El cero es un número lleno de paradojas y curiosidades. Algunos afirman que es un no-número, ya que representa la ausencia de cantidad, sin embargo, la mayoría de los matemáticos lo sitúa entre los números naturales, enteros y pares.
El cero es concepto, número, cifra y dígito. Como concepto lo imaginamos vacío, como ausencia de cantidad, pero no como la nada absoluta; como número, ocupa un lugar preciso, pues está después del menos uno, y antes del uno; como cifra, se inserta en posiciones dentro de otros números y adquiere valor según el lugar que ocupa; y como dígito, forma parte del conjunto mínimo de diez símbolos que constituyen nuestro sistema numérico.
Los griegos y los romanos lo presintieron, pero no lo incluyeron en sus sistemas numéricos. Aristóteles proclamaba que la naturaleza aborrece el vacío, y esa sentencia se convirtió en dogma. Por ello, preferían no hablar del cero, como si nombrarlo fuera invocar un abismo. El cero permaneció entonces como secreto, como cifra prohibida.
El cero, como número y cifra, nos llegó de los árabes, quienes conquistaron la Península Ibérica durante la Alta Edad Media y difundieron sus conocimientos matemáticos, más eficientes que los de los griegos y los romanos. Ellos heredaron el cero de la India, donde el matemático Brahmagupta lo había consolidado en el siglo XI como concepto, número y cifra a la vez. Gracias a esa transmisión, los europeos adoptaron el cero y pudieron desarrollar cálculos más complejos, abrir camino a la ciencia moderna y transformar la manera en que pensamos la nada.
Los matemáticos que defienden que el cero es par, lo justifican con un argumento sencillo: está entre dos números impares. Si observamos la secuencia -2, -1, 0, 1, 2, vemos que los pares se intercalan con los impares. El cero, situado entre -1 y 1, cumple la condición de estar flanqueado por nones, y por ello se le asigna la categoría de par.
Otra curiosidad es que en algunos aspectos no se comporta como los demás números, pues si multiplicamos uno de ellos por sí mismo -a excepción del uno-, resulta una cantidad mucho mayor; pero no sucede así con el cero, porque multiplicado por sí mismo sigue dándonos como resultado el mismo cero, pues si multiplico un conjunto de cero cosas, por cero veces, necesariamente tiene que ser igual a la ausencia de cantidad, es decir, sigue siendo cero.
Lo mismo ocurre si multiplicamos cualquier número por cero, siempre nos dará un cero como producto, pues cinco cosas repetidas cero veces son necesariamente cero. Así también pasa con la división, pues si quiero repartir cero libros entre diez lectores, no le toca ningún libro a cada uno, es decir, el resultado es cero. En cambio, no tiene sentido dividir el cero entre sí mismo, porque si quiero repartir cero platillos entre comensales inexistentes (cero comensales), nada le toca a ninguno, lo que carece de sentido.
Algunos lectores dirán que, entonces, el cero es inútil, pero la realidad es otra, porque en nuestro sistema numérico, llamado decimal o arábigo, el cero, como cifra cumple una función esencial, pues es una cifra posicional, su valor adquiere sentido según el lugar que ocupa en un número determinado, así, por ejemplo, si damos una cantidad como 308, sabemos que el tres está en el lugar de la centenas, y significa que tenemos tres de ellas, luego viene el cero para decirnos que no hay decenas y por último el ocho marca las unidades. Sin el cero, el número perdería precisión. Esta es, entre otras muchas, la función del cero en nuestro sistema numérico.
Por su función posicional, sabemos que un cero a la izquierda significa nada o nadie, porque en ese caso no suma ni resta decenas ni centenas, como cuando escribimos una fecha: 07 del 03. En este caso sabemos que los ceros representan un vacío y que estamos hablando del siete de marzo. Por otro lado, después del punto, el cero sí resta valores, pues es parte de un decimal: 0.02 es menor que 0.2.
El cero, entonces, no es vacío ni ausencia sin sentido; es el signo que da forma al infinito de las cifras, el guardián silencioso que, desde su aparente nada, sostiene el gran edificio de nuestro pensamiento numérico.