplir cincuenta años. En su calendario lo imposible siempre está escrito en la página siguiente.