Decía un viejo líder sindical: "yo voy tentaleando, y ahí donde siento blandito, empujo el puñal". Los líderes de la CNTE encontraron "lo blandito": un gobierno que les tiene miedo. Paralizado por eso que Luis González de Alba llamaba "el síndrome del 68", y que no es otra cosa que el temor a poner orden para que no te acusen de represor, las protestas trasgreden los límites sin pudor. Esta parálisis gubernamental no es solo de los gobiernos de izquierda, la tuvieron también gobiernos del PRI y del PAN. Y por supuesto que no se trata de reprimir, sino de poner claramente los límites cuando lo que se pone en riesgo es la paz y el interés público. Eso no va a suceder.
Los conflictos sociales no son de generación espontánea. Afloran por la incapacidad del Estado de dar respuestas a las demandas y a las expectativas. Si la capital del país se convirtió en un campeonato de inconformidades -maestros de la CNTE, madres buscadoras, estudiantes de la UNAM y la UAM, Normalistas de Ayotzinapa y campesinos- no es gratuito, es el resultado de la incapacidad gubernamental para resolver los problemas.
No hay en el gobierno operación política ni capacidad de gestión. Tiene mucho que ver, es cierto, con la incompetencia del equipo de gobierno de Sheinbaum, pero también con una administración atada de manos, con una estrechez presupuestal enorme y sin márgenes de operación.
Tener una Secretaría de Gobernación ineficiente es literalmente como tener un mal portero en el equipo: tiro que va al arco es gol. Hace unas semanas la secretaria Rodríguez le dedicó un día entero al diálogo con madres buscadoras, incluso se enojó porque le preguntaron de un tema distinto al que ella decía estar solucionando. No sirvió de nada, el problema sigue ahí y peor aún, las madres no se sienten atendidas ni escuchadas.
Por si fuera poco, las protestas vienen de sectores supuestamente aliados a la transformación y de la izquierda. El gobierno acusa a estos grupos de hacerle el juego a la derecha, y los grupos al gobierno de no ser de izquierda. Da igual, es retórica, aunque no deja de llamar la atención la similitud con el discurso de Díaz Ordaz en los días previos a la Olimpiada de 1968. Se trata del efecto espejo, tan común en la política: lo que entonces era un complot de la izquierda, ahora es la derecha internacional. Debe ser horrible mirarte al espejo y encontrar en él la imagen de tu némesis.
Lo cierto es que algo se rompió entre el gobierno de Claudia Sheinbaum y una parte de la base social de Morena. Maestros, estudiantes, campesinos, y víctimas de la violencia, esos que los gobiernos de la llamada Cuarta Transformación consideran sus principales beneficiados ahora están en las calles.
Más allá de los resultados del equipo mexicano, si llega o no al fatídico quinto partido, lo único seguro es la desilusión. El mundial pasará como un suspiro, no así el campeonato de las inconformidades. Ese apenas comienza.