El calvario de vivir en Torreón con una hija adicta
Irma Martínez González es una madre que le tiene miedo a su hija. Sabe que desde hace tiempo su niña ya no está aquí. Su pequeña lleva 15 años enganchada a las drogas. Actualmente tiene 27 años.
Claro que Irma se culpa por no haberse dado cuenta a tiempo, pero luego de que su esposo fuera desaparecido hace 19 años, ella tuvo que salir a buscar el sustento. Salía antes de que el cielo clareara y regresaba ya bajo el firmamento ennegrecido.
“Yo no la veía como andaba, ni nada de eso. Ya cuando la empecé a notar fue cuando le mire los ojos vidriosos, que no dormía, y que incluso miraba cosas”.

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Irma tiene 61 años y habita una casa humilde ubicada en la Antigua Aceitera en Torreón. Desde ahí expresa que está desesperada. Nadie la ayuda a ella y ella no sabe cómo ayudar a su hija que actualmente está enganchada al cristal, una droga que, según una nota publicada en este mismo diario en agosto del año pasado, está al alza en La Laguna.
Incluso se advierte en ese texto que la región lagunera concentra una parte importante de las acciones contra el narcomenudeo en Coahuila. Gabriela Carrillo, directora del Centro de Investigaciones Estratégicas Contra el Narcomenudeo (COE), señaló que el sector poniente de Torreón sigue siendo el de mayor incidencia. Ahí, en ese mismo mapa de focos rojos, vive Irma: en una zona atravesada por un mercado que crece, se infiltra y termina por instalarse dentro de las casas.
En la suya, desde hace tiempo se vive un calvario. Irma enfrenta sola el abismo de convivir con una persona adicta, además ella se hace cargo de sus nietos.
“Los niños le tienen miedo, son hijos de ella. El niño tiene seis y la niña tiene diez. Yo soy la que me hago cargo de ellos, ya tengo más de un año que no puedo trabajar porque me mandan a hablar de la escuela, o que hay junta, o simplemente tengo que pasar por ellos”.
Aunque su hija mayor y uno de sus nietos tratan de ayudarla, Irma está sola, a sus 61 años, su cuerpo delgado seguido recibe golpes por no abrir la puerta, por negarse a dar dinero, o simplemente por estar en medio de alguna alucinación de su hija.
Cabe mencionar que el consumo prolongado de cristal no sólo genera una fuerte dependencia, sino que deteriora rápidamente la salud mental. Entre sus efectos más visibles están el insomnio extremo, la paranoia y los episodios psicóticos, en los que la persona puede ver, escuchar o sentir cosas que no existen. En ese estado, la percepción de la realidad se distorsiona y la conducta puede volverse impredecible o violenta.

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Es ahí donde Irma reconoce a su hija: en la mirada perdida, en los días sin dormir y en esos momentos en los que sabe que su niña ya no está aquí.
Dice que la ama, pero que tampoco ya no puede vivir así: “seguido llega a tocar, y si no le abro, me apedrea. Le cierro la puerta pero me la trata de tumbar, entonces yo me encierro allá y no hago ruido, le marco a la patrulla, pero se tardan mucho”.
Así, el ritual se repite, Irma marca a los elementos policíacos y aunque tarden, arriban a su domicilio para sacarla: “Viene la policía, pero ya no se la llevan, nada más la sacan de la casa para que se vaya, pero de rato ahí viene otra vez”.

Irma está cansada, ya van dos años que vive en medio de esta problemática. No tiene recursos y cada vez tiene menos fuerza. A sus nietos los tiene que llevar a una casa hogar de lunes a viernes para alejarlos del peligro en el que se ha convertido su mamá. A la semana paga 150 por niño.
En cambio ella se queda en casa contando los pesos y con la ansiedad en el pecho, rezando al cielo, aunque le duela, que su hija ya no vuelva. Porque cuando lo hace, Irma queda expuesta. A estas alturas, la hija que parió ya no está cuerda. Dice que sin piedad la golpea, la avienta cosas, la empuja y la amedrenta.
“Me ha arrastrado, mire, traigo un pie hinchado porque me aventó un fierro y traigo esta rodilla raspada”, expresa mientras se levanta el pantalón hasta la rodilla para mostrar las huellas que le dejaron los golpes.
Hace dos semanas le arrancó un mechón de cabello, dice, mientras la trapeaba por el piso.

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“Espéreme, deje irlo a traer para que lo vea”, pronuncia Irma que se apresura a entrar a la casa en donde desde hace rato está su hija dormida. Pronto vuelve con una bolsa de plástico en las manos en donde guardó su propio cabello arrancado.
“La mera verdad yo ya no hallo que hacer con ella. Nadie me hace caso, nadie me ayuda”.
Ya se acercó al Instituto de la Mujer de Torreón, a la Presidencia Municipal y al DIF, en esta última institución internaron a su hija sólo por cuatro meses, pero después, sin explicación, le hablaron para que fuera por ella.
Irma ya no sabe qué hacer, ella quiere trabajar, pero a su edad, dice, ya nadie la quiere contratar. Aparte carga con el enorme peso de sobrellevar a su hija adicta. Entiende que era su responsabilidad alejarla de las sustancias, pero también está consciente de que si se ausentó de su infancia fue para poder sacarla adelante.

Al final su contexto le jugó en contra, por eso actualmente la madre de familia clama a través de este diario que alguien se toque el corazón y la ayude.

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Se expuso a regidores las nuevas reglas para los centros de rehabilitación con el objetivo de garantizar regulación y respeto a los derechos de los pacientes“Yo quiero que me ayuden con ella, la quiero mucho, pero yo ya no puedo”, es el mensaje final que Irma lanza como una botella al mar, con esperanza de que alguien le tienda una mano.