Hace doscientos años, el 22 de junio de 1826, se reunió el Congreso de Panamá, una histórica asamblea diplomática convocada por Simón Bolívar que buscaba crear una confederación de repúblicas hispanoamericanas para defender su soberanía, promover el comercio y consolidar la unidad política y militar frente a amenazas externas.
Ya desde 1815 el Libertador comenzó a concebir la idea del Congreso de Panamá al escoger precisamente ese sitio por su posición equidistante entre el norte y el sur del Continente y su istmo entre dos océanos, ya que Bolívar la consideraba como el "puente natural" y el centro ideal para el diálogo y el comercio mundial. El proyecto buscaba consolidar un Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua entre las naciones recién independizadas de España.
Tomando ejemplo clásico de los estados griegos de la antigüedad, Bolívar utilizó el término anfictionía tomándolo del modelo de la antigua Grecia, donde las "anfictionías" eran confederaciones de ciudades-estado que se unían para resolver problemas comunes, defenderse de enemigos externos y proteger un santuario sagrado de países que recién habían conquistado sus propias independencias. Esta nueva Anfictionía sería ejemplo y destino de nuestras flamantes insurgencias.
Asistieron al Congreso la Gran Colombia, México, Perú y las Provincias Unidas del Centro de América que correspondían a los actuales territorios de Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica. Participaron en calidad de observadores diplomáticos el Reino Unido y los Países Bajos. Chile y las Provincias Unidas del Río de la Plata (Argentina), no asistieron, mientras que los delegados de Bolivia y Estados Unidos llegaron después de que el Congreso hubiera concluido. El Congreso dio como resultado el Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua, considerado uno de los primeros grandes intentos de multilateralismo en la historia moderna.
Sabemos que el ideal del Prócer no habría de cumplirse. Sea por la dificultad del viaje a Panamá o por recelos, la unidad aspirada quedaba en suspenso para una segunda, aunque sólo virtual, reunión en Tacubaya en nuestro país.
Las turbulencias de rivalidades encontradas, diferencias de objetivos concretos, choques entre clases, y la actividad de las logias escocesa y neoyorquina, en Latinoamérica, fueron expresiones de intereses rivales británicos y norteamericanos, sin contar la desconfianza anglosajona que inspiró el Congreso de Panamá.
Todo ello habría de influir en el devenir de cada una de las nuevas naciones a lo largo del siglo XIX. Por nuestra parte, la lucha por retener la identidad y reafirmar la soberanía habría de realizarse al tiempo que se iban madurando relaciones económicas y políticas internacionales.
El nuevo intento de enlazar intereses económicos y sociales entre nuestros países esperaría hasta la segunda mitad del Siglo XX cuando once países latinoamericanos firmamos en 1960 el Tratado de Montevideo, creando una zona de libre comercio a modo de la zona europea creada diez años antes. El programa latinoamericano avanzaría sólo parcialmente.
La integración total latinoamericana en todo el nivel hemisférico como se ideó en el pasado, no se ha dado más que en ciertos sectores o bien en la participación latinoamericana en entidades de carácter multinacional especializadas. La actual estructura exclusivamente tripartita norteamericana que se expresa en el T MEC que le sucedió al TLCAN dejó a un lado la antigua aspiración bolivariana hemisférica.
Los escenarios actuales para la acción internacional son distintos a los de finales de la II Guerra Mundial. Los frustrados intentos de lograr, ya no periodos de paz, y no digamos niveles de bienestar siquiera modestos para las mayorías, han debilitado la confianza de los electorados de alcanzar metas atractivas.
El reto está en encontrar vías más efectivas que las usadas hoy día para uncir los esfuerzos colectivos para alcanzar el desarrollo general. Los países más importantes que rivalizan por ganar posiciones de superioridad económica y militar no dejan razón para esperar que, alcanzando tales metas, se ofrezcan mejores posibilidades para obtener mejores niveles de bienestar que las que ellos mismos gozan.
Fue en el incompleto y frustrado Congreso de Panamá que lanzó altas aspiraciones a nuestros pueblos. El que hasta la fecha no se hayan logrado, nos sirve para renovar con el actual instrumental técnico, nuestro empeño en alcanzarlos.